Cama, hospital y escuela unidos

Los antiguos alumnos, reunidos por primera vez para compartir anécdotas de la década de los 70, cuando el centro de los hermanos de San Juan de Dios era un hospital. / ARNALDO GARCÍA
Los antiguos alumnos, reunidos por primera vez para compartir anécdotas de la década de los 70, cuando el centro de los hermanos de San Juan de Dios era un hospital. / ARNALDO GARCÍA

Antiguos alumnos del Sanatorio Marítimo se reúnen cincuenta años después | Postrados por la polio y otras enfermedades, desde sus lechos en la sala de la segunda planta rieron, jugaron al ajedrez y hasta grabaron un disco

EUGENIA GARCÍA GIJÓN.

Veinte camas azules y, sobre ellas, veinte niños se dan un baño de sol en la terraza de un edificio situado al final del Muro. La estampa es de la década de los 70 y ayer se proyectó en la televisión de una de las estancias del mismo inmueble, el Sanatorio Marítimo, otrora hospital. Entonces, los hombres que se reconocieron sobre ellas retrocedieron cincuenta años para volverse niños de nuevo y recordar 'la sala', la gran estancia de la segunda planta donde desde sus lechos sufrieron los dolores de los tratamientos ortopédicos pero también rieron, jugaron e incluso grabaron un disco.

Se reunían por primera vez en muchos años y hubo algunas presentaciones, ya que en el Marítimo más que promociones había tiempo de ingreso. Así, Rafa entró en el 68 y salió en el 72, pero Claudio estuvo entre el 67 y el 72. Ambos coincidieron tres años con Juan Carlos, mientras que con Ramón, que permaneció en 'la sala' la friolera de una década, lo hicieron prácticamente todos. «Fueron unos años muy felices en los que tuvieron mucha paciencia con nosotros. A pesar de los dolores, lo pasábamos como Dios», espeta Antonio Velázquez. Un rotundo resumen de aquellos tiempos en los que estuvieron encamados a causa de distintas discapacidades físicas producidas por la polio, pero en los que también «en cuanto podíamos levantarnos íbamos todos los domingos a ver al Sporting, visitábamos un llagar en Deva donde nos dejaban probar la sidra, subíamos en primavera y verano a los Lagos de Covadonga e incluso ayudábamos a los frailes de San Juan de Dios con las patatas de la huerta», enumera Julián González.

«La cama era todo para ellos. Era la casa, el patio, el comedor; todo». También la escuela, y Gerardo Alonso, su maestro. «Bastante duro, pero le queremos mucho», apunta José Manuel Regueiro, uno de los últimos chavales de 'la sala' a los que dio clase. El docente se justifica: «Llegué a tener cincuenta niños, de Primero a Octavo en la misma habitación. Y aun en cama, eran revoltosos, así que no me quedaba otra que ser firme». Alonso llegó de Valladolid para un año y se encontró con la jubilación del entonces maestro. Así que se quedó para fundar, en 1970, la primera aula hospitalaria de España reconocida oficialmente por el Ministerio de Educación. «Yo les enseñaba Geografía o Historia, pero ellos a mí me enseñaban lo que era la abnegación o la solidaridad. Y recibí yo más de ellos».

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