Una pequeña gran Semana Santa

El paso infantil del Santo Niño del Remedio, en la plaza de Jovellanos, abrió a paso firme las celebraciones del Domingo de Ramos. / T. HALABI
El paso infantil del Santo Niño del Remedio, en la plaza de Jovellanos, abrió a paso firme las celebraciones del Domingo de Ramos. / T. HALABI

El paso del Santo Niño del Remedio, que salió por vez primera en procesión, fue portado por los más jóvenes

AIDA COLLADO GIJÓN.

Decía el párroco de San Pedro hace ya semanas, en la presentación de los actos religiosos de Semana Santa, que la de ayer sería la celebración más adecuada para los niños. Y no se equivocaba. Miles de pequeños gijoneses, de punta en blanco, llenaron las calles con las palmas en alto que después, ya benditas, entregaron a sus padrinos. Fue así en el paseo de Begoña, en Somió y en Cimavilla, con sus pasos de La Borriquilla que salieron de los Carmelitas, de la capilla del Convento de las Madres Agustinas Recoletas y de la de los Remedios, respectivamente. Esta última, la del barrio marinero, tuvo un carácter, si cabe y en el mejor sentido de la palabra, aún más infantil. Delante de la figura de Cristo que conmemora la Entrada Triunfal de Jesucristo en Jerusalén, partió un paso infantil, llevado por valientes.

Carlos y Enol, de cinco años, acompañados de Mencía y María, de siete, les precedían cogidos de la mano. Detrás, el Santo Niño del Remedio reposaba sobre los hombros de una docena de niños, concentrados en seguir el paso. Eva y Clara salieron de los Remedios encabezando a los porteadores, aunque a medida que transcurrió la procesión fueron rotando sus posiciones.

A medida que avanzaban por Recoletas, la plaza del Marqués o Melquíades Álvarez para salir por Ventura Álvarez Sala al Muro, el cansancio comenzó a hacer mella. Pero no flojearon. Un rato antes, el párroco de San Pedro, Javier Gómez Cuesta, les había insuflado los ánimos necesarios. «Este año la lluvia nos respeta y los niños podrán disfrutar» de un paso que se estrenó en 2018, pero no pudo salir en procesión a causa del agua, recordó el cura.

Halagó las túnicas rojas de los pequeños, «un color muy gijonés», y recordó que «una ciudad sin niños, es una ciudad muerta, oscura y triste», por lo que llamó a todos los adultos presentes, padres o no, a comprometerse con su educación. Habló de la demografía 'del vacío' y de «tantas ciudades que en España tienen falta de niños». Por eso les dedicó el inicio de unas celebraciones, benditas «con agua de Cimavilla, la mejor de la villa».

Los miembros de la Agrupación Musical Sagrado Corazón de Jesús separaban su paso del de la Borriquilla y añadieron emoción a todo el recorrido, que comenzó y finalizó con el himno de España.

Una hora más tarde, la comitiva llegó a la iglesia de San Pedro, ya abarrotada de fieles y con sus campanas repicando para recibir a la procesión. «Cayéronme dos gotes», advertía una devota, a su entrada en el templo para asistir a misa. «Ahora ya que llueva», contestaba otra satisfecha. No lo hizo.