La realidad del artificio

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Cartuchos.

Pirotecnia Pablo desvela para EL COMERCIO todo el proceso de creación de un disparo de fuegos artificiales como el que este jueves reunirá a miles de personas en Gijón

M. F. ANTUÑA

La cosa funciona de la siguiente manera: un ordenador envía una señal eléctrica a un cebo, que inicia una mecha, que se inflama e impulsa la pólvora que ha de lanzar hacia arriba el resto del artificio, que, al llegar a lo más alto, explota provocando siempre ruido y, casi siempre, color y luz con los que dibujar efectos visuales. A la pirotecnia, o lo que es lo mismo, «la técnica de la fabricación y utilización de materiales explosivos o fuegos artificiales», en definición de la RAE, podría aplicársele también aquella otra definición que para el amor inmortalizó el Premio Nobel Severo Ochoa: «Física y química». Es una cóctel explosivo de elementos químicos que habrá de batallar contra la gravedad para generar belleza.

A ese noble -y peligroso, aunque cada vez menos- oficio se dedican desde finales del siglo XIX en Pirotecnia Pablo, la empresa de Cangas del Narcea que un año más se encargará de lanzar los fuegos artificiales de Gijón. El acontecimiento más multitudinario del año en Asturias alza las miradas al cielo y expone a medianoche ante miles de ojos muchas horas de trabajo para fabricar los diferentes elementos y darles forma armoniosa, policroma y rítmica.

A unos 3 kilómetros de la villa canguesa se halla esta empresa que años ha se ubicó en pleno centro de la localidad. Ahora, como recuerda José Manuel Fernández, «somos la pirotecnia con mejores vistas de España». No miente. Tampoco exagera un ápice. Desde los noventa se levantan, a diferentes alturas y separadas por merlones de piedra, las casetas en las que se fabrica el explosivo. Son 15, de hormigón y revocadas y están separadas en altura por muros también de hormigón. Puertas metálicas y sin luz. Solo a las oficinas llega la electricidad. En los almacenes ni siquiera se permite la entrada de una cámara de fotos. La legislación actual sí permite la electricidad. Se pueden emplear luminarias estancas y canalizaciones de cable rígido, pero se ha optado por evitarlas. Mejor no tentar a las chispas. «Solo se trabaja de día», explica Raúl Álvarez, ingeniero de la pirotecnia, quien incide una y otra vez en que la seguridad manda. La separación entre casetas no es, pues, ningún capricho. Se trata de minimizar riesgos y se impone, en las dedicadas a la fabricación de explosivo, que el trabajo se haga siempre de forma individual. En caso de accidente, los daños serían mínimos y se evitaría una reacción en cadena.

En las casetas de la parte inferior se fabrica todo lo que explota. «Esto es muy sencillo, es una reacción química, que requiere de un oxidante y un reductor, que más arriba se va a procesar, es decir, en el caso de los voladores, llenamos las cápsulas», relata Raúl Álvarez. Pero vamos por partes. Lo más común de las composiciones es una base de nitrato metal y perclorato metal. Y a partir de ahí hay variaciones y muchísimos secretos. Cada pirotecnia tiene los suyos. No se dan más pistas de composiciones.

Hasta este punto solo hablamos de ruido. El color que veremos en Gijón policromando el cielo en la noche de Begoña no es made in Asturias. Porque en Pirotecnia Pablo se fabrican artificios -y se venden al público en general- y se componen disparos o castillos de fuegos artificiales, pero para lo segundo también se cuenta con productos importados, aunque eso sí, a medida, reclamando a fábrica un diseño concreto y personalizado. La globalización no es en este caso artificio sino realidad demoledora. Y no hay que olvidar que fueron los chinos los que inventaron la pólvora. Pues bien, la empresa adquiere diferentes elementos para componer sus disparos y entre ellos todas las carcasas que proporcionan color. «Hacer el color en España es casi imposible, se hace algo en Levante, pero aquí en Asturias es muy difícil», revela el ingeniero. La razón, la humedad. El proceso, de forma resumida, es el siguiente: «Se fabrica por vía húmeda, en una especie de hormigonera en la que se va mezclando la pólvora con el compuesto que da el color, se añade agua y se va mezclando y eliminando el agua hasta que queda una pasta». Esto en Valencia la climatología contribuye a que sea factible; en Asturias el secado es harto complicado.

Los artificios funcionan, con mayor o menor sofisticación o grado de retardo, de la misma manera. Se genera la chispa que hará volar y explotar después el elemento con sus efectos y los colores que correspondan. La paleta cromática impone normas diferentes: con carbonato de estroncio y nitrato de estroncio se obtiene el color rojo; con carbonato de calcio, naranja; clorato de bario, carbonato de bario y nitrato de bario da como resultado el verde...

