Una historia del viejo Vallobín

Rosario y sus hijos, apreciados en el barrio, vivían entre apuros económicos con la ayuda de algunos vecinos

I. REY | OVIEDO
Francisco Fernández. / M. R./
Francisco Fernández. / M. R.

Hace unos 30 años, a principios de los ochenta, Vallobín era conocido como 'Vallobas'. Era el barrio donde se traficaba con drogas, una zona de la ciudad degradada que, a pesar de su cercanía al centro vista sobre plano, estaba tan lejos en sus accesos como en la vida cotidiana de sus vecinos. Los portales de Vázquez de Mella y alrededores veían camellos a diario, pasando papelinas sin pudor. A las familias les daba miedo dejar a los niños jugando en la calle.

Hoy, Vallobín es sólo Vallobín. Los planes de urbanización, el aumento de la vigilancia policial, el cambio de los tiempos, en definitiva, transformó el barrio en una zona residencial cómoda y relajada, y atractiva, según demuestra un simple vistazo al precio medio de los nuevos pisos. Sin embargo, todavía quedan historias personales más propias de hace 30 años que de la moderna urbanización junto al recién estrenado apeadero ferroviario.

María Rosario Blanco vivía en Mariscal Solís y compraba habitualmente en la Carnicería Tineo, donde la atendía Francisco Fernández, el propietario. También le fiaba. «Sabía que tenían problemas económicos, y siempre le fiaba. Porque eran buena gente y siempre cumplía», contaba ayer el comerciante, empeñado en sacar la cara por una clienta a la que aprecia y que, de repente, ha visto implicada en el crimen más salvaje que recuerda Oviedo.

María Rosario, o Rosario, según la conocen todos, había trabajado en el Hospital Monte Naranco, en el servicio de limpieza y en las cocinas. Pero hace cosa de un año se jubiló, y ahora tiraba con su pensión, a la que añadía la recibida por su hija Luisa, de 36 años, discapacitada písquica y postrada en una silla de ruedas. Divorciada desde hacía 18 años y con 67 a sus espaldas, sacaba adelante además a Pablo, su hijo menor, de 34, sin trabajo. Su piso, de apenas 60 metros cuadrados, sólo tenían dos habitaciones.

«Eran una familia atípica, pero buena gente», insiste Francisco. Y se llevaban bien entre ellos. Cuando Luisa empezó a sufrir la dolencia que finalmente le impidió andar, su hermano «la sacaba de casa a hombros» (ambos eran bastante corpulentos). Pablo estaba siempre pendiente de ella, según narra Pilar Fernández, vecina de la familia en el número 19 de la calle, ex compañera de trabajo de Rosario y amiga desde hace 15 años.

A pesar de los apuros económicos, eran discretos. A Pablo no solían verle con amigos por la calle, ni tampoco en bares, según contaban ayer varios vecinos mientras en uno de tantos corrillos comentaban el tremendo suceso.

Son gente con poca familia. El padre, Gil B., vive en Vázquez de Mella, y mantenía contacto periódico con su hijo, que iba a dormir a su casa de vez en cuando. Rosario, por su parte, tenía un novio apodado 'Tejero', que reside en una chabola junto al apeadero de Feve de La Argañosa.

Hasta allí solía acercarse la mujer las mañanas que podía, «entre las once y las doce de la mañana; le traía la comida», contaban ayer amigos de 'Tejero'. Comían juntos y a veces pasaban la tarde en el huerto aledaño, trabajando, o tomando la fresca. Sin embargo, los amigos de 'Tejero' «hacía una temporada» que no veían a Rosario, señalaban ayer.

De puertas adentro

Hasta aquí, una historia normal. Una vida dura, pero sin nada que llamara la atención en su entorno. Otra cosa, claro, es qué sucedía de puertas adentro en el 2ºA del 19 de Mariscal Solís.

Desde que, en septiembre del año pasado, Pablo llevó como inquilinos a la pareja y a un amigo ahora implicados en la investigación policial, las broncas se habían convertido en algo tan habitual y alborotador que muchos vecinos estaban hartos. Rosario estaba en contra de alojarlos en un piso tan pequeño y «quería echarlos». Incluso avisó a la Policía, como recuerda Pilar Fernández.

Los gritos por las discusiones entre familia e inquilinos eran cada vez más frecuentes. Además, «no sacaban nunca la basura, o la sacaban a las cinco de la mañana». Una simple fotografía muestra el estado del interior del domicilio. Los ruidos, sin embargo, se acabaron el pasado jueves, cuando la Policía Nacional accedió al interior.

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