El espíritu áspero

RICARDO MENÉNDEZ SALMÓN
El espíritu áspero

No hace falta ser Covarrubias o el marqués de Rivadeneyra, ni siquiera hace falta tener el olfato de un plumilla de suplemento literario, para comprender que Gonzalo Hidalgo Bayal, con permiso de su admirado maestro y mentor, Rafael Sánchez Ferlosio, quizá encarne hoy la más precisa y preciosa escritura de la que el español puede presumir. No sé si el lema de la Real Academia de la Lengua es satisfecho cumplidamente por sus próceres, pero sin duda la obra del escritor extremeño limpia, fija y da esplendor a nuestra lengua. Si con las dos novelas que con anterioridad Tusquets nos entregó de Hidalgo Bayal, la recuperada 'Campo de amapolas blancas', originalmente publicada en 1997, y 'La paradoja del interventor', la editorial barcelonesa había logrado democratizar y hacer extensible a un público más amplio una obra hasta entonces casi secreta, estoy seguro de que con 'El espíritu áspero', la entrega más ambiciosa por contenido y continente de Hidalgo Bayal, esa apertura no hará sino conquistar nuevos adeptos.

Largamente acariciada, como el mismo autor ha confesado, durante un par de décadas, 'El espíritu áspero' es un homenaje emocionante a la palabra, a la cultura histórica de la que nuestro idioma procede y a la imaginación creadora, fuente en la que el escritor abreva a menudo para saciarse de la doliente realidad. Construida sobre el patrón de la anamnesis y sin renunciar a una suerte de hagiografía de santo laico, el rescate de la vida de don Gumersindo, un «Robinson en la algarabía de los sanfermines», desde su infancia rural hasta su jubilación como profesor de latín en público homenaje, sirve a Hidalgo Bayal de coartada para una celebración gozosa del lenguaje como depósito de la memoria, recinto contra las inclemencias y elemento emancipador.

Novela que se mueve con idéntica intensidad en el registro juguetón que en el metafísico, emparentada con esa obra maestra de nuestra literatura que es Gramática parda, de Juan García Hortelano, 'El espíritu áspero' es una demostración abrumadora de que Hidalgo Bayal vino para quedarse. Así que, si me permiten la hipérbole, por esta vez no me voy a quitar sólo el sombrero. Esta vez me quito el mismísimo cráneo. Enorme, maestro, enorme.