«En mi primera autopsia utilicé alcohol, agua con jabón y unas tijeras de podar»

Alfredo Estébanez, en un momento de la entrevista./ARNALDO GARCÍA
Alfredo Estébanez, en un momento de la entrevista. / ARNALDO GARCÍA

«La muerte es la justificación de la vida. A veces no es justa, pero está claro que estamos aquí invitados sin opción de opinar sobre ello»

PABLO SUÁREZ

Tras cuarenta años conviviendo con la muerte, el forense Alfredo Estébanez, una de las personas más queridas en los juzgados de Poniente, ha decidido colgar la bata. «Esperé hasta que mi mujer dejase de trabajar porque a ver que hacía yo sino tanto tiempo solo», cuenta con gracia. Su jubilación, tras una carrera brillante, es más que merecida.

-Pese a su larga trayectoria, usted dice que nunca ha trabajado.

-Totalmente. He tenido la suerte de trabajar en algo que disfrutaba. Lo contrario es una condena. Tener que ir a un sitio donde no te gusta lo que haces, donde no te valoran y encima estás mal pagado es terrible. Cuando eso sucede al contrario, como en mi caso, no se puede decir que sea un trabajo, sino una satisfacción.

-Está claro que en esta despedida echa de menos a María José Peña, su compañera más de media vida.

-Ella fue una de las personas que inició esta convocatoria y, desgraciadamente, es la única que va a faltar. ¿Qué puedo decir? Ella era absolutamente imprescindible para mi trabajo. Solo espero que nos espere y nos controle un poco desde donde esté.

-¿Cómo se convive con la muerte?

-Bueno, hay que asumir que esta es la justificación de la vida. Vivir no tendría sentido si no existiese la muerte. Por nuestra profesión intervenimos en muertes violentas salvo en el caso de las muertes súbitas o accidentes fortuitos, por lo que entendemos la muerte como el fin de una historia vital que a veces es justo y a veces no. Ni nos lo preguntan. Estamos aquí invitados sin opción de opinar sobre ello. En mi caso, trabajar como forense me ha hecho valorar más la vida.

-¿Cuánto ha cambiado la profesión?

-Radicalmente. Recuerdo que en una de mis primeras autopsias los útiles con los que trabajábamos eran pastillas de jabón, alcohol, cubos con agua, sábanas, una tijera de podar... Aquello era monstruoso, pero era lo que había. Ahora, en Asturias hemos pasado a tener un Instituto de Medicina Legal con los avances que requiere la técnica actual y que está en íntima colaboración con laboratorios nacionales de referencia como el Instituto Nacional de Toxicología, que es una referencia a nivel mundial.

-¿Cuál es el caso que más le ha marcado?

-Le podría decir varios. Lo que más impacta son las muertes inoportunas, fundamentalmente accidentes en su más extensa expresión. Aquellos en los que no ha intervenido más que la casualidad. Recuerdo que recién llegado a Gijón tuve el caso de una familia entera que murió de intoxicación por gas. Allí estaba el perro, el niño a los pies de la cama con su madre y el padre tratando de abrir la ventana. He visto de todo.

-¿Cómo se desconecta después de presenciar este tipo de tragedias?

-Cuesta al principio y es evidente que, aunque trates de obviarlo, lo rememoras y te preguntas por qué. Pero es la práctica del día a día lo que nos hace verlo como un objeto de trabajo y nos permite desconectar. No obstante, está claro que te hace reflexionar y pensar que, como cualquier ciudadano, estás en el mismo saco.

-Ha vivido bastantes cambios de juzgados. ¿Cómo valora el actual?

-Bueno, yo he vivido Cimadevilla, Prendes Pando, el del Natahoyo y el de ahora, que no tiene nada que ver con ninguna de las instalaciones anteriores. Queda clara mi valoración (risas).