Fallece la hermana Covadonga Donate, cofundadora del Albergue Covadonga

Fallece la hermana Covadonga Donate, cofundadora del Albergue Covadonga
Sor Covadonga, en 2009, el año que se fue de Gijón. / P. Ucha

Medalla de Plata de Gijón, llegó a El Natahoyo en 1971 y trabajó por el barrio, implicándose también en los conflictos de la industria naval

EUGENIA GARCÍA

El ex párroco de la iglesia San José, José Luis Martínez la definía como una mujer «de figura menuda, de sonrisa abierta, de andar ligero» que entregó la vida y la salud por los más desfavorecidos. La hermana Covadonga Donate Vigón, cofundadora del Albergue Covadonga, falleció el pasado domingo, a los 91 años, en la residencia de la congregación de las Siervas de los Pobres de Ciudad Real.

Nació en La Felguera en 1928 e ingresó en la congregación en el año 1952. Formada en Almería, tuvo como primeros destinos los barrios obreros madrileños de Pueblo Nuevo, San Blas, La Ventanilla y el Pozo del Tío Raimundo. En el año 1971 se trasladó a Gijón, concretamente a El Natahoyo, donde trabajó en el dispensario de San Ignacio y en cada casa del barrio donde existía alguna necesidad.

La religiosa, en 2007, cuando recibió el premio Manuel Ángel Rubio de la Sociedad Cultural Gijonesa, acompañada de los sindicalistas Cándido González Carnero y Juan Manuel Martínez Morala.
La religiosa, en 2007, cuando recibió el premio Manuel Ángel Rubio de la Sociedad Cultural Gijonesa, acompañada de los sindicalistas Cándido González Carnero y Juan Manuel Martínez Morala. / Álex Piña

El año 1987 fue declarado Año Internacional de los Sin Techo. Fue el empujón que necesitaba el proyecto que desde hacía un tiempo maduraban sor Covadonga, el por aquel entonces sacerdote de la parroquia de San Esteban del Mar, Juan Francisco Herrero, y Tomás Marcos. Los tres llamaron a decenas de puertas y lograron recabar el apoyo de las autoridades municipales, que cedieron las tres naves del antiguo matadero del número 42 de la calle Mariano Pola y aportaron un millón de pesetas. Se implicaron comerciantes e industriales y Marítima de El Musel cedió el mobiliario del comedor y la cocina. Los fundadores propusieron a las Hermanas Terciarias Capuchinas de la Sagrada Familia para que se hicieran cargo del Albergue y constituyeron el Patronato que habría de regir el mismo. El Albergue abría sus puertas el 2 de enero de 1988 para dar asistencia a los transeúntes de la ciudad, aunque el primer servicio que prestó fue el de proporcionar alimentos y mantas a los trabajadores del sector naval que iniciaron entonces una huelga y ocuparon las grúas del dique Duro Felguera. Allí estaba el sindicalista Juan Manuel Martínez Morala, que cuenta con cariño cómo sor Covadonga «subía a ver al director del astillero, con su vestido de monja, para mediar con él e insistirle en que había que solucionar el conflicto».

«Nunca pensamos que llegaríamos tan lejos», rememoraba ayer Tomás Marcos, compañero de sor Covadonga en esa empresa tan singular que emprendieron juntos. «Era una mujer muy apacible pero con mucha energía». La recuerda «siempre visitando el barrio atendiendo líos, pendiente de la parroquia y el astillero». A pie de calle, pateando El Natahoyo con su inconfundible hábito y un carácter «bueno, con una paz que la llevaba a actuar siempre bien» y que era correspondida con el cariño de los vecinos. En 2006, la institución que ayudó a crear le ofreció un merecido homenaje nombrándola presidenta honorífica.

«Compartir el bienestar»

No fue el único reconocimiento que obtuvo por su incansable lucha por los desfavorecidos. En 2002 recibió el premio 'Atalía' de la asociación vecinal de El Natahoyo, cuyo presidente, Álvaro Tuero, aseguró al conocer la noticia de su fallecimiento que Covadonga «fue una mujer muy implicada con la zona».

En 2007 le fue concedido el premio Manuel Ángel Rubio Ballesteros de la Sociedad Cultural Gijonesa, donde aún hoy se recuerda su «compromiso social». Dos años más tarde, su delicada salud la apartó de su querido albergue y de la ciudad que la acogió con los brazos abiertos y que le concedió aquel mismo año la Medalla de Plata. En ese camino, sor Covadonga siempre pensó que solo había hecho lo que tenía que hacer, como reflejan sus palabras en una entrevista de EL COMERCIO: «Hay que luchar, sin conformarse con disfrutar lo que uno tiene. Debemos compartir nuestro bienestar con los demás».