'La madre del emigrante' se queda huérfana

Ramón Muriedas mostró varias obras en el Observatorio del Arte en Arnuero en 2009. Fue su última exposición./
Ramón Muriedas mostró varias obras en el Observatorio del Arte en Arnuero en 2009. Fue su última exposición.

El escultor cántabro Ramón Muriedas fue hallado muerto el domingo en su domicilio de Santander

ROSA M. RUIZSANTANDER / GIJÓN

El escultor cántabro Ramón Muriedas (1938), autor de esculturas como el 'Monumento a la madre del emigrante', fue hallado muerto el domingo en su domicilio de Santander. Después de que sus vecinos alertaran a la familia de que llevaban días sin verle, su hermano y un sobrino acudieron a su vivienda de la avenida de Cantabria, donde encontraron el cadáver. Por el estado en que se hallaba el cuerpo, todo apunta a que el fallecimiento se produjo días antes por causas naturales.

Nacido en el municipio cántabro de Villacarriedo, dio sus primeros pasos artísticos en la cerámica y en los años sesenta llegó a la escultura de la mano de Víctor Orizaola y Benjamín Mustieles, sus primeros maestros. A finales de esa década inició una frenética actividad expositiva que le llevó por varios países gracias a una beca de la Fundación Juan March.

Desde sus inicios profesionales su obra recurre a las figuras humanas como elemento principal. Se trata de personajes cincelados con extrema naturalidad a los que impregna de humanidad y ternura y por los que ha ganado diversos premios. «Era el escultor de la coherencia», apuntaba ayer Salvador Carretero, director del Museo de Arte Moderno y Contemporáneo de Santander (MAS). «Si yo tuviera que definirle diría que fue capaz de indefinir la figuración», añadió.

Según Carretero la obra que resume de un modo más claro su estilo es, precisamente, el 'Monumento a la madre del emigrante', inaugurada en 1970 y a la que los gijoneses rebautizaron como 'La Lloca del Rinconín'. «La mejor forma de conocer a Ramón Muriedas es contemplar esa escultura», afirma el director del MAS. En 2010, en una entrevista publicada en EL COMERCIO con motivo del cuadragésimo aniversario de esta obra, el artista aseguraba que concibió la figura «influido por una gripe horrible» y explicaba que su pieza no se inspiraba en una persona concreta, sino que era una abstracción de «la madre, la hermana, la tía-abuela del emigrante. Una figura que se viene repitiendo desde hace siglos».

Tres bocetos diferentes

Por encargo del entonces alcalde de Gijón, Ignacio Bertrand, el escultor hizo tres bocetos en terracota, de los que el regidor escogió uno. Los otros dos, que representaban a una mujer con un pañuelo en la cabeza y a otra con los brazos cruzados y una goleta junto a los pies, acabaron en manos de un indiano asturiano afincado en California y del escritor gallego Álvaro Pombo, respectivamente. «Me gustaban más las otras dos», llegó a admitir Muriedas, que no pudo estar en Gijón el día de la inauguración de su pieza. De sus rasgos destacaba el tamaño de la cabeza, desproporcionada con respecto al cuerpo para «concentrar allí el sentimiento», y sus manos y pies, «que son una parte importantísima del ser humano». El escultor echó en falta, por otra parte, más altura para este monumento: «con medio metro más habría ganado».

En 1974 Ramón Muriedas obtuvo la medalla de oro de Escultura en la Bienal de Alejandría y en 1975 la de la Exposición Internacional de la Pequeña Escultura en Budapest. Fueron sus primeros reconocimientos y el empujón definitivo para continuar su carrera en Madrid. Desde entonces la familia, la amistad y el amor fueron temas básicos de sus piezas, alguna de las cuales pueden contemplarse en el Museo Reina Sofía de Madrid, en el Museo de Arte Contemporáneo de Río de Janeiro, en el MAS o en el Museo de la Fábrica de la Moneda y Timbre de Madrid.

En el año 1979, con motivo de la conmemoración del Año Internacional del Niño, el Ayuntamiento de Santander le encargó un monumento que fue colocado en lo alto del promontorio rocoso de la ensenada de El Camello. Se trataba de una figura de bronce en la que se representaba a un Neptuno adolescente, una obra que durante años se mostró sin brazos tras sufrir, al igual que ocurrió con su pieza de Gijón, sucesivos actos vandálicos. En el año 2012 y ante la imposibilidad de restaurarla se decidió quitarla definitivamente.

Diego Bedia Casanueva, experto en arte y coleccionista, fue uno de sus mejores amigos y el autor del texto que acompañó el catálogo de su última exposición. Ayer lamentaba su pérdida «sin que Santander le brindará el reconocimiento que merecía. No se han portado bien con él». En su opinión, «fue un artista diferente, que nunca perdió el lenguaje clásico, pero que supo presentar bajo un concepto muy contemporáneo». De su trabajo Bedia Casanueva también recuerda su coherencia -«jamás regaló una obra a nadie»- y que huía de las colecciones, presentando solamente obras únicas. «Personalmente no era un hombre ordenado, sin embargo, ponía un inmenso cuidado en la realización de sus piezas. Era el escultor del bronce, siempre pendiente de todos los detalles ».

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