«La clase obrera está sin sindicatos. Hemos sufrido un desprestigio brutal»

Juan Manuel Martínez Morala, en el patio de butacas del salón de actos de La Sindical. / FOTOS: DANIEL MORA
Juan Manuel Martínez Morala, en el patio de butacas del salón de actos de La Sindical. / FOTOS: DANIEL MORA

«Me da pena y rabia abandonar La Sindical. Este edificio ni está en ruinas ni ha perdido su función. Tan solo necesita algunos cuidados»

PABLO SUÁREZ GIJÓN.

Recién cumplidos los 65 y en pleno estreno de la jubilación, las manos de Juan Manuel Martínez Morala (León, 1953) todavía guardan el aroma de la reivindicación a base de gasolina. Sin tiempo ni voluntad de confesar pecados, el fin siempre justifica los medios para el histórico sindicalista, bandera del movimiento obrero más crudo y real. Extrabajador de Naval Gijón, lucha ahora para proteger la Casa Sindical, el último gran símbolo de aquella clase obrera feroz que tan bien representa. De momento han accedido a desalojar el edificio para facilitar su reforma, pero Morala no cierra la puerta a un regreso.

-¿Le da pena abandonar este lugar?

-Da pena y rabia. Si este salón de actos se conservó fue gracias a nosotros. Si no estaría ya deshecho. A mí, personalmente, me da cierta nostalgia. De aquí es de donde salíamos hacia las barricadas a luchar por nuestros puestos de trabajo.

-Reivindica la Casa Sindical como un símbolo del sindicalismo. No obstante, ¿es este edificio prácticamente en ruinas el símbolo que quieren?

-No creemos que esté en ruinas. Cuando se llevó a cabo el túnel del metrotrén se realizó un informe geológico del estado del edificio. Mientras que los inmuebles de al lado se vieron afectados, en este no se encontró ni una simple raja en la pared. Lo que le pasa a la Casa Sindical es que no está bien cuidada. Si se repara, puede quedar preciosa.

-Y para su actividad actual, ¿de verdad cree que precisan de un edificio de siete plantas y con uno de los teatros más grandes de la ciudad?

-Hoy en día este salón de actos podría ser el lugar para celebrar asambleas más importante de Asturias. Nosotros, como CSI, con casi 5.000 cotizantes, muchas veces no tenemos suficiente espacio en las salas de reunión. Además, en la asociación de parados y precarios desarrollamos un montón de actividades. Son 6.000 metros ideales para llevar a cabo nuestros proyectos.

-¿Qué está en peor estado: este edificio o el sindicalismo en España?

-(Sonríe). Si le soy sincero, ni UGT ni CC OO, ni siquiera la CSI somos el sindicato de la clase obrera. En el estado español la clase obrera está sin sindicatos, por desgracia. La fuerza de la movilización está muy apagada. Llevamos años sin una gran movilización y desayunando todos los días un cierre. Hemos sufrido un gran desprestigio.

-¿Qué duele más: un golpe de la Policía o uno como la del caso Villa?

-El de Villa, sin duda. Siempre es peor el traidor que el enemigo. Mire, la primera denuncia que se presentó sobre lo que había montado en UGT vino por parte de un afiliado de la CSI. No se le hizo ni caso. Si al que tenía que juzgarlo el Gobierno asturiano le había colocado un hijo, pasaba del tema. Había mucha corrupción. La prueba es que, ahora, en el sumario de Villa lo primero que figura es aquella denuncia. Villa hace mucho daño. Se envolvía en la bandera de que defendía las cuencas pero hoy en día las cuencas están desmanteladas y él se forró con aquello.

-¿Cuántos Villa quedan todavía?

-(Lo piensa). En el sindicalismo, gente con tanto poder como Villa, que llegó a poner presidentes como el que tenemos ahora, ya no los hay. Él acumuló mucho poder por la minería, pero ahora la minería ya no tiene esa fuerza.

-Tiene 65 años. ¿Por qué cree que no hay un nuevo Morala de 25? ¿Se ha quedado el sindicalismo anclado en el pasado?

