«En aquella época decían que iba a Peritos a enganchar un marido»

«En aquella época decían que iba a Peritos a enganchar un marido»
Pepa Modia, junto a la orla de su promoción, la de 1964, en la Escuela Politécnica de Ingeniería de Gijón. / ARNALDO GARCÍA

Pepa Modia fue la segunda gijonesa en concluir ingeniería técnica, aunque nunca ejerció. «Fueron unos años estupendos»

LAURA MAYORDOMO

En el año 1959, Pepa Modia concluyó los estudios de bachillerato en el Instituto Jovellanos. «Para que veas cómo eran esos tiempos, éramos en total cinco chicas en todo Gijón haciendo el bachiller superior. De aquélla, muy pocas estudiábamos», recuerda esta gijonesa de la generación del 42. Tocaba decidir el futuro académico y por un cúmulo de circunstancias, entre las que no estaba la vocación, acabó matriculándose en Peritos. Hasta entonces, solo una mujer lo había hecho. Concepción Fandiño Vázquez fue la primera alumna de la hoy Escuela Politécnica de Ingeniería (EPI), en la que se graduó en 1957. «Yo fui la segunda o la tercera, según se mire, porque Sonia Mercurio acabó a la vez que yo», anota.

La suya fue la promoción del 64. Pepa Modia encaminó sus pasos hacia la ingeniería química animada por un tío «que había hecho Peritos después de casado» y, básicamente, porque «era lo único que se podía estudiar aquí». Porque, si se hubiese guiado por sus preferencias, probablemente habría elegido Medicina. «Pero, claro, para eso había que irse a Madrid y, en aquellos tiempos, era una cosa muy complicada». Imposible para la única hija de un matrimonio «humilde».

En aquella época «la gente decía que iba a Peritos a enganchar marido. Y yo pensaba 'pues vaya carrera que fui a escoger, para eso podía haber escogido una más fácil'», rememora ahora divertida. Durante los cinco años que duraron sus estudios fue una buena alumna. «Estudiaba relativamente bien», confiesa. Le encantaban la ciencia y las matemáticas, pero se le resistía el dibujo técnico.

«Me hubiese gustado hacer Medicina, pero mi familia era humilde y no podía ir a estudiar fuera»

Los que pasó en la escuela de ingenieros técnicos, «lo digo siempre, fueron unos años estupendos». En un entorno tan masculinizado, «nadie se metió conmigo y los profesores siempre me trataron con mucho cariño», agradece. Al final, acabó casándose con un ingeniero, José Carlos Pérez Mencía, fallecido el año pasado. «Nos hicimos novios después de salir de la escuela, aunque todo el mundo pensaba que ya lo éramos cuando estudiábamos porque estábamos todo el tiempo juntos», anota. Con él tuvo dos hijas que no siguieron los pasos de sus padres. Una estudió Bellas Artes, la otra Enfermería. Tampoco entre sus nietos hay ningún alumno de ingeniería.

Ella, en cambio, no se arrepiente de haber dedicado cinco años a una carrera en la que nunca llegó a ejercer. «Eran otros tiempos», insiste. «Cuando terminé, mis padres, que tenían una tienda, iban siendo ya mayores y yo tenía que ayudarles». Compaginó las obligaciones familiares con los estudios de enfermera puericultora en la Gota de Leche. «En aquella época pensaba si me voy a casar y mi trabajo va a ser cuidar niños... Pues tendré que aprender a cuidar niños. Las generaciones de ahora eso no lo entendéis, pero era así».

Voluntaria

¿Le hubiera gustado trabajar como ingeniera? «No lo pensé. Realmente, yo estaba feliz con mi vida. Siempre fui una persona muy activa e implicada. Siempre trabajando por los demás, eso sí, trabajos sin remunerar», subraya quien aún hoy, con 76 años, dedica sus mañanas al voluntariado en una organización local y forma parte de la junta directiva de la asociación de antiguos alumnos del IES Jovellanos.

En la semana en que se celebra el Día de la Mujer y la Niña en la Ciencia, Modia anima a las jóvenes a no marcarse límites, a «estudiar lo que les guste» y considera que si no hay más mujeres en puestos de responsabilidad no es porque ellas no estén capacitadas sino porque se necesitan políticas que favorezcan la conciliación y un reparto más igualitario de las tareas y obligaciones familiares entre hombres y mujeres. Porque, aunque ella pertenece a «otra generación», sabe que «no pasa nada» si quien se ocupa de la casa o los niños es el hombre. «Pero parece que no cala, que todavía cuesta», lamenta.

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