«Recordamos mucho Gijón»

Las clarisas de Cigales, en la actualidad. La abadesa, sor Isabel, es la segunda por la izquierda con las manos entrelazadas. Sor Aránzazu, la primera por la derecha en la fila del fondo, donde está la gijonesa sor María Nieves (la quinta por la derecha). /
Las clarisas de Cigales, en la actualidad. La abadesa, sor Isabel, es la segunda por la izquierda con las manos entrelazadas. Sor Aránzazu, la primera por la derecha en la fila del fondo, donde está la gijonesa sor María Nieves (la quinta por la derecha).

«La unión que había allí entre empleados, alumnos, profesores y monjas nos ha dejado marcadas. Éramos una familia», relatan

ADRIÁN AUSÍN

El monasterio de Cigales (Valladolid) fue concebido desde Gijón y construido, bajo la dirección de la Madre María Dolores, abadesa de la Laboral, entre 1972 y 1976. Se sufragó con los fondos recibidos del Estado en contraprestación a la tarea desempeñada por las clarisas en la clausura gijonesa (cocina, lavandería y ropería) desde 1955. Y cuando ésta llegó a su fin, el 24 de diciembre de 1996, las madres que quedaban tomaron un rumbo inequívoco: Cigales. Veinte años después de aquella mudanza, a la que antecedió un sentido homenaje, Gijón sigue teniendo una gran presencia en el corazón de las 36 internas que hay ahora mismo en el monasterio vallisoletano. No en vano, todas ellas pasaron por la Laboral. Y a todas las dejó «muy marcadas».

«Recordamos la unión que había allí entre empleados, alumnos, profesores y monjas. Éramos una familia», resalta sor María Rocío, leonesa del Órbigo que permaneció en Gijón entre 1958 y 1994. «Estábamos muy unidas. Se trabajaba en ese ambiente y no te importaba nada levantarte a las cuatro de la mañana a hacer churros para los chicos en las fiestas patronales si era el caso. Se disfrutaba mucho», confiesa. La disciplina era «monacal, claro está», pero las monjas, además del trabajo y los rezos, también tenían sus recreos y sus horas de juego con la pelota en la huerta.

Todo ello lo reviven con el prisma de la distancia desde su 'hogar' vallisoletano. Sor María Rocío, su trabajo en la sacristía, donde preparaba los floreros para las bodas celebradas en la Laboral y recibía los huevos para Santa Clara. Sor María Nieves, natural de Carbaínos, Cenero, la única gijonesa y asturiana interna en Cigales, aquel duro episodio en las calandras cuando la máquina de planchado le atrapó una mano y debió estar ingresada más de un año en Madrid para recibir varios injertos en la unidad de quemados. O sor Josefa, quien curiosamente estuvo interna en la Laboral como alumna y nada más acabar Administrativo dio a su familia gallega 'el disgusto' de decirles que se metía a monja. «Ellos pensaban que perdían una hija, pero fue en Gijón donde descubrí que el Señor llenaba mi vida», rememora.

También permanece en Cigales sor Aránzazu, quien a sus 90 años mantiene la lucidez para dar cuenta de sus tiempos como abadesa en Gijón, pues ella fue la primera que sustituyó a María Dolores y la que 'cerró' el convento en 1996. En Cigales la mayoría de las hermanas son zamoranas, como la abadesa sor Isabel. Pero Asturias no deja de estar presente en su mente y en sus quehaceres diarios, orientados en varias direcciones: la confección de cortinas y ropa de niños, la ortopedia y las almendras. Tareas que han venido a sustituir a las cocinas, la lavandería y la ropería de la Laboral, donde llevaron durante 41 años la intendencia diaria de hasta mil internos. «Hoy esto; ayer aquello. Tomamos las cosas según vienen», anota sor Josefa complaciente.

«¡Pero si está aquí el 235!»

En los jardines del convento, Asturias también está presente, pues allí reposa bajo una gruta la Santina de marmolina que les regaló Adoración Nocturna de Gijón en su despedida. «La presencia gijonesa está en el corazón de todas. Muchas pasaron allí la mayor parte de sus vidas y el cariño no se olvida», subraya sor Josefa.

Prueba de ello es la relación con los antiguos alumnos. En los últimos veinte años, cientos de ellos han pasado por Valladolid en excursiones organizadas por diferentes promociones para visitarlas. «Hombre, ¡pero si está aquí está el 235!». «Mira, ¡el 416!». Muchas monjas siguen identificando a aquellos niños internos de entonces por el número de 'matrícula' que usaban en sus ropas en la Universidad Laboral. La Asociación de Antiguos Alumnos les remite periódicamente por correo la revista que edita donde recuerdan viejos tiempos ('La Torre'), muchos llaman por teléfono a Cigales para interesarse por las clarisas y, también, las siguen visitando en los locutorios del monasterio.

La clausura impone una separación física. Pero el sentimiento traspasa con creces esa barrera impuesta por la vocación religiosa que dejó unida para siempre en la Laboral a 124 clarisas con miles y miles y miles de internos. Pues las monjas, además de cocineras y lavanderas, también ejercieron, espiritualmente, de madres durante aquellos trascendentales años.

 

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