«La accesibilidad es un derecho vulnerado»

Mónica Palacios ayuda a Victoria Ruiz a salvar un obstáculo en el Náutico ante la mirada de Francisco José Huerta. / PALOMA UCHA
Mónica Palacios ayuda a Victoria Ruiz a salvar un obstáculo en el Náutico ante la mirada de Francisco José Huerta. / PALOMA UCHA

EL COMERCIO analiza con dos personas con discapacidad los obstáculos de la ciudad | «Cimavilla es imposible si vas en silla de ruedas», lamenta Paco Huertas. «Ir de bares es complicado», critica el regatista paralímpico Nacho Robles

CHELO TUYA GIJÓN.

En 2003 creyeron que lograrían la plena inclusión. Una ley, la de igualdad de oportunidades, no discriminación y accesibilidad universal para las personas con discapacidad así lo decía. Diez años después, ante el incumplimiento del texto legal, un reglamento acotó los plazos: el 4 de diciembre de 2017 España tenía que garantizar la accesibilidad universal. Llegado el día, el 70% de los edificios del país no cumplen con una norma conocida como 'antibarreras'. Tampoco lo hacen edificios públicos, locales de hostelería, paseos urbanos, rurales y servicios de transporte. EL COMERCIO recorre la ciudad con dos usuarios de silla de ruedas para visibilizar los obstáculos que aún siguen ahí.

Escollos que se repiten por toda la ciudad (aceras estrechas, bordillos, escalones) y que convierten a Cimavilla en barrio casi vedado para las sillas de ruedas. Y al Náutico en una ratonera para personas con discapacidad física o visual. Y la comunicación con las personas sordas en imposible. Y a la mayoría de los bares en impracticables. Y de ir al baño «ni hablamos».

Así lo asegura Nacho Robles (Gijón, 1977). A los 19 años, un accidente de tráfico le dejó tetrapléjico. «Eran otros tiempos, no había tanto control sobre el uso de cinturones, la bebida... Veníamos de la mili, el conductor se durmió y chocamos». Pero no paró. Deportista paralímpico, es campeón de vela adaptada, fundador de la Asociación para la Promoción del Turismo Adaptado Asturiano (APTAA), tesorero de Cocemfe y con su silla-bici no parece encontrar obstáculos. «Pero los hay. Reconozco que soy muy fuerte y que puedo entrar en casi todas partes, pero muchos no pueden».

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Porque, aunque en Gijón «se ha avanzado mucho en accesibilidad», todavía hay numerosas barreras no visibles a simple vista. «Ese pequeño resalte que tiene la mayoría de los bares es inaccesible para muchos. Por no hablar de los baños. La ley no obliga a que los antiguos los tengan adaptados. Los chicos todavía nos arreglamos mejor, pero las chicas lo tienen imposible. Las copas, mejor fuera. Y del baño, ni hablamos».

¿Un resalte mínimo es un obstáculo tan grande? «Sí, las sillas eléctricas rebotan contra él y, por su peso, son difíciles de manejar. Por no hablar de que muchas personas no tienen fuerza. Es un bordillo que está, incluso, delante de muchos comercios y ante los contenedores adaptados», asegura rotundo Paco Huertas (Oviedo, 1967). Secretario de Aspaym, acababa de cumplir 16 años cuando le detectaron un tumor cerebral. «Tenía metástasis en la médula. Fue todo muy rápido. Del cáncer estoy curadísimo, pero sigo en silla de ruedas».

Más de tres décadas que le llevan a afirmar que «ha habido grandes avances, pero incluso en los trabajos que se hacen de accesibilidad, falta luego un control de la obra o una supervisión para comprobar que nada falle». Porque falla. «Por ejemplo, en el Náutico. A simple vista, accesible por completo. Pues bien, vamos a sentarnos en un banco. O a tomar algo». Imposible.

Los bancos tienen delante un pequeño bordillo. «Con el que choca la rueda» y que da problemas, también, a las personas con discapacidad visual. Ellos y los usuarios de silla de ruedas tienen difícil acceder a los locales de hostelería. Uno tiene una rampa. «Pero no cumple con las medidas y, sobre todo, llegados arriba te encuentras con un bordillo para entrar». El otro, ni siquiera tiene rampa. «Es un local nuevo, moderno y sabemos que está completamente adaptado en su interior. Pero tiene escalones». Aspaym ya se dirigió al propietario del local, «que nos indicó que es responsabilidad municipal. Patrimonio es la eterna excusa, pero Roma lleva años adaptada y tiene muchos más» bienes que proteger, espeta Huerta.

Pavimento resbaladizo

Sin salir del Náutico, aparece una auténtica ratonera para usuarios de silla de ruedas y personas con problemas de visión. «Al entrar por el paso de peatones de la calle Jovellanos, llegas a una plaza llena de bordillos y escalones». Una en la que se ponen carpas temporales para exposiciones. «A las que, en teoría, podemos entrar, pero en la práctica no son utilizables para nosotros».

Como ocurre con la plaza reservada a personas con discapacidad habilitada junto a la plaza Mayor. «Podemos llegar con el coche y aparcar. Perfecto. Ahora, baja del coche y sube a la acera», invita Nacho Robles... No es posible. Un bordillo sin rebajar obliga a desplazarse por el asfalto hasta el paso de peatones. «Lo que no es fácil, sobre todo si hay pavimento resbaladizo. Las baldosas blancas son terribles», apunta.

Recuerda que «es difícil tener plazas de aparcamiento porque las tarjetas las reparten con demasiada alegría. Hay que tener más control», plantea Robles. Propone «que se haga como en Madrid o Barcelona: que la plaza esté vinculada con una matrícula. Porque los que vivimos en el centro, en verano o navidades no aparcamos ni de broma».

Como tampoco llegan a Cimavilla. «Es un barrio vedado para los que vamos en silla de ruedas. Aceras estrechas, adoquines... Podemos llegar en coche y aparcar en el parking adaptado. Bien. Pero de ahí no salimos», lamenta Huerta. «Cimavilla es complicado», reconoce Robles, «como San Lorenzo. Imposible». Porque, «la accesibilidad es un derecho vulnerado», zanja Huerta.