«El alcohol fue la peor de las cárceles»

La delegada del Gobierno, Delia Losa; el secretario general de Sanidad, Faustino Blanco; el presidente de Alcohólicos Anónimos, Luis María Villota; el director general de Salud Pública, Antonio Molejón; y la concejala de Bienestar Social, Eva Illán, minutos antes de que comenzase la Conferencia. / PALOMA UCHA
La delegada del Gobierno, Delia Losa; el secretario general de Sanidad, Faustino Blanco; el presidente de Alcohólicos Anónimos, Luis María Villota; el director general de Salud Pública, Antonio Molejón; y la concejala de Bienestar Social, Eva Illán, minutos antes de que comenzase la Conferencia. / PALOMA UCHA

Alcohólicos Anónimos celebra estos días su 40 Conferencia del Servicio General | La asociación, cuyo número de afiliados continúa en ascenso, busca reforzar su colaboración con las instituciones públicas

PABLO SUÁREZ GIJÓN.

Javier (nombre ficticio) lleva 32 años sin probar una gota de alcohol. Su sonrisa constante y el impecable traje dos piezas que combina con una llamativa corbata amarilla hacen sencillo imaginarle una vida poco menos que envidiable, a juego con su apariencia. Sin embargo, cuando en 1987 Javier decidió pedir ayuda a Alcohólicos Anónimos su mera existencia era una bomba de relojería a punto de explotar y la asociación el último cartucho para salvarla. «Bebía constantemente hasta el punto de que no podía controlarlo. Tenía necesidad de ello», afirma quien ahora equipara el haber salido de aquel pozo con la felicidad de ver nacer a sus hijos.

«Mi familia me aguantó lo indecible. El alcohol no hacía más que destrozar todo lo que tenía a mi alrededor. Me sentía una persona indigna para ellos, pero eso no evitaba que siguiese bebiendo», asegura, crítico. A punto estuvo de perder su puesto de trabajo por culpa de una enfermedad que, aunque dormida, asume que nunca lo abandonará del todo. «No debemos olvidarnos de nuestra vida anterior. Para eso sirve seguir en la asociación y ver a compañeros pasar por el proceso que tú superaste», explica. El proceso desde que Javier identificó su problema con el alcohol hasta el momento en que aceptó ponerle fin fue de todo menos sencillo. «Reconocía que estaba enfermo pero no lo aceptaba. El alcohol fue la peor de las cárceles», considera, con gesto reflexivo.

El caso de Javier no es, evidentemente, el único. Tampoco el más duro. Fina (de nuevo nombre ficticio) recurrió a Alcohólicos Anónimos hace ya dieciséis años. Lo hizo a través de su psiquiatra, a quien a su vez había llegado tras comenzar una caída libre que parecía no tener final. «Empecé a beber con doce años. Al principio fue poco, luego pasó a ser diario, y al final terminé en un centro psiquiátrico porque el consumo era bárbaro», cuenta quien afirma que un día «me harté de sufrir» y decidió poner fin a su calvario a través del tratamiento que promueve la asociación. «Cuando entré me dijeron que curarme no era fácil, pero era posible. Nunca olvidaré esa frase. Fue la primera vez que sentí que alguien me entendía», rememora.

Llegar a esa fase de aceptación no resultó sencillo. «Por mucho que te digan que tienes un problema, si no lo ves no hay nada que hacer. Tienes que estar convencida de lo que ocurre para ponerle solución y pedir ayuda», explica.

Relación con instituciones

Fina y Javier participan estos días, junto con compañeros de todos los puntos de España a la 40 Conferencia del Servicio General de Alcohólicos Anónimos de España, el cual reunirá en Gijón hasta mañana a multitud de afiliados a la asociación, que continúa creciendo en nuestro país. Este año, la cita se centra en la necesidad de reforzar los vínculos entre la comunidad y las instituciones públicas, con el fin de lograr una colaboración más férrea en materia de prevención del alcoholismo. «Queremos mejorar la forma en la que actualmente se llega a las personas con problemas de alcoholismo y fomentar la relación con la sanidad pública», explicó Joaquín A., secretario general de Alcohólicos Anónimos España.

En su opinión, pese a que la asociación está totalmente consolidada en la sociedad, aún existe mucho desconocimiento en torno a su actividad. «Hay mucha desinformación sobre lo que somos, lo quehacemos y cómo funcionamos. Muchas veces la gente piensa que somos una secta, pero la realidad es que es todo lo contrario. Solo somos anónimos ante los medios de comunicación. Luego damos charlas y conferencias en centros educativos o cualquier institución que nos reclame», aclara al tiempo que declara a la comunidad «abierta a iniciar cooperaciones con cualquiera que nos lo proponga».

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