Las chicas del Gedo

Por la izquierda, Llara Domínguez, Sara Redondo, Sandra Aneas, Rebeca Vázquez, Olaya Salgado, Andrea Menéndez, Andrea Prendes, María García y Andrea Frutos, en el patio del Gedo. /
Por la izquierda, Llara Domínguez, Sara Redondo, Sandra Aneas, Rebeca Vázquez, Olaya Salgado, Andrea Menéndez, Andrea Prendes, María García y Andrea Frutos, en el patio del Gedo.

El centro de FP tiene más de 450 estudiantes. De ellos, 19 son alumnas. Este año han batido récord, nunca habían superado la decena

OLGA ESTEBAN

«Estabas mejor en casa, fregando». Casi todas han tenido que escuchar esa frase o alguna muy similar. Siempre al inicio del curso. Y siempre, dicen, como una excepción. Porque saben que son pioneras, es evidente que son minoría y son conscientes de que deben abrir camino en sectores tradicionalmente masculinos. Pese a todo, aseguran que son «una más de la clase». Son las chicas del Gedo, de la Fundación Revillagigedo. Son 19. Un récord absoluto este curso, ya que nunca se había superado la decena de alumnas. Pero siguen siendo pocas: apenas un 4% entre los algo más de 450 estudiantes matriculados en el centro. Algunas son las únicas en su grupo. Como Llara Domínguez, 20 años, única alumna entre los 29 estudiantes de Mecanizado. O Andrea Frutos, 22 años, una entre los 25 alumnos de Electromecánica.

Como Llara y Andrea, también Olaya Salgado, Rebeca Vázquez, Sara Redondo, Sandra Aneas, Andrea Menéndez, Andrea Prendes, María García, Loli Méndez y nueve jóvenes más acuden todos los días al Gedo. Estudian Electricidad, Electromecánica, Mecanizado, Soldadura y Calderería... Tienen entre 17 y 44 años y cursan en el Gedo la FP Básica, grados medios o superiores de Formación Profesional. Pese a que es habitual que se repita la pregunta '¿pero hay chicas en el Gedo?', lo cierto es que no son las primeras. Aunque por el tipo de estudios que ofrece (Mantenimiento electrónico, Sistemas electrotécnicos y automatizados, Construcciones metálicas, Programación de la producción en fabricación mecánica, Instalaciones eléctricas y automáticas, Mecanizado, Soldadura y calderería, Mantenimiento electromecánico, y FP Básica de Electricidad y Electrónica y Fabricación y montaje) tradicionalmente se haya considerado un 'centro de chicos', la Escuela Técnico Profesional Revillagigedo acogió a las primeras alumnas en sus aulas a mediados y finales de los años 90. Alguna de aquellas llegó a trabajar después en Juliana, explica el jefe de estudios, Emilio Díaz. Han pasado muchos años y el camino es «lento», pero tanto Emilio como las alumnas admiten que se ha avanzado.

El currículum a la basura

Lo corrobora Loli Menéndez. A sus 44 años y tras haber trabajado más de 16 ya en el sector del mecanizado, ha vuelto para cursar el grado medio. Sabe lo que es ser la única en clase, y en el trabajo. Sabe lo que es la discriminación. «Cuando empecé era terrible. Ibas a una empresa y tiraban el currículum a la basura, directamente». Loli llegó a trabajar en Naval Gijón, con otra compañera. Eran las únicas entonces.

Que se haya avanzado no significa que hayan desaparecido los obstáculos y los prejuicios. Muy al contrario, Emilio Díaz admite que han tenido que 'tachar' a algunas empresas del listado de colaboradoras para que los alumnos hagan prácticas. Imposible llegar a acuerdos con quienes consideran que una chica en el taller les va a «revolver el gallinero». Tal cual. Esa era la respuesta. Imposible negociar con quien pone de excusa una y otra vez que no tiene vestuarios para las chicas. «El año pasado, en uno de los grupos, la mejor alumna, con diferencia, era una chica. Surgió una buena oportunidad en una empresa y les recomendé cogerla a ella. No querían. Les convencí y, evidentemente, al final la contrataron», explica el jefe de estudios. En el otro extremo, las empresas «que admiten que prefieren a las chicas» por sus cualidades en el trabajo. «Si dudan, que nos tengan un mes en prácticas y que luego decidan», piden ellas, convencidas de que «somos más finas».

Porque «no son trabajos de hombres, lo hacemos igual, o incluso mejor que ellos». Lo dice otra pionera. Belén Ordiales, profesora de Soldadura, una de las poquísimas docentes femeninas de taller que hay en toda Asturias. Ingeniera Mecánica, inmersa por lo tanto siempre en «un mundo de hombres», admite no obstante que se tuvo que «transformar un poco en ellos». Porque abrir camino tiene también algo de renuncia. O de esfuerzo 'extra'. No en vano, todas aseguran que es necesario «demostrar más que ellos» para conseguir el respeto. «Pero luego es muy gratificante», aseguran. Y aunque siempre hay quien vuelve a aquello de «mejor estás limpiando», todas admiten que «hay buen rollo» y que no han tenido ningún problema porque «somos todos compañeros».

Algunas lo tuvieron, eso sí, para convencer a sus familias y amigos de que aquél era el camino deseado. Porque realmente lo era y lo tenían claro, aunque alguna no oculte el miedo el primer día que soldó. «Tengo cinco amigas que han preferido hacer Administración. Ya verás luego para encontrar trabajo», dice Rebeca, la veterana del grupo, que lleva seis años en el centro concertado, donde ya cursó el grado medio y ahora hace el superior. Porque eso, trabajo, esperan que a ellas nos les falte cuando finalicen los estudios, como al parecer no les ha faltado a quienes las precedieron.

Orgullosas de la formación elegida y de que «en unos años habrá más chicas» en los pasillos del centro y en las empresas del sector, las 19 del Gedo mantienen sus «ganas de aprender y trabajar».

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