Profesorado y horario escolar

DOCENCIA Asturias es la comunidad con menor número de alumnos por profesor en los centros públicos de educación obligatoria de nuestro país. Las condiciones en que desempeñan aquí su labor los profesores podrían ser consideradas como envidiables por sus homólogos de otras comunidades y países.

GASPAR MEANA/
GASPAR MEANA

E L pasado 7 de abril, EL COMERCIO informaba de un estudio de la Confederación Española de Asociaciones de Padres de Alumnos (CEAPA) según el cual en la enseñanza pública en Asturias se imparten al año 170 días de clase en la Educación Secundaria Obligatoria y 175 días en las etapas de Educación Infantil y Primaria. Ello supone que los días lectivos son menos de la mitad de los días del año. Datos que evidencian cómo, paso a paso, el calendario escolar no ha dejado de reducirse a lo largo de los años. Así, no ha habido una sola reforma del calendario o el horario escolares que no haya consistido en reducirlos, al tiempo que por la vía de los hechos se han venido imponiendo vacaciones y fiestas como la denominada 'semana blanca'; la llamada 'jornada continua' se ha vuelto indiscutible (sin ningún tipo de actividad complementaría por las tardes), y la reducción de horario escolar en junio y septiembre es una realidad a pesar de su falta de justificación.

El resultado es que al finalizar la enseñanza obligatoria nuestros alumnos reciben el equivalente a dos años menos de clase que en países como Alemania, Bélgica, Irlanda u Holanda. De igual forma que tanto en la Educación Primaria como en la Secundaria Obligatoria el volumen de horas que imparten clase nuestros docentes es el quinto más bajo entre los países europeos, según estudios del profesor F. Pedró. Todo ello a pesar de que el principal recurso de la escuela, lo más importante que ésta ofrece al alumno, es el tiempo escolar. Tiempo de clase en el aula, de trabajo fuera del aula, de actividades extraescolares o de uso del equipamiento. De tal forma que más tiempo de clase y escolar significa mejor enseñanza, como señala otro experto en educación, M. Fernández Enguita.

Es más, según este último, se ha repetido hasta la saciedad, sin el más mínimo fundamento, que la llamada 'jornada continua' iba en interés de los alumnos y se ha aplicado prometiendo maravillas y actividades extraescolares que nunca se han llevado a cabo. Mientras, los datos del fracaso escolar son preocupantes y no se recurre a las horas adicionales para apoyar a los alumnos de menor rendimiento, a pesar de la eficacia probada, ésta sí, de las políticas de prolongación del horario escolar o de clases en verano. Así que no es extraño que numerosas familias opten por la escuela privada en busca de horarios menos concentrados, servicios más eficientes, actividades más diversas y clases complementarias de recuperación tanto durante el curso como en el periodo veraniego. Por no hablar de que los profesores disponen de una parte importante de su tiempo pagado para dedicarlo a la preparación de las clases, la renovación de los programas o el perfeccionamiento profesional y que, aunque muchos lo hacen, otros muchos no. Así, la autonomía profesional se traduce para muchos en simple tiempo libre retribuido. Confundiéndose de forma interesada la reducción del horario lectivo de los profesores con la reducción de su horario laboral, que es cosa bien distinta.

Pero que nadie se atreva a plantear la ampliación del horario escolar o la implantación de la jornada partida, porque se encontrará con la cerrada oposición de la mayoría de los profesores y de todas las organizaciones sindicales. Utilizándose, como dice el citado Fernández Enguita, siempre el mismo argumento: no es ése el problema, no es ésa la solución o hay otras cosas más importantes que hacer. Y siempre las mismas recetas: que se dedique más dinero a esto o aquello. «Más recursos», una letanía que se repite invariable para no entrar en el fondo del asunto, que no es otro que más tiempo de clase es una condición imprescindible para mejorar la formación del alumnado y reducir el fracaso escolar.

Por otro lado, con respecto a las condiciones en que los docentes desempeñan su labor, junto al bajo volumen de horas que pasan frente a los alumnos, hay que significar que el tamaño de las clases en los centros públicos es reducido y el ratio de alumnos por profesor es bajo. En concreto, Asturias, comparativamente, es la comunidad con menor número de alumnos por profesor en los centros públicos de educación obligatoria de nuestro país.

En definitiva, las condiciones en que desempeñan aquí su labor los profesores podrían ser consideradas como envidiables con respecto a las de sus homólogos de otras comunidades y países de nuestro entorno. De modo que la sobrecarga de trabajo que en ocasiones se viene aduciendo para oponerse a nuevas actividades parece que no deja de ser, como se suele decir, una disculpa de malos pagadores -en este caso, de malos cumplidores-.

Si a lo anterior le añadimos el rechazado, más o menos solapado, a dar cuentas de la labor docente, es decir, a que se evalúe la calidad del trabajo del profesor en el aula, el panorama que se vislumbra no es otro que el de un permanente empeño por subordinar los intereses y objetivos públicos (los del alumnado, la comunidad del entorno y la sociedad global) a los intereses y objetivos privados (de cada profesor) y corporativos (del conjunto del profesorado).

Así es que mucho se agradecería que el sindicalismo responsable -y especialmente el sindicalismo confederal- no se dejase arrastrar por esa deriva corporativista. Y que bien estaría que se hiciese compatible la defensa de los intereses laborales sin perjudicar a los beneficiarios, por el bien de la escuela pública como servicio público. Aunque a la vista de próximas convocatorias de huelga, abusivas e injustificadas, poco confiamos en ello.