Los octogenarios de Gijón acordaron su muerte para evitar mayor sufrimiento

Los empleados de la funeraria trasladan uno de los cadáveres al interior del furgón fúnebre, en la calle Felicidad. / PALOMA UCHA

Maruja Álvarez, de 83 años, padecía depresión y su marido, Daniel Suárez, de 87, tenía principios de demencia. Usaron un pistola casera

OLAYA SUÁREZ GIJÓN.

La historia de Maruja y Daniel es la de dos personas que decidieron compartir su vida y también su muerte. La de un anciano de 87 años que se aferraba a una vida que se le escapaba a su esposa de 83 y que el jueves, en la mayor prueba de coraje de sus más de seis décadas juntos, optó por ayudarla y dejarse ir con ella. Era la tercera vez en un mes que Maruja se enfrentaba de forma voluntaria a la muerte. En las otras dos fue el propio Daniel el que salvó a su esposa al pedir auxilio a los vecinos. Anteayer, ambos pactaron su suicidio para evitar mayor sufrimiento.

Los cadáveres de los dos octogenarios fueron hallados uno junto al otro en el comedor de su casa de la calle Felicidad. A ellos se les había terminado hace tiempo, cuando la salud y los ánimos les empezaron a flaquear. El hombre padecía principios de demencia y la mujer arrastraba una depresión que ya hace veinte años le llevó a protagonizar otro episodio autolesivo. La vida siguió su curso hasta que la situación se volvió para ellos insostenible.

Maruja Álvarez Rodríguez y Daniel Suárez Fernández se conocieron en su Mieres natal y fue a principios de la década de los 70 cuando, como cientos de sus vecinos de las Cuencas, llegaron a Gijón al calor de la expansión industrial. Daniel era tornero y encontró empleo en Ensidesa. Allí trabajó hasta su jubilación. «Era un manitas», dicen sus vecinos. Prueba de ello es que hace años fabricó de forma artesanal la pistola con la que el jueves acabaría con su vida y con la de su mujer. Un arma confeccionada con tubos de acero y una empuñadura de madera que utilizaba munición real y que está tan bien hecha que podría acabar en el Museo de la Policía Nacional, en Madrid.

La autopsia practicada en la mañana de ayer en el Instituto Anatómico Legal, en Oviedo, confirmó los primeros pasos de la investigación policial llevada a cabo por la Unidad de Familia y Mujer (UFAM) de la Comisaría de Gijón: el anciano había disparado a su esposa en la sien derecha para, momentos después, hacer lo propio, en el mismo punto de su cabeza. El cadáver de Maruja fue hallado sentado en una butaca, con las piernas tapadas con una manta. El de Daniel yacía en el suelo, junto a los pies de ella. Lo dejaron todo organizado. Incluso pusieron la estufa antes de morir.

El miércoles habían pedido el alta voluntaria en la residencia geriátrica de Oviedo a la que habían llegado apenas una semana antes. No llegaron ni siquiera a agotar el mes que pagaron por adelantado por una habitación con dos camas para ambos. Querían regresar a su casa, con un objetivo claro. No tenían hijos y fueron sus sobrinas las que tramitaron su traslado al centro de mayores en el que ya llevaba tiempo otro familiar. Lo hicieron después de que una vecina que tenía una estrecha relación con el matrimonio las avisase de que se iba unos días de vacaciones y era aconsejable que los ancianos tuvieran supervisión, dado que Maruja había protagonizado un intento de suicidio hace apenas unas semanas. En esa ocasión, ingirió una gran cantidad de pastillas. Fue llevada rápidamente al hospital y consiguieron sacarla adelante tras hacerle un lavado de estómago.

«Él no hablaba por no ofender»

Daniel la ayudaba y la atendía en todo. Sus vecinos solo tienen buenas palabras para el matrimonio. «Eran muy buenas personas, se querían muchísimo y siempre estaban juntos. No es un caso de violencia machista ni mucho menos porque él se desvivía por Maruja, estaba todo el día pendiente y atento, si pasó lo que pasó fue porque ella ya lo había intentado varias veces y él al final quiso ayudarla y evitar ese sufrimiento».

En los 42 años que llevaban viviendo en el número 6 de la calle Felicidad, en Ceares, no se escuchó ni una mala palabra entre ambos. «Lo único es que él oía muy mal y se hablaban muy alto, pero se llevaban muy bien y Daniel era una buenísima persona, muy callado, no hablaba por no ofender y ella, también, con más carácter pero muy buena persona», explican sus vecinos.

En ese mismo sentido se pronuncian sus sobrinas, quienes encontraron los restos mortales de los ancianos la noche del jueves. «Entre ellos solo había amor, se han querido ir juntos», lamentaron, destrozadas. Fueron ellas las últimas en verles con vida el miércoles, cuando quisieron volver de la residencia porque no soportaban estar allí. Les fueron a hacer la compra y los dejaron en casa. Cuando sus tíos se despidieron lo hicieron de una forma demasiado emotiva como para ser un hasta luego. Al día siguiente, el jueves, cuando no contestaron a sus reiteradas llamadas telefónicas se pusieron en el peor de los escenarios. Se confirmó cuando se desplazaron hasta el piso, sobre las diez de la noche. «Sabían que la vecina que tiene más relación con ella estaba fuera de vacaciones y que iban a tener libertad de movimiento», considera ahora su entorno.

En la vivienda sus familiares y la Policía Nacional encontraron varias notas de despedida. En una de esas anotaciones se detallaba el dinero en efectivo que les dejaban a cada uno de sus cuatro sobrinos. Estaba firmado por los dos. Se trataba de cantidades distintas, entre los 500 y 1.000 euros, que depositaron en billetes en lugares visibles de la casa. No dejaron nada al azar. Tampoco el seguro para hacerse cargo del sepelio. Habían dado todos los pasos necesarios para facilitarles los trámites a sus familiares y no suponer una carga añadida al dolor que ahora atraviesan. «Maruja era muy pagadora, echaba la mano al bolso rápidamente para cualquier cosa y, además, una mujer muy organizada y que le gustaba tenerlo todo bajo control. No le hubiese gustado irse sin tenerlo todo atado...», lamentan sus vecinos.

Con los resultados de la autopsia que le practicaron los médicos forenses, además de las pruebas recabadas en la casa y los testimonios del entorno, la Policía Nacional concluyó la investigación iniciada un día antes, determinando que se trataba de un acto voluntario y pactado entre los dos. Un suicidio organizado hasta el detalle, dirigido por un destino que ninguno de los dos estaba dispuesto a aceptar sin el otro.

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