Espectáculo total, íntimo y universal

La popular ópera de Puccini 'Madama Butterfly', dirigida por Mariano Rivas, mereció un aplauso infinito, con el auditorio rebosante del Teatro de la Laboral puesto en pie

ALBERTO PIQUERO| GIJÓN
La respresentación de 'Madama Buterlfy' abarrotó por completo el patio de butacas del teatro de la Universidad Laboral. / J.BILBAO/
La respresentación de 'Madama Buterlfy' abarrotó por completo el patio de butacas del teatro de la Universidad Laboral. / J.BILBAO

Lírica, romántica, popular; sí, eso y todo cuanto se ha dicho y escrito desde que 'Madama Butterfly' subió a los escenarios un 17 de febrero de 1904 en la Scala de Milán. Pero nos quedaríamos cortos si al ponerle adjetivos a la representación que ayer se desplegó en el Teatro de la Laboral, no encontráramos un hueco para definirla como maravillosa, a riesgo de que la calificación se nos vuelva demasiado simple por puro reflejo espontáneo.

La producción del Teatro de la Ópera de Módena, dirigida en el foso orquestal por un inspiradísimo Mariano Rivas, sedujo desde el primer instante. Y no se sabe si fue la música envolvente de los violines, el cromatismo luminotécnico sugestivo, la escenografía de sombras chinas y abanicos simbólicos, la poesía del libreto de Giuseppe Giacosa y Luigi Illica, la armonía celestial del Coro de la Orquesta Sinfónica de Gijón o el estado de gracia del elenco, que anoche deslumbró con una Hiromi Omura (Madama Butterfly) y y un Massimiliano Pisapia (Pinkerton) bordando de sensibilidad sus papeles protagonistas, el motivo principal de la emoción.

Sería el conjunto equilibrado de cada una de esas fibras y texturas el que terminó configurando un espectáculo total, completo, digno del mejor Giacomo Puccini.

La historia es conocida, cuenta el amor inmenso y no correspondido de Madama Butterfly por el lugarteniente de la Marina norteamericana, Benjamin Franklin Pinkerton, quien la abandonará dejando un hijo tras de sí. Y dos modos de entender el vuelo de las mariposas, Oriente y Occidente, la ternura y la entomología, sin que Pinkerton carezca de unas pinceladas amables.

El final del primer acto ya provocó una enorme ovación del público que rebosaba en el aforo, mientras Butterfly invocaba las estrellas y un tenue farol iluminaba la escena, con el viento orquestal subiendo a la cima sin caer en desbordamientos y las manos de Rivas emergiendo del foso a la manera de un taumaturgo.

Anidarán por tres veces los petirrojos sin que Butterfly sepa nada de Pinkerton. «¿Qué haríais si no regresa nunca más?». La percusión y la cuerda tiñen el presagio. Pero siempre atendiendo a la delicadeza. La partitura prodigiosa de Puccini estuvo interpretada en los diferentes pasajes con finura exquisita. Sin olvidar la coreografía de Monique Arnaud, una geometría de jardín.

Con el dueto memorable de Butterfly y su hijo, las lágrimas asomaron en el auditorio. El suicidio de la madre la hará retornar a la condición de crisálida. Fue esta una ópera excepcionalmente elaborada, íntima y universal, que procuró un aplauso infinito y puesto en pie.

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