Zahoríes de la memoria gijonesa

Rafael Suárez-Muñiz conversa con Agustín Guzmán Sancho en la sala de la Torre del Reloj donde consultan los documentos. /  CAROLINA SANTOS
Rafael Suárez-Muñiz conversa con Agustín Guzmán Sancho en la sala de la Torre del Reloj donde consultan los documentos. / CAROLINA SANTOS

Rafael Suárez-Muñiz y Agustín Guzmán Sancho pasan horas descubriendo los secretos que alberga la Torre del Reloj El Archivo Municipal es una pieza clave en cientos de investigaciones científicas

EUGENIA GARCÍA GIJÓN.

Cada investigador tiene sus preferencias y cada investigación, su procedimiento. Rafael Suárez-Muñiz, 27 años, geógrafo y urbanista, considera que las fotografías históricas o los gigantescos tomos de las matrículas industriales que revelan a nombre de quién estaba un local, cuánto pagaba de renta y otros detalles acerca de comercios y locales de hostelería de la ciudad son una fuente imprescindible. Agustín Guzmán Sancho, 66, profesor e historiador, nunca ha consultado una matrícula industrial pero se ha empapado de protocolos notariales y buceado en todas las actas municipales desde el año 1500 hasta 1920.

El primero llegó por primera vez al Archivo Municipal de la Torre del Reloj hace apenas cinco años. Cuando Guzmán lo descubrió, allá por 1989, «aquello no era un archivo, sino un almacén en un edificio de la plaza Mayor. Un sitio muy ahogado, hasta el punto de que Eduardo -Núñez, jefe de Documentación del Ayuntamiento- tenía que dejarme su mesa», recuerda.

Ambos, joven y veterano, comparten una pasión, indagar, y aunque hasta ayer no habían coincidido también tienen en común las cientos de horas que han pasado en el Archivo Municipal. Buscan, aprovechando sus aproximadamente 42.000 documentos, crear conocimiento. Y éste, resaltan, «no sale de los libros, a veces ni de la prensa, y tiene que demostrarse acudiendo a la fuente original». «Descubrir algo es la primera satisfacción, lo que mueve a cualquier científico», asegura Suárez-Muñiz.

El origen de El Molinón

Inmerso ahora en su tesis doctoral sobre los espacios de ocio en Gijón, recuerda con especial cariño un hallazgo en particular: el momento en que, junto con el fallecido Joaquín Aranda, descubrió que el estadio de El Molinón toma su nombre de la finca donde se ubicó, Las Huelgas del Molino, de Romualdo Alvargonzález. O cuando localizó, en un folleto, el origen del Café San Miguel: una esquina de la Plazuela con Cura Sama.

El tesoro de otro de los guardianes de la memoria gijonesa, Guzmán Sancho, fue reconstruir la historia de la iglesia de San Pedro, cuyos papeles habían quedado destruidos durante la Guerra Civil, a base de las actas del Ayuntamiento, patrono del templo. «Me encanta coger estos libros, pasar la mano por ellos», confiesa con una sonrisa. «El papel, la tinta, su olor... Es como si recorrieras el pasado».