Las Agustinas se quedan en Somió

Sor Leticia, María, Asunción (madre superiora), Elena y Elva, en el locutorio del convento. / JOAQUÍN PAÑEDA
Sor Leticia, María, Asunción (madre superiora), Elena y Elva, en el locutorio del convento. / JOAQUÍN PAÑEDA

Dos jóvenes de Guatemala garantizan el relevo generacional de la congregación | «Querían cerrarnos el convento y temimos que la comunidad pereciera», reconoce la madre superiora, sor Asunción

EUGENIA GARCÍA GIJÓN.

«Si las Agustinas faltan en Gijón, el mar se tragará la ciudad». Durante un tiempo, sor Asunción temió que esta profecía atribuida al beato Diego José de Cádiz se cumpliese. Hasta hace unos meses, en el monasterio de las Agustinas Recoletas de Somió solo vivían cuatro religiosas. El envejecimiento -la mayor tiene 92 años, la superiora 83 y la más joven 56- y la falta de relevo generacional ponían en peligro la continuidad de la primera congregación de religiosas de vida contemplativa que se asentó en la ciudad. «Querían cerrarnos el convento y temimos que la comunidad pereciera», admite la madre superiora. «Como el convento era nuestro, no de la orden ni del arzobispado, se detuvieron un poco. Si no, estábamos en la calle ya». La salvación definitiva llegó de Guatemala, de la mano de dos jóvenes religiosas, sor Elva y sor Leticia, que se han incorporado a la vida monacal.

«¿Cómo no iba a tener ganas de tener a gente nueva? De las 25 que éramos cuando yo entré en el 1954 quedamos solamente dos». Jovial, sor Asunción reconoce que las incorporación de las dos hermanas ha facilitado mucho la rutina de oración y trabajo, y la compañía también ha hecho la vida diaria mucho más amena. «Hasta que llegaron estábamos completamente solas», rememora. «Ahora estamos encantadas».

Sor Elva tiene 23 años, es de San Juan Comalapa y lleva cinco años en España. Antes de recalar en Somió estuvo tres en Lugo, donde la congregación tiene un convento. Allí coincidió con Sor Leticia, que tiene 25 y cruzó el charco desde Guatemala hace siete años. En sus municipios de origen descubrieron su vocación y se pusieron en contacto con el párroco local, quien a su vez -vía mail- las conectó con la superiora de Lugo. «Después comenzaron a arreglar los papeles, porque hasta los 18 años no se puede entrar en un convento. Más tarde se fija una fecha y se ingresa un mes de prueba, para ver si la persona quiere dedicarse a la vida contemplativa y si la comunidad la acepta», explica Elva. Es entonces cuando comienza un año de postulantado, que culmina al entrar definitivamente en el convento.

Más información

Cada una recuerda la fecha del primer ingreso. Elva lo hizo en mayo del 2012, Leticia en octubre de 2014. Sor Asunción en febrero de 1952 y a los seis meses tomó el hábito. «La vida monasterial era mucho más difícil antes, no hay comparación. Había que tener verdadera vocación para entrar en el convento». Ella, que quiso ser monja «desde pequeñina», recuerda cómo las renuncias eran mayores en su época. «Se recibían visitas, solo familiares, una vez al mes».

Aunque las familias de sor Elva y sor Leticia están lejos, ellas están tranquilas con su familia espiritual gijonesa. «Pensamos en ellos, pero sabemos que aquí nos quiere Dios. Tanta fe han tenido las monjas de este convento, que pedían que las ayudáramos, que una se siente feliz de estar aquí», dicen. Pese a que suponga «dejar atrás muchas comodidades», la superiora confía seguir hallando vocaciones para las recoletas.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos