«Lo mejor que me ha podido pasar es haber estado en un centro de acogida»

María Álvarez, Claudia Fernández, Víctor García, África Aparicio, Hamza Benali y Erculano Nzo relataron ayer sus experiencias con el programa ITACA en los Encuentros de la Juventud. / CAROLINA SANTOS
María Álvarez, Claudia Fernández, Víctor García, África Aparicio, Hamza Benali y Erculano Nzo relataron ayer sus experiencias con el programa ITACA en los Encuentros de la Juventud. / CAROLINA SANTOS

Cinco jóvenes relatan en 'Kabueñes 2018' sus respectivas experiencias en el programa de emancipación ITACA

EUGENIA GARCÍA GIJÓN.

Hamza tiene 23 años y acaba de encontrar trabajo en las cocinas de un hotel de Barcelona. María estudia Comercio y Marketing en la Facultad Jovellanos y comparte piso con Claudia, que está haciendo un Grado Superior en Administración y Turismo. África eligió Audiología Protésica y, en dos meses, Erculano terminará el grado medio en Auxiliar de Enfermería. Como cualquier joven de su edad, se empiezan a enfrentar «a la vida «real», a confrontar sus miedos e incertidumbres, a aprender a poner lavadoras y cocinar algo más que pasta con tomate y atún. Al contrario que muchos jóvenes de su edad, ellos se criaron en centros de acogida.

El periplo vital de cada uno es muy diferente. Hamza, marroquí, llegó a España con 16 años. Los primeros meses anduvo «de aquí para allá» hasta que él mismo decidió acudir a un centro. Erculano es casi más de La Corredoria que de Guinea Ecuatorial, desde donde se trasladó a Oviedo con apenas cinco años, y vivió a ratos con su madre y otros en un centro. A África aún le cuesta dejar de llamar «hogar» al alojamiento de menores de El Campillín donde vivió durante doce años; igual que le ocurre a Claudia con el centro Larrañaga. Allí coincidió hace tiempo con María, que «por problemas familiares» acabó siendo tutelada por la Administración. Al cumplir la mayoría de edad, todos ellos encontraron en el programa ITACA de la Consejería de Servicios Sociales «un apoyo, un respaldo muy necesario» para su emancipación del sistema.

«Cuando cumples dieciocho no puedes continuar en el centro, aunque lleves toda tu vida bajo la tutela de la Administración. Sin programas como éste te irías a la calle», relató María ayer en los Encuentros Internacionales de Juventud 'Kabueñes 2018'. «Te ayuda a seguir trabajando por tu futuro, a no dejar de estudiar y te enseña a vivir la vida que puedes tener», añadió Claudia. Desde que se puso en marcha, en 2009, ha atendido a 143 chicos, que entre los 18 y los 23 años tienen cubiertos los gastos de vivienda, sanitarios, formativos y de documentación y reciben además asesoramiento laboral y una pequeña asignación para dar un empujón a sus vidas una vez atraviesan la inseguridad que supone traspasar para siempre las puertas de los centros de acogida. «Tenía miedo a quedarme sola, sin nada», confesó África. Para ella, como para sus compañeros, el programa supuso una tabla de salvación.

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ITACA proporciona a los chavales «una experiencia real de vida independiente» en alguno de los once pisos que tiene repartidos entre Gijón y Oviedo. Para Víctor García, coordinador y figura de referencia para estos chicos, esa es la gran ventaja, ya que «muchos programas de transición a la vida adulta no hacen sino reproducir a pequeña escala lo que es un centro». Llegar a él no es fácil: apenas hay treinta plazas y para conseguir alguna de ellas deben estudiar y tener un comportamiento impecable durante años.

Si una emancipación al uso es complicada, salir del paraguas de los centros de acogida lo es aún más. «Allí dependes de los educadores para prácticamente todo -desde hacer una tarjeta ciudadana a la matrícula del instituto- y pasar de estar tan protegido a cumplir dieciocho es un cambio muy grande», aseguraron. Hamsa admitió que antes «no sabía moverme, ni hacer gestiones», pero ahora siente «que puedo hacer cualquier cosa solo, sin ayuda de nadie». Lo que más le costó a África fue irse de su casa, «en la que he estado toda mi vida conviviendo con una gran familia». Erculano «tenía ganas del cambio, sobre todo por tener tranquilidad, ya que siempre fui muy independiente y en los centros hay demasiado ajetreo».

Son conscientes de que la imagen que se ofrece de los centros no siempre es positiva, pero también saben que en determinadas circunstancias acabar allí, donde les ayudan a encontrar la motivación para seguir adelante, es «lo mejor que nos puede haber pasado». No obstante, piden un cambio de mentalidad, ya que cuando la gente escucha que se criaron en un centro de acogida, su primera reacción es, a menudo, preguntar qué hicieron para acabar allí. «¿No sería más adecuado cuestionar qué nos hicieron?».

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