-Es indudable que los tiempos son distintos. Ahora está todo más disperso y hay una conciencia menos colectiva. Tampoco hace falta ser adivino para decir que si la mayor democracia europea, que es la francesa, está viviendo un proceso de reivindicación de los derechos protagonizado en buena parte por los jóvenes, es porque algo está sucediendo de nuevo.

-Siendo realistas, ¿usted cree que no se debería terminar con la minería?

-Hombre, toda la clase trabajadora debemos ser conscientes de que no podemos seguir contaminando y acabando con el futuro de la humanidad. Pero, si decimos que la minería contamina como los coches, ¿por qué nadie se plantea cerrar fábricas de automóviles?

-Se están enfocando hacia la movilidad sostenible.

-Vale. Y es lo que hay que hacer. También con la industria. Aquí debería ser obligatorio apostar por energías alternativas, pero no deben ser los trabajadores los que lo paguen. Han sido las eléctricas, esas que siempre han tirado del carbón, las que han impedido que esto se llevase a cabo de mejor forma. Que recoloquen a los trabajadores y luego cierren las minas.

-Dice que negociación sin presión no es negociación. ¿Por qué?

-No hay más que ver a los pensionistas. El Gobierno decía que no había dinero. Entonces los jubilados empezaron a salir a la calle y llevar a cabo movilizaciones. Ya apareció el dinero para subir sus pensiones. La presión da resultado.

-Por esa regla de tres, que Rajoy desplace policías y guardias civiles a Cataluña también se puede entender como ejercer presión dentro de una negociación. Tendría justificación por su parte.

-No es lo mismo. Este tipo de medidas lo único que han conseguido es aumentar el número de independentistas. Esta represión produce más reacción e indignación, no aporta en la negociación. Sí es cierto que los catalanes fueron quienes primero iniciaron la presión, pero la respuesta no debería ser esta.

-Otra frase suya: a la renuncia se le llama negociación.

-Sí. Mire, aquí se prostituye todo. Llaman reconversión a cerrar una industria y muchas veces se pintaba de negociación algo que no lo era.

-¿La solución siempre pasa por quemar una furgoneta?

-Muchas veces la barricada es más bien un símbolo. Fíjese si somos cínicos que si yo quemo cien neumáticos porque despiden a cien obreros, resulta que el terrorista soy yo.

-Y al recurrir siempre a lo mismo, ¿no asume la clase obrera una inferioridad intelectual a la hora de negociar sobre una mesa?

-Por la vía del diálogo que proponen los empresarios no se obtiene nada. Normalmente la movilización surge cuando ya no queda nada que hacer por medio del diálogo.

-Habla de clase obrera, de astilleros y de patrones. ¿No cree que es difícil llegar a los jóvenes con términos que no han vivido?

-Son términos que están más presentes que nunca. El capital no se sacia y la precariedad está extendida en todos los ámbitos. Está aumentando la diferencia de clases. Hoy hay más clase obrera que antes.

-De nuevo habla de 'el capital', un término acuñado por Karl Marx hace más de 150 años. No me puede negar que no es necesaria una renovación.

-No. A la gente joven le vendría muy bien leer a Marx. La respuesta a su pregunta es una frase del empresario Warren Buffet: «La lucha de clases sigue viva y la estamos ganando nosotros». El poder es el primero que ha vuelto a Marx. No obstante, es cierto que hay que encontrar esa conexión con las nuevas generaciones.

-¿Se considera comunista?

-(Silencio). Hoy en día ser comunista es muy difícil. El comunismo está muy lejos. Si llegara a ser socialista ya sería bastante. No obstante todos deberíamos perseguir el comunismo. También le digo que hay mucho falso comunista por ahí.

-¿Ha estado alguna vez en Cuba?

-Sí.

-¿Y qué opina?

-Yo defiendo el régimen cubano.

-¿Ahí no se queja por la desigualdad y precariedad?

-Es cierto que la hay, pero porque existe un bloqueo del mercado. A eso se suma la corrupción, que lo acaba destruyendo todo. No obstante, a Cuba hay que compararla con los países de alrededor. En Cuba no se mueren de hambre, se buscan la vida.

-La expresión 'buscarse la vida' se aplica cuando hay necesidad.

-No creo que sea verdad. Para mí el gran fracaso de Fidel fue la política alimentaria, el no apostar más por el campo. Ese es el único problema.