«Debajo de cada verdad hay siempre nuevas preguntas»

'Una semana muy negra' es la próxima entrega dominical de la colección de EL COMERCIO, 'Las novelas de Gijón'

ALBERTO PIQUERO| GIJÓN
El autor, con su libro recién reeditado. / SEVILLA/
El autor, con su libro recién reeditado. / SEVILLA

Dice Pedro de Silva (Gijón, 1945) que «vivo de la literatura, como de la Abogacía y cargo con la biografía». Y aquí el verbo vivir ha de entenderse en su sentido más hondo, aquel que se relaciona con los motivos para levantarse cada mañana. Ex-presidente del Principado de Asturias y autor de notables ensayos, el escritor gijonés reivindica así su pertenencia genuina al mundo de las letras, ese coto a veces demasiado endogámico en el que quienes han hecho travesías extramuros son examinados con el celo de los aduaneros de aeropuertos. La obra literaria de Pedro de Silva se explica por sí misma, ya fuera en sus primeros poemarios o en las sucesivas novelas que configuran un mapa a escala natural en el que se concitan la imaginación creativa, el estilo del orfebre, un humor más anglosajón que pedestre y el espíritu de los grandes exploradores de las ideas y los sentimientos. Varios de esos ingredientes están presentes en la extensa narración que pasado mañana se sumará junto a EL COMERCIO a 'Las novelas de Gijón', 'Una semana muy negra'.

-Con perdón por el juego de palabras, ¿'Una semana muy negra' es una novela negra que no es una novela negra?

-Es una novela negra que es más que una novela negra. Se puede leer en dos planos. En el primero, es fiel a la tradición del género negro, por el tema, las peripecias y el ritmo. Es una novela con crimen. El segundo plano atiende a otras realidades, como la propia transformación que sufre el protagonista (Darío Cabezón), un investigador atípico que, al principio, pretende descubrir lo que se oculta tras lo visible, pero conforme se van intrincando los hechos advierte que debajo de cada verdad hay nuevas preguntas.

-¿Como en la Ciencia?

-O en la Filosofía. Aparece la realidad incógnita, que le lleva a un proceso de salvación personal al quedar sumido en esos límites. Sabe lo que sabe, pero también lo que no sabe, y de ese modo se muestra más abierto a percibir realidades más ricas e intensas que son las señales profundas del fondo del pozo.

-¿Existe un propósito autoparódico en la composición de la figura de Darío Cabezón?

-Suelo dibujarme en las novelas. No tal cual, claro, porque nadie tiene la impudicia y osadía de reflejarse como es. Le doy caña a Darío Cabezón.

-¿El enfoque es el mismo para retratar a Fernández Yelmo, a quien muchos hemos identificado con Francisco Álvarez-Cascos?

-Me río mucho menos de Fernández Yelmo, la diversión es menor.

-Vamos, que no hay ningún ajuste de cuentas...

-No, no, esa persona es una buena amiga. Pero, en fin, todo esto forma parte del anecdotario de asuntos para consumo local, que en ningún caso adquieren la crueldad de Clarín en 'La Regenta'. También están otros amigos, como Paco Ignacio Taibo.

-¿Con qué materiales construye sus personajes?

-Inventarse completamente un personaje es jodido. Los escritores draculizamos o construimos al modo de Frankenstein a partir de varias piezas. Son materiales de quirófano (se ríe).

-De otro lado, presta una gran atención al detalle descriptivo. ¿Podría decirse que a la manera proustiana?

-Para que chisporrotee la cabeza, hay que ponerla a trabajar. Y la morosidad es imprescindible. A medida que vas describiendo algo con detalle, surgen pliegues y derivaciones que son lo que más se parece al arte. Hay que modularlo para no caer en los excesos.

-La novela urde múltiples intrigas posibles en torno a Pepe Ángel Tolivia -trasunto de Paco Ignacio Taibo-. ¿Son muchas las confabulaciones que ignoramos las gentes de a pie?

-Yo también soy un hombre de a pie. No he alcanzado nunca la levitación. Ahora bien, mi sensación es que la mayoría de las conjuras que la gente ve por todas partes, no son tales. Y, sin embargo, también doy por seguro que existen otras conjuras de las que no tenemos noticia alguna.