«Un minuto más y habría muerto»

«Un minuto más y habría muerto»
Ana Fernández, la mujer atacada en el pasadizo del Piles, recibe el cariño de su «ángel de la guarda», Felipe Carreño, el hombre que le salvó la vida. / JORGE PETEIRO

EL COMERCIO reúne a Ana Fernández con Felipe Carreño, el hombre que la salvó de ser ahogada por un perturbado en el pasadizo del Piles

PABLO SUÁREZ GIJÓN.

Apenas han pasado cuatro días desde que Ana Fernández volvió a la vida. Cuatro días desde que mientras paseaba, «como hago muchas veces», por el paso subterráneo del Piles en dirección a la avenida de Castilla, un hombre con problemas mentales y un largo historial de ataques violentos se abalanzó sobre ella y estuvo a punto de matarla por asfixia. «No lo oí venir. Cuando me quise dar cuenta, ya me había tirado al suelo y me apretaba el cuello con los dos brazos», cuenta quien en todo momento fue consciente de lo que estaba ocurriendo. «Eso es lo peor de todo. Piensas en tu hija, en tu marido y te vienen flashes de lo que dejas atrás», rememora Ana.

Si Fernández logró evitar un dramático desenlace fue gracias a la intervención de Felipe Carreño, un sanitario que paseaba en bici por la zona cuando se topó de lleno con la violenta escena. «Vi su cara completamente morada y me di cuenta de que moriría si no hacía algo por evitarlo», contó ayer en presencia de quien ya considera «mi ángel de la guarda».

Fue un encuentro organizado por EL COMERCIO en el que ambos compartieron sus propias versiones de lo sucedido por primera vez desde que tuvieran lugar los hechos. «Yo intenté golpearle con la rueda de la bicicleta y, cómo vi que el hombre no aflojaba, me tiré a su cabeza», explicó Carreño sobre el movimiento que permitió a la mujer liberarse del letal abrazo de su agresor. «Me quedaba un soplo de aire, pero lo aproveché para dar cuatro pasos hacia delante y conseguir alejarme lo máximo posible de él», cuenta mientras, a través de gestos, intenta describir la intensidad del momento.

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Pese a que Ana Fernández ya estaba fuera de peligro, su liberador seguía en problemas. «De repente nos separamos y él sacó un cuchillo. Daba señales de estar exhausto y se había apoyado en la pared mientras gritaba que le querían hacer daño», recuerda Carreño, quien reconoce que el agresor se asustó al verle aparecer, lo que jugó un papel clave para que la víctima lograse zafarse.

Los dos protagonistas de lo ocurrido no eran los únicos en el lugar de los hechos. «Había unas chicas paradas un poco más adelante. Gritaban que parásemos de pegarnos. Luego nos contaron que habían creído que se trataba de una simple pelea», sostiene Ana, quien, viendo que estos testigos no eran conscientes de la gravedad, decidió llamar a su marido para que alertase a la Policía. «Por su trabajo tiene línea directa con la comisaría. Le dije que los avisase y que estábamos en el pasadizo del Piles. A los cinco minutos, cuatro patrullas llegaron a la zona», cuenta.

«No debía estar en la calle»

A su llegada, los agentes se encontraron al agresor completamente vencido, aunque continuaba esgrimiendo el cuchillo. «En ese momento no te das cuenta del peligro, pero está claro que, si hubiera conseguido clavarme el cuchillo, esta historia sería distinta», reconoce Carreño, quien se declara partidario de avisar a la Policía antes de intervenir en una situación de este tipo, «aunque en este caso si no actuaba ella se moría».

Pese a que Carreño ya se había dado cuenta del desequilibrio mental del agresor, un hombre de 49 años, los agentes confirmaron que se trataba de un enfermo que ya había protagonizado ataques similares. Un historial que despierta la queja de su víctima. «No sé a quien corresponde, pero hace falta más control de estas personas. No pueden andar por la calle con tanta libertad. Yo podría estar muerta», reflexiona. «Esta claro que es un peligro dejar sueltos a enfermos mentales con este tipo de comportamientos», coincide Carreño.

Pese a que intenta día a día ir pasando página y olvidar lo ocurrido, Ana reconoce que no piensa volver a pasar por el lugar de los hechos. «Me tocó a mí como lo podía haber tocado a otro, pero no creo que vuelva a pasear por la zona. No obstante, es un sitio iluminado y tranquilo. Son cosas que pasan», afirma.

Agradecimiento eterno

Durante el breve encuentro entre ambos, antesala de una próxima cita con sus familias presentes, la víctima se deshizo en elogios hacia su liberador. «Si no es por ti, no estaría aquí. No sé cómo agradecerte lo que has hecho por mí», reconocía visiblemente emocionada. Carreño, que se declara muy orgulloso y agradecido por las felicitaciones recibidas y la carta abierta en la que Fernández le agradece su intervención, se lo toma con la humildad y la tranquilidad del trabajo bien hecho. «Afortunadamente todo salió bien», concluye.

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