Un asiento del tranvía gijonés busca ocupante

Un asiento del tranvía gijonés busca ocupante

La Feria de Desembalaje oferta litografías del siglo XIX, mantones de manila y mil curiosidades en el recinto ferial

E. GARCÍAGIJÓN.

Un refrán socorrido entre los anticuarios franceses describe la maldición del oficio: «El anticuario empieza con mil euros y dos piezas, y se jubila con mil piezas y dos euros». Pero para ellos es una pulsión ineludible. Encontrar una vitrina inglesa del siglo XVIII, una porcelana única de Limoges o un grabado seriado les produce una satisfacción que apenas consiguen describir. «No se trata de vender», aseguran, aunque vender, venden; «pero para poder seguir comprando». Hasta mañana, 89 expositores muestran un total de 42.500 piezas en la 19 Feria del Desembalaje que se celebra en el recinto Luis Adaro. De algunas se desprenderán a regañadientes.

Explica el gijonés Enrique Mijares que «el mejor anticuario es el que entiende de antigüedades, pero no le gustan». De lo contrario, se puede convertir en «una adicción». El dueño de la tienda De seis a ocho confiesa risueño que a veces se lleva cosas a escondidas a su ya repleto hogar, y que los doscientos metros cuadrados de la tienda se le están quedando pequeños. El mayor problema, dice, es que «si encuentro una buena pieza no la quiero vender». Más allá del valor incuestionable del objeto, influye algo muy personal. «Hay gente que se vuelve chiflada con un sello, otros disfrutan con un cuadro... Distinguir el valor es una cuestión de paciencia y tiempo, pero siempre hay un factor emocional» que puede revalorizar la antigüedad. En su caso, el asiento de tranvía de la línea de Somió le retrotrae a las tardes de verano en las que en función del sentido recorrido el respaldo se colocaba en un lugar u otro.

Caja de música

Quizás los anticuarios sean gente de costumbres, porque hace hace 19 años que Francisco Escala, especializado en la antigüedad técnica, elige el mismo puesto en la Feria. Desde ahí muestra ilusionado una caja de música de hace 150 años, vertical y con más de cincuenta discos -«el mp3 de la época»- que adquirió hace tres en Alemania. «La guardé», admite, «y es la primera vez que la saco a la venta». Gajes del coleccionista. ¿Cuánto habría que pagar para que la deje marchar? «No puedo decirlo... pero al menos cuatro cifras», se disculpa enigmático.

El cerebro y los recuerdos

La debilidad de Pascal Avit, francés que vive a caballo entre su país de origen, cuna del desembalaje, y Llanes, son tres litografías firmadas por Adrien Barrère que caricaturizan los distintos especialistas del Colegio de Médicos parisino y datan de los últimos años del siglo XIX. Tampoco a él le gusta hablar de números. «Más allá del precio es fundamental el valor histórico, estético o documental de los objetos. Además, hay que tener en cuenta que nuestro cerebro funciona a base de recuerdos. El dinero es el último eslabón», afirma.

Alguien que entienda esos factores, y disponga además de liquidez suficiente, estaría seguramente dispuesto a invertir 3.500 euros en el arpa de estilo Napoleón de la reconocida casa Pleyel Wolff Lyon que José Suárez encontró en la misma casa donde rescató, del interior de una cómoda de barco, «tres maravillosos mantones de manila» que se pueden ver junto a un gran tapiz de Aubrissol (siglo XVIII). «Son piezas únicas que sabes que probablemente nunca volverás a encontrar. No somos más que guardianes de recuerdos».

 

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