«Las escuelas están ancladas en el siglo XIX»

Paloma González Peña, Blanca Toledo -moderadora-, Ana Belén Rivas y Carmen Ovies. /
Paloma González Peña, Blanca Toledo -moderadora-, Ana Belén Rivas y Carmen Ovies.

La capacidad de los colegios para atender a niños con necesidades especiales centró el cierre del congreso de acondroplasia

Ó. CUERVO GIJÓN.

«Aceptar al niño es fundamental. Ellos lo sienten así. Accederá a todo aquello que el entorno le quiera ofrecer». Es la reflexión de Paloma González Peña, doctora en Psicología, experta en Mediación Familiar y especialista en Educación Infantil, acerca de la influencia que la acondroplasia u otras displasias ejercen sobre los más pequeños durante su paso por la escuela.

Las posibilidades quirúrgicas y el desarrollo de nuevo tratamientos fueron algunos de los temas tratados durante este largo fin de semana en la quinta edición del Congreso Internacional en torno a la Acondroplasia, que ayer puso punto final en el Palacio de Congresos con una ponencia múltiple que versó sobre la escuela inclusiva, un modelo educativo formulado en la década de los 90 que implica a padres y alumnos y que pretende que todos aprendan juntos sin importar sus orígenes y condiciones, así como los posibles problemas de discapacidad que alguno de ellos pudiese presentar.

González Peña explicó bien en qué consiste el citado modelo: «Una escuela inclusiva es aquella que se adapta y es flexible para con el niño. No se trata de una escuela lineal». Es en esta escuela, agregó la doctora en Psicología, donde los niños que padecen acondroplasia u otras displasias -entre otras cosas- pueden llegar a ser capaces de «enseñar a los demás que de todos se puede aprender, que no deben avergonzarse de su talla pequeña». De ahí la importancia de no separar o aislar al niño, quien debe interactuar, «según sus capacidades y siempre desde el respeto», con el conjunto de personas que le rodean, «con sus compañeros, educadores y padres».

Pero, alertaron, aún queda mucho trabajo por hacer. En ello coincidieron las tres ponentes que se dieron cita en el recinto Luis Adaro. «Soy realista. Los presupuestos condicionan el entorno educativo público, que cada vez cuenta con menos recursos, mientras los especialistas abarcan más y más centros», lamentó González Peña.

También Carmen Ovies, psicóloga y orientadora en el Instituto de Enseñanza Secundaria El Piles, señaló que «los centros no están adaptados» para atender las situaciones recogidas en el proyecto de escuelas inclusivas. «Están aislados de las transformaciones sociales, permanecen anclados en cuestiones académicas y necesidades del siglo XIX, que pasan por enseñar lectura, escritura y aritmética. No existen otros mediadores que no sean los libros de texto», dijo.

Formación del profesorado

A todo ello hay que sumar otras restricciones, como las comentadas por Ana Belén Rivas, maestra de Educación Especial y madre de un pequeño con displasia ósea que actualmente cursa «con apoyos» quinto curso de Educación Primaria. «Encontramos dificultades en las infraestructuras y en el desconocimiento y la falta de formación del profesorado respecto a este tipo de situaciones. Y a mí también me pasó. Porque en la facultad apenas vimos de pasada qué era, por ejemplo, la acondroplasia», apuntó.

Así las cosas, desde la perspectiva que dan sus variadas experiencias, las tres propusieron actuaciones que habrán de pelear, por ejemplo, con la falta de escuelas inclusivas en lugares alejados de los centros metropolitanos y los recortes económicos y de personal en el sistema educativo. «Una escuela inclusiva debe acoger la diversidad, que es lo normal en la vida. El alumno debe estar y convivir con sus compañeros, que no lo saquen del aula, que respeten sus diferencias. Eso enriquece a unos y otros, eso es llevar una vida normal», comentó Ana Belén Rivas, quien insistió además en la necesidad de que «los padres participen de forma activa en el centro educativo para mejorar la autoestima del niño y las relaciones de la familia con la escuela».

Atención Temprana

Carmen Ovies coincidió con Ana Belén Rivas en señalar que «la inclusión -lo que ayer defendieron- es incompatible con el aislamiento». Pero hace falta que otras instituciones y colectivos den un paso más. «Hay que trabajar con las familias, los servicios sanitarios, salud mental, servicios sociales y ONGs. Todos estos instrumentos son imprescindibles», indicó.

Y es en este punto donde el rol desempeñado por las unidades de Atención Temprana -dirigidas a los niños con trastornos en el desarrollo o riesgo de padecerlos, así como a sus familias, para posibilitar de esta forma la integración del pequeño-, se torna en fundamental. «Pero están desapareciendo», criticó Carmen Ovies, quien consideró que dicha atención la está acaparando Servicios Sociales, pasando a ser «muy específica», y está saliendo de las escuelas. «Estos programas son muy necesarios para evitar la segregación. Estas necesidades exigen programas, no discursos. No es posible que con un modelo de convivencia estricto como el actual se desarrolle otro inclusivo», señaló Ovies.

La finalidad de todo ello, agregó Paloma González Peña, no es que el niño aprenda a leer, escribir y sumar, sino que se convierta en un ser humano «competente». De ahí, insistió González Peña, la importancia de no separar a los pequeños de sus compañeros de clase. «La persona no debe verse solo desde la perspectiva estética, sino también desde la psicológica. Por eso no se les puede aislar», subrayó.