Baltasar Fernández Cué (1878-1966), un asturiano en Hollywood

UN HOMBRE DE MUNDO Nació en Llanes, donde estudió hasta los quince años. Luego se trasladó a Bayona y, de allí, a Londres. Iniciaba así una vida con continuos cambios de residencia y numerosos avatares, que lo llevaron hasta a triunfar en la cuna del cine norteamericano, en Hollywood.

Baltasar Fernández Cué (1878-1966), un asturiano en Hollywood

B ALTASAR Fernández Cué vino al mundo en Llanes el 26 de septiembre de 1878. Fue, ante todo, escritor. Llegó a ser un reputado cronista cinematográfico y un adaptador de guiones del inglés al castellano muy demandado en Los Ángeles. Pero este ingeniero también destacó como poeta y periodista; incluso considerarlo un aventurero de tomo y lomo no es ningún disparate.

Fernández Cué se convirtió tempranamente en un hombre de mundo. Tras estudiar hasta los quince años en Llanes, se trasladó a Bayona y completó allí su formación de bachiller. Luego pasó a Londres, donde se matriculó en la carrera de Ingeniería de Caminos, Canales y Puertos; según parece, la cursó más por voluntad paterna que por interés propio, ya que su auténtica vocación era escribir, y de ahí su predilección por los libros de literatura. Cada verano regresaba a Llanes a pasar sus vacaciones, y en el de 1899 promovió con otros estudiantes un exitoso periódico llamado «La Tijera», aunque su primer número fue también el último. Al filo del siglo XX y con poco más de veinte años, el flamante licenciado había residido en tres países diferentes. Pero su periplo vital no había hecho más que comenzar.

El verano de 1901 debió de ser un tiempo de hondas reflexiones para Baltasar, ya que finalizó la carrera en julio y apenas tres meses más tarde decidió emigrar a Méjico. Al llegar, trabajó para el empresario Íñigo Noriega, cuya casa natal aún puede verse en Colombres. Luego a través de una amistad logró un destino en el Ministerio de Fomento, y varios años después montó un negocio con varios socios, uno de los cuales fue Eduardo Hay. Mientras tanto, dirigió el periódico «El Rivero», defensor de los intereses de los llaniscos establecidos allí. Con la revolución mejicana como telón de fondo, Fernández Cué fue primero perseguido por el Gobierno de Victoriano Huerta, contra el que luchaba Hay, por lo que tuvo que esconderse y huir a España durante unos meses; tras el acceso de Venustiano Carranza al poder, el asturiano se involucró con su socio en una misión de agente confidencial que lo llevó durante año y medio por un sinfín de destinos: La Habana, Nueva Orleáns, Nueva York, Panamá, Lima, Santiago de Chile, Buenos Aires, Río de Janeiro.

Regresó a Méjico hacia 1916 y, poco después, se encargó de la dirección de «El Heraldo de Méjico», desde cuyas páginas defendió la política de Carranza. En todos aquellos años había colaborado en más de una decena de periódicos y destacó -entre otras facetas- como poeta, cronista y escritor de cuentos. En los umbrales de la década de los veinte, seguía convulsa la vida política mejicana; entonces el llanisco fue secuestrado por la policía secreta y, tras unos meses, se vio expulsado del país, eludiendo sin saberlo su fusilamiento. En ese momento comenzó su aventura estadounidense.

Fernández Cué vivió cuatro años en la localidad tejana de El Paso, donde impartió clases de español, y luego se instaló en Los Ángeles. Allí compaginó la docencia del castellano con la escritura. Concibió la idea de reflejar la huella hispana de aquella comarca en una serie de artículos que ofertó a varios periódicos, pero le respondieron que aquello no importaba, que lo interesante eran las estrellas de cine. De modo que el asturiano se especializó en las crónicas cinematográficas: era el lugar idóneo para esta ocupación. En efecto, el decaimiento del cine europeo durante la primera Guerra Mundial, permitió que Hollywood colocara masivamente su producción en el viejo continente, de manera que al firmarse la paz el cine norteamericano dominaba sus pantallas. Los llamados «felices años veinte» fueron también los de la «ley seca», los gángsteres y el consumo furtivo de alcohol; los de la «fábrica de sueños», que fue el apodo de un Hollywood que generaba preferentemente cine de evasión; y a la postre los del nacimiento del cine sonoro, allá por 1927.

Las crónicas de este asturiano salpicaron las páginas de muchos periódicos americanos y españoles. Con ello adquirió gran reputación y en 1929 fue contratado para adaptar películas del inglés al castellano; en cuestión de meses, consiguió trabajar como jefe de publicidad extranjera de la R.K.O. Pictures, y luego como jefe del Departamento Español de La Universal. Sin embargo, fue durante poco tiempo porque prefirió consagrarse a las adaptaciones al castellano de diversas obras y guiones, como «Los que danzan», «La voluntad del muerto», «Don Juan Diplomático» o la versión hispana del «Drácula» de Bram Stoker, que dirigió George Melford con el actor cordobés Carlos Villarias haciendo las veces del inimitable Bela Lugosi; el vestuario y el decorado empleados fueron los mismos que los usados en el rodaje de Tod Browning, y tras su estreno en la España de los años treinta, no fue recuperada -según parece- hasta su proyección en la edición de 1991 del Festival Internacional de Cine de Gijón.

En 1933, Fernández Cué regresó a España, y su vida desde mediados de los años treinta se oscurece porque sólo hasta entonces abarca la semblanza que en su día escribió Constantino Suárez, al que debe agradecerse que tantos datos biográficos hayan llegado a nuestros días. En 1995, un breve artículo del periodista Próspero Morán esbozaba la vida del llanisco en la revista «Lliteratura». En él comentaba que, al estallar la Guerra Civil, Fernández Cué se alineó con el bando republicano y colaboró en «El Socialista», escribiendo la crónica internacional; además, tradujo cartas a los voluntarios de las Brigadas Internacionales. Debido a esos trabajos, un Tribunal Militar lo condenó a muerte, aunque por su edad se le conmutó la pena por una cadena perpetua. Logró huir de la pontevedresa cárcel de la Isla de San Simón y, previo paso por Lisboa, regresó a los Estados Unidos y fijó su residencia en Los Ángeles, donde falleció en 1966.

Sería interesante poder aclarar -no me ha sido posible- si Baltasar Fernández Cué fue pariente -sobrino- del fotógrafo llanisco Baltasar Cué Fernández, de quien la fototeca del Museo del Pueblo de Asturias incorporó hace dos meses un centenar de negativos.

La madre del personaje aquí reseñado se llamaba Ana Cué Fernández, y heredar el nombre de pila de algún familiar, sin que fuese necesariamente del padre, era cosa frecuente entonces y continuó siéndolo; aunque no es menos cierto que un apellido de origen toponímico como «Cué», nada raro en la zona oriental, puede fácilmente convertirse en una falsa pista. Resulta extraño que, de haber existido parentesco, Constantino Suárez omitiera el dato, pero también podría ser que lo desconociera, habida cuenta de que el fotógrafo no se incluye en su loable repertorio «Escritores y artistas asturianos». Sea como fuere, la figura de Fernández Cué permanece extrañamente relegada; a pesar de que, como señala Próspero Morán, vivió y bebió del mismo espíritu que la denominada Generación del 27, protagonista de la que se ha dado en llamar «Edad de Plata de las Letras Españolas».

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