Así va la cosa. En Pirotecnia Pablo, que llegaron a manejar una paleta de 20 tonalidades, se mueven ahora en once. Dice José Manuel Fernández que no merece la pena llegar a la veintena, que el ojo no acierta a ver la diferencia de matices sobre el cielo.

La química propicia la creación de esos elementos que habrán de explotar, pero darles forma es el quid de la cuestión. Hoy en día existen simuladores capaces de crear esa coreografía aérea y sonora e incluso generar vídeos que permitan verla con antelación. Pero a José Manuel Fernández le tira más la genética que la informática. Mamó el amor a la pólvora en casa desde niño y prefiere pegarse con su cabeza que con el ratón. «Yo tengo el disco duro en el cerebro», dice. Crear un disparo como el de Gijón le puede llevar entre un día y día y medio, aunque, como aclara, para hacerlo hay que haber sembrado y acumulado muchas ideas con anterioridad. Porque son muchos los factores a tener en cuenta. No solo color, ritmo, ruido. Luego están la humedad, el humo y todo lo que no se ve pero se palpa, se siente y marca la diferencia entre lo bueno y lo mejor . «Hay que tener en cuenta la ubicación del público, cómo llenar el cielo, el espacio a cubrir...». Las posibilidades son literalmente infinitas. Ellos ofertan unos 30 efectos, más los once colores, lo que ya de por sí da una serie de combinaciones amplia, pero es que luego están la ubicación y el ángulo de lanzamiento, que la legislación española permite variar en 30 grados a derecha e izquierda.

Es un mundo. Complejo y apasionante este de la pirotecnia, en el que conviene saber lo que es cada cosa. Empezando por los voladores. Su sistema es el más simple, pero apenas si se usan en un disparo como el de Gijón, que es, junto al de La Coruña, que también ejecuta Pirotecnia Pablo, el más completo del Norte peninsular. Los voladores, con su varita o timón para llegar alto, se componen de una cápsula o cilindro de cartón con la masa de pólvora compactada en la que se introduce la mecha que cuando se consume impulsa el vuelo. Pero el lanzamiento de carcasas se antoja un pelín más complejo. tamaños y formas y son ellas las que albergan los diferentes efectos en formas de sauces llorones, palmeras y demás figuras. En este caso, deben contar en su interior con pólvora de apertura, que es la va a permitir que se abra para expandir todo el artificio.

Los pirotécnicos, así a grandes rasgos, juegan con el retardo, la elevación y la apertura. Se trata de hacer volar los elementos, de jugar con los tiempos en que se abren para crear las composiciones, de ahí que se empleen diferentes tipos de pólvora y también mechas de retardo que, en función de su longitud, permiten programar en qué momento va a salir una carcasa determinada.

Hay más que carcasas. También existen candelas romanas, un cartón con forma de cilindro igualmente cargado con sus cebos, sus efectos y sus mechas de retardo, los monotiros, los volcanes o los meteoros. Los tres últimos se asemejan bastante y ofrecen un efecto único desde el suelo en ascensión continuo.

Con todo ello se componen lo que los pirotecnicos llaman fachadas. «Es toda la parte frontal del espectáculo, lo que para nosotros sería el escenario», señala Raúl Álvarez. En Gijón la cosa se complica. «Tenemos una fachada principal y luego tenemos una superposición de fachadas, unas con volcanes, otras con candelas, otras con carcasas, es como si hubiera unas cámaras unas detrás de otras».

No es fácil ponerle palabras a algo tan visual como los fuegos artificiales, que, si bien se diseñan con corazón y cabeza, se lanzan vía ordenador. Las órdenes se envían en código binario para prender las mechas del espectáculo, que antes de hacerse luz transforma el cerro de Santa Catalina de Gijón en un escenario cuasi bélico. Allí se amontonan, en perfecto orden, cañones y morteros. Así se llaman los elementos en los que se introducen las carcasas y sus mechas, que en espectáculos del tamaño del de Gijón suelen articularse en forma de baterías. En Pirotecnia Pablo emplean también unas cajas metálicas de gran tamaño y color naranja que albergan baterías y permiten organizar las combinaciones de artificio de una manera más ágil. Ese es un invento suyo que tuvo que pasar mil pruebas y filtros antes de empezar a utilizarse. La seguridad se impone. Y, por si algo falla, en Pirotecnia Pablo tienen a Santa Bárbara en mármol blanco para que eche una mano. El jueves toca encomerdarse a Nuestra Señora de Begoña.