José Luis Palacios, de las anillas del Grupo a la Nasa

José Luis Palacios, elegido para trabajar en la misión Titán. / C. SANTOS
José Luis Palacios, elegido para trabajar en la misión Titán. / C. SANTOS

«Estoy emocionado», asegura el profesor en la Universidad John Hopkings, que estos días veranea en su ciudad natal El ingeniero aeroespacial fue gimnasta destacado en Gijón y acaba de ser seleccionado para una misión de la agencia

LUCÍA R. LORENZOGIJÓN.

Se puede decir que la suya es una carrera fulgurante, pero, pese al éxito, la de José Luis Palacios (Gijón, 1980) también ha sido una carrera de obstáculos. De las anillas del Grupo Covadonga y los madrugones para entrenarse como gimnasta, una de las disciplinas más duras del deporte, a superar un grave accidente de tráfico y finalmente a 'colarse' en la Nasa como ingeniero aeroespacial en uno de los proyectos que más expectativas ha suscitado en el mundo de la investigación. Todo empezó en Gijón y en el Grupo y en el Instituto nº 7, hoy Emilio Alarcos, y también «con la oportunidad que me dieron mis padres para poder irme a estudiar a Estados Unidos». Ahí están los mimbres de lo que hoy es Palacios, ex gimnasta profesional y hoy ingeniero aeroespacial. Cuenta que de niño le gustaba jugar con las piezas de Lego y con ello supo que lo suyo eran la ingeniería y el espacio. Ahora sus sueños se materializan: «Estoy muy emocionado» trabajando en el proyecto Titán, una misión cumbre de la Nasa para investigar la luna más grande de Saturno, un lugar que podría reunir las condiciones adecuadas para la vida.

«España tiene mucho que ver con donde estoy ahora mismo», asegura. Palacios recuerda que «la educación que recibí fue mejor que la que hay en los institutos estadounidenses». Gracias a su formación, afirma que «los dos primeros años de la licenciatura fueron muy fáciles».

Palacios no solo tiene buen recuerdo del instituto sino también del Grupo, que considera «fundamental para llegar adonde llegué. Recuerda también «el esfuerzo de mis padres y de Benjamín Bango, el entrenador que venía a buscarme a las seis de la mañana a casa» para entrenar.

«La educación que recibí fue mejor que la que hay en institutos norteamericanos» «El problema que vi en España es que es muy difícil ser gimnasta profesional»

Veinte años en Pensilvania

Aunque lleva alrededor de veinte años en Pensilvania, Palacios asegura, entre risas, que «tengo acento asturiano todavía, me gustan el chorizo y les fabes, pero la sidra no». A su tierra vino acompañado este verano de tres de sus cuatro hijos: Ryan, de siete años; Matthew, de cinco y Andrew, de tres. Mientras que el pequeño Peter, nacido el pasado abril, se quedó junto a su mujer Vivian Rachel Palacios en EE UU. «Descansar con tres niños es difícil», indica Palacios entre risas, explicando que este viaje es para «ver a su familia. Intentamos vernos una vez al año». Antes de llegar a Estados Unidos, «mis padres y yo no sabíamos a donde íbamos, poder llegar allí fue un paso importante», explica. «Allí valoran el trabajo, la actitud y la capacidad» con esto «las puertas se abren», asegura. Sin duda el apoyo económico de sus padres permitió que el ingeniero cursara su primer año de carrera, pero la gimnasia profesional fue el trampolín para que la facultad le concediera una beca con la que pudo compaginar sus estudios con su preparación deportiva. «En las universidades fomentan el estudio y el entrenamiento es secundario, allí te limitan las horas», recuerda Palacios y añade que «el problema que ví en España es que es muy difícil ser gimnasta profesional». Palacios compitió además con el equipo nacional español y apunta que a estos niveles deportivos «casi nadie fomenta el estudio. Uno se puede lesionar, no es joven para siempre y lugo te quedas fuera».

Accidente en 2004

De hecho, su carrera como gimnasta profesional se truncó en 2004 cuando sufrió un accidente: «Tuve que dejarlo porque me atropelló un conductor borracho mientras yo iba en bicicleta, en ese momento estaba entrenando para las olimpiadas», recuerda. Después de lo ocurrido, Palacios no tiró la toalla sino que cambió su objetivo hacia la educación, el máster, el doctorado y la experimentación. El gijonés asegura que, por estas razones, «no me arrepiento de haber dejado» el deporte de élite.

Todo su trabajo y tesón le llevó a ser profesor asociado en Penn State University en el año 2013, una carrera de fondo en la que agradece a su familia, esposa, entrenadores, profesores y la Fundación Rafael del Pino, entidad que también le concedió una beca de formación, el impulso para llegar al espacio.