Pasarela de disfraces

Una versión muy particular, incluso arriesgada, de 'Un ballo in maschera' de Verdi, cierra la temporada de ópera de Oviedo con bravos y pateos

RAMÓN AVELLO| OVIEDO
Ulrica, con bata blanca, es uno de los personajes centrales del primer acto. Aquí aparece rodeada de mercenarios. / FOTOS FUNDACIÓN ÓPERA DE OVIEDO/
Ulrica, con bata blanca, es uno de los personajes centrales del primer acto. Aquí aparece rodeada de mercenarios. / FOTOS FUNDACIÓN ÓPERA DE OVIEDO

La acción no se representa ni en la ilustrada corte de Gustavo III de Suecia, ni, por imposición de la censura, primero borbónica en Nápoles y luego papal, en Roma, en la aristocrática sociedad del Boston colonial. Las alusiones escénicas y de vestuario nos remiten al mundo actual, pero con algunas notas de intemporalidad y abstracción. Al final, uno piensa que detrás de cada persona hay siempre una máscara baile o no baile. Esa ha sido la propuesta de la directora ovetense Susana Gómez para una de las grandes obras de Verdi: 'Un ballo in maschera', producida por la Ópera de Oviedo y que cerrará la brillante y controvertida LXI Temporada de Ópera, entre bravos y pateos, sobre todo por algunas de sus arriesgadas escenas. Hace años, Susana Gómez obtuvo en Oviedo un gran éxito como ayudante de Dirección en una versión tenebrista y muy expresionista de 'Electra', de Richard Strauss. En esta ocasión, el público recibió su controvertida propuesta con cierta frialdad.

Su puesta en escena remite a un lugar contemporáneo, pero al mismo tiempo intemporal. Es muy conceptual. Un ambiente geométrico y urbano rige el espectáculo lo cual resulta a veces confuso. Quizás porque hay una interpretación desde la escena que no se ajusta al personaje como por ejemplo con el papel de Ulrica, que en esta versión es además de maga comadrona; o en la plegaria del segundo acto, donde el sufrimiento interno de la protagonista, Amelia, parece corresponderse con una agresión sexual, una licencia que confundió al público. Pero sólo al principio, dado que con el paso del tiempo, la obra cobra forma y el tercer acto resulta mucho más compacto y sólido.

Musicalmente, 'Un ballo...' es una obra compleja, en la que las melodías recurrentes, sin llegar a los'leitmotivs' wagnerianos, anuncian y expresan la acción. Esta complejidad se da en tres planos. El primero, el plano sinfónico, con una orquesta de intensidades contrastantes y colores tímbricos muy definidos, en los que juegan un papel importante los metales y maderas. El segundo el plano coral, con intervenciones muy perfiladas de las masas corales. Y el tercero, el plano vocal, tanto en las partes para solistas como en los dúos -el centro musical de 'Un ballo in maschera' es el dúo del segundo acto entre Amelia y Riccardo- o los brillantes concertantes que cierran el acto primero y segundo. El director Paolo Arrivabeni tiene experiencia en este tipo de repertorio. A veces muestra excesos de intensidad de volumen, pero se ajusta con corrección al Verdi maduro.

El coro está muy bien desde el principio hasta el final con un empaste muy homogéneo, lo que viene a confirmar lo que se ha visto en otras representaciones de esta temporada: que Oviedo tiene un buen coro de ópera.

La soprano asturiana Beatriz Díaz encarna el papel de Óscar, el paje del gobernador, con soltura, ágil coloratura, recursos vocales sobrados en trinos y adorno y, lo que es más importante, con gracia. La mezzo Elena Malistini representa a una Ulrica de impactantes tonos tétricos. Gran papel fue el del barítono Ángel Ódena, en Renato, con un rol que combina el dramatismo y el lirismo. Y Amarilli Nizza es una Amelia sugerente y de gran expresividad, muy aplaudida en el segundo acto porque cantó francamente bien. Finalmente, el tenor Giusseppe Gipali ofreció un Riccardo débil de intensidad con timbre correcto y lírico, que como todo el espectáculo fue ganando con el tiempo.