«¿Por qué hay estaciones que miden la calidad del aire y la del sonido no?»

Javier Suárez, con el 'atlas sonoro' del barrio de La Calzada. /
Javier Suárez, con el 'atlas sonoro' del barrio de La Calzada.

Javier Suárez, profesor universitario y coordinador del proyecto 'Holistic City Soundscapes' (atlas sonoro de La Calzada): «La opinión de la gente sobre el entorno acústico es muy importante para el diseño de ciudad y su bienestar. No se la puede dejar al margen»

ELENA RODRÍGUEZ

«La contaminación acústica en las ciudades occidentales es un problema muy gordo». Javier Suárez Quirós (Gijón, 1969), profesor en la Escuela Politécnica de Gijón, recuerda el efecto que el ruido provoca en nuestro estado físico y que se traduce en mayor presión arterial y estrés, entre otros. «Está demostrado desde hace 2.500 años». En 2015, en colaboración con el fonografista Juanjo Palacios, decidió poner en marcha el proyecto 'Holistic City Soundscapes', que consiste en elaborar un 'atlas sonoro' de La Calzada, ya que «es como una ciudad en miniatura». Con ayuda del IUTA (Instituto Universitario de Tecnología Industrial de Asturias), grabaron el paisaje sonoro en sesenta localizaciones y realizaron encuestas entre 250 vecinos. Ahora tienen las primeras conclusiones.

¿Por qué este proyecto? Con más de 100.000 habitantes, Gijón está obligada por ley a medir el ruido.

Así es. Cada cinco años, pero los sonómetros que utilizan las contratas miden únicamente la intensidad, lo que no deja de ser una simplificación del problema. Fíjese en la cantidad de llamadas que recibe la Policía Local por sonidos molestos. Luego van los agentes al domicilio o al establecimiento y el resultado está por debajo del nivel que, según la norma, es sancionable. La percepción de la intensidad, además, depende de cada individuo y de lo que esté haciendo en cada momento. 140 decibelios en una discoteca no molestan; sí en una biblioteca.

Así que el método vale, pero hasta cierto punto.

Es la conclusión a la que han llegado distintos grupos de trabajo en la Unión Europea. Creen necesario aprobar una nueva ley que dé otra consideración distinta al sonido.

¿Y ustedes de dónde han partido?

De un concepto que ya manejaba el canadiense Murray Schafer hace cincuenta años: el paisaje sonoro. La inmensa mayoría de las personas no presta atención a los sonidos que le rodean, a lo que está pasando en un momento determinado y en un lugar concreto.

El proyecto comenzó en la primavera de 2016 en La Calzada. ¿Cómo exactamente?

Con grabaciones de ese paisaje sonoro en sesenta localizaciones. Todas tenían que seguir un patrón coherente: que la velocidad del viento fuera la misma, no lloviera... Y, aparte de medir la intensidad, queríamos analizar otra serie de aspectos, como la tonalidad. En psicoacústica, está comprobado que entre un tono agudo y uno grave el grave resulta más agradable. Y nos interesaba conocer la estructura interna del sonido.

¿Estructura interna del sonido?

Sí, es complicado de explicar. Para entenderlo, siempre digo si es 'cantable' o no. El petardeo de una motocicleta no lo es. En definitiva, buscábamos tener varios mapas del sonido. De ahí que lo denomináramos 'atlas sonoro', 'cartografía aural'.

¿Cuál fue el segundo paso?

Realizamos un cuestionario y preguntamos a 250 vecinos qué percibían del paisaje sonoro. El tráfico siempre aparecía, aunque no fuera lo que más se oyera. En cambio no oían el viento, los pájaros... Es normal. Nadie nos ha educado para ello fuera de la música.

¿Ya tienen resultados?

Sí, los de la primera parte, los de las grabaciones. Tal y como se esperaba, la mayor intensidad del sonido se registra en las avenidas del Príncipe de Asturias y Argentina, y la menor en el Parque del Lauredal. Sin embargo, aparece otro mapa muy distinto al analizar la tonalidad.

Diga.

Los sonidos más graves, los más confortables, tuvieron lugar en la avenida Príncipe de Asturias y los más agudos, en el Parque del Lauredal, donde estaban segando.

Osea, a la inversa.

Al estudiar otras características del sonido que no son la intensidad, aparecen nuevos enfoques, más matices que permiten reinterpretar el concepto de confort sonoro, una de las piedras angulares del proyecto.

¿Hay más conclusiones?

En la explanada del Carrefour, por ejemplo, dominaban los sonidos de la naturaleza, al igual en un pequeño parque situado en la confluencia de la avenida de Argentina con la calle de Simón Bolívar. El sonido natural del viento y de los pájaros era mayor que la contribución del sonido artificial generado por el tráfico.

¿Y los cuestionarios?

Es lo que nos falta. Correlacionar las respuestas, lo que la gente percibe, con estos resultados.

¿Qué esperan con este trabajo?

Nos gustaría que se tuviera en cuenta la opinión de los ciudadanos sobre el sonido que les rodea y que esos criterios revertieran en el diseño de la ciudad porque influye en su bienestar. Sería ideal incorporarlo al PGO. Así, el espacio podría nutrirse de elementos que cuidan ese paisaje sonoro. No se les puede dejar al margen.

«Es una oportunidad de oro»

¿Y para contar con su parecer en otros puntos de la ciudad no habría que hacer mediciones como ustedes han hecho ya?

Eso sería lo ideal, que hubiese una monitorización permanente, una red de puntos que analizaran la calidad del paisaje sonoro, al igual que las estaciones que miden la contaminación. ¿Por qué hay estaciones que miden la calidad del aire y la del sonido no? Si las hubiera, podríamos ir a la página web, ver los registros y tomar decisiones. Optar, por ejemplo, por una senda cicloturista porque ese día la calidad del paisaje sonoro es más agradable, más confortable que otra. E incluso desarrollar aplicaciones con esos datos. El ruido se ve como algo peyorativo, pero, bien gestionado, puede incluso generar riqueza. Ya pasó con los residuos.

¿Qué se podría hacer?

Podría aprovecharse incluso la infraestructura que hay para las 'smart cities'. Colocar sensores en altura y, con esos registros, diseñar dispositivos que nos pudieran informar y tomar decisiones, en el móvil o asociados al smartphone. Gijón tiene una oportunidad de oro para estar a la vanguardia en la calidad del sonido.

Antes hablaba de incorporar elementos al paisaje sonoro. ¿Qué quiere decir?

En Estocolmo han instalado al lado de una avenida principal, por la que pasa el tráfico, una fuente con chorros de agua 'afinados'. Enmascaran el tráfico y los ciudadanos perciben menor sonido que los dos por separado. Hay más ejemplos en Europa.

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