El dorado de Gijón

La exposición 'Mirar la playa' muestra en el Nicanor Piñole las postales turísticas de San Lorenzo entre los años 40 y 70

Paseo del Muro a finales de los años 60./Reproducción Arnaldo García
Paseo del Muro a finales de los años 60. / Reproducción Arnaldo García
Adrián Ausin
ADRIÁN AUSINGijón

Un bullicioso arenal con cientos de casetas. Una gran pérgola a mitad del paseo. El restaurante-merendero del Náutico. La iglesia de San Pedro a medio reconstruir. Rufo García Rendueles plagado de huertas. Seat 600 circulando por el Campo Valdés. El pavimento del Muro, en cuadrículas gris y granates. Estas son algunas de las estampas del Gijón de los años 40, 50, 60 y 70 que cuelgan desde hoy en el Museo Nicanor Piñole, donde esta mañana se inauguró la muestra 'Mirar la playa. San Lorenzo a través de las tarjetas postales del Muséu del Pueblu d'Asturies', en la que colaboran también la Casa Natal Jovellanos y el Piñole.

Un lienzo del pintor marca, precisamente, el arranque, a modo de contrapunto de las 98 fotos que vienen a continuación. Data de 1947, cuando Nicanor Piñole contaba 69 años y retrataba ya la playa de San Lorenzo «sin aderezos lúdicos, centrado en los valores estéticos de su pintura», según destacó Lucía Peláez. Su caballete se instaló a la altura de la escalera 3 y enfocó el arenal en un estado casi virginal sin apenas edificios a lo largo de la avenida de la Victoria (así se llamaba Rufo García Rendueles).

A continuación, llega el contraste. Primero, en blanco y negro, con las postales de los cuarenta y cincuenta. En ellas hay enfoques sorprendentes, como el que retrata el Campo Valdés sin la iglesia de San Pedro, dinamitada en la guerra civil. O con el nuevo templo, a medio construir y con tránsito de vehículos. La Escalerona, con unos peldaños blancos relucientes, muy diferentes a los actuales. El merendero del Náutico, primero con su terraza entoldada y su emblemático faro/chimenea; y después con el recrecido. El Muro, con coches aparcados en batería, aquella gran pérgola que proyectaba una espaciosa sombra y un único edificio en el horizonte, el gasómetro (actual parque de la Fábrica de Gas).

Pavimento en cuadrículas

Del color repuntan especialmente el pavimento de 1955, las indumentarias sesenteras, con hermanos vestidos iguales, con colores chillones, en contraste con otras imágenes anteriores donde podían verse a pie de playa señoras vestidas de negro con su característico pañuelo en la cabeza. En esta época, ya con las moles del desarrollismo presentes, sobresalen los grandes planos del arenal, donde se pueden contar las casetas por cientos, y se aprecian curiosos detalles ya olvidados como aquellos bancos con base de piedra y maderas pintadas de colores.

En el acto inaugural, todos destacaron el fruto de la colaboración entre museos. Así lo hicieron la edil Montserrat López y la directora de los museos de bellas artes de Gijón, Lucía Peláez, quien elogió el trabajo de los equipos técnicos y la importancia de las «ricas colecciones» del Pueblo de Asturias para poder rememorar la transformación de la fachada marítima gijonesa de la cual Nicanor Piñole (1878-1978) fue un fiel testigo.

Joaquín López reseñó por su parte que el Museo del Pueblo de Asturias atesora millón y medio de fotografías que permiten «trazar miradas muy diferentes a la hora de reconstruir el pasado» y satisfacer las demandas, entre otros, de numerosos investigadores. Lo hace, añadió, gracias al gran caudal de donaciones que reciben. En el caso de la exposición 'Mirar la playa', las 98 imágenes seleccionadas proceden hasta de veinte fuentes diferentes, fundamentalmente agencias, imprentas, fotógrafos y particulares. En esta relación figuran Beascoa, Ansure, Alarde, Alce, Domínguez, Arbesú, Arribas, Imprenta Love, Aisa, Foto Lena, García Garrabella, Sicilia, Infonal, P. Esperón, Juan Lavilla, Lucien Roisin, Infonal, Foto Klark, La Industria, Aeropost y algún donante anónimo.

Hasta el 29 de septiembre

Gijoneses y visitantes podrán 'Mirar la playa' en el Piñole hasta el 29 de septiembre de 9.30 a 14 y 17 a 19.30 horas. Ahí podrán ver de dónde venimos y acaso calibrar adónde vamos a tenor de la impresión obtenida sobre cómo era nuestra gran embajadora, la playa, y de cómo es actualmente. Las postales del Gijón del desarrollismo combinan luces, sombras e inevitables nostalgias. El actual acaso acumule un cóctel parecido de ese Dorado en que se convirtió la playa de San Lorenzo para la ciudad en el último siglo.

El Muro ha perdido sus mejores esencias; hoy es un canódromo»

Francisco Crabiffosse trazó, en tiempo récord, un repaso desde aquel Gijón de mediados del siglo XIX, «que vivía de espaldas a San Lorenzo», hasta la foto actual de una fachada marítima «que ha perdido sus mejores esencias y más bien parece un canódromo». El historiador, experto en artes gráficas y promotor de la exposición 'Mirar la playa' recordó cómo a mediados del XIX «San Lorenzo no era nada» y la ciudad vivía volcada al mar en Pando, playa que se quiso promocionar sin éxito como destino elitista tras la visita de Isabel II en 1858, pues esa batalla la ganaron Santander y San Sebastián.

Después, poco a poco, «el Gijón popular cayó sobre San Lorenzo», llegó la etapa de los balnearios, «con aquel toque siniestro de las toallas y los albornoces colgados», representativos de «un Gijón que no estaba a la altura de lo que quería ser» y, con la guerra civil, la desaparición de aquellos baños termales y la irrupción progresiva del Muro que hoy conocemos. «Con aquel arbolado, aquellas terrazas, aquel Náutico modelo 'prêt-à-porter', una delicia; aquella maravillosa pérgola...». Las progresivas remodelaciones se llevaron por delante algunos elementos emblemáticos, lo cual, a juicio de Crabiffosse, «dejó al Muro sin sus mejores esencias, convirtiéndolo hoy en un lugar perruno, que tal parece un canódromo», ironizó arrancando las risas de los presentes.

El historiador fue especialmente crítico con la fachada marítima, que calificó como «una mala herencia que invita a hacerse cruces cada vez que sales a la playa» y la comparó, con sus materiales y estéticas dispares, con una particular «sensación de suciedad» que alguien puede tener cuando acude a la ducha. Abrió incluso más el marco y concluyó que la aportación de la arquitectura asturiana, salvo honrosas excepciones, «nunca ha estado a la altura de la pintura o la escultura».