Ortega celebra con acarreados su desprestigiada revolución

Varias mujeres protestan contra Ortega. /José Cabezas (Reuters)
Varias mujeres protestan contra Ortega. / José Cabezas (Reuters)

Los manifestantes les dejan las calles por un día por miedo a la represión, pero arremeten con protestas cívicas, paro general e insubordinación fiscal

MERCEDES GALLEGOEnviada especial a Managua

Sobre la sangre de 400 muertos y un pueblo aterrorizado, Daniel Ortega cumplió ayer con su tradición de celebrar el aniversario de la revolución que le llevó al poder hacer 39 años mediante una Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional. Solo que «ningún estado puede proclamarse victorioso sobre su propio pueblo al que ha oprimido y masacrado», le negó por Twitter el obispo auxiliar de Managua Silvio Baez.

La Plaza de la República que ese 19 de julio de 1979 llenaron espontáneamente los guerrilleros que combatieron a Somoza, bautizada después como Plaza de la Revolución, le pareció pequeña para la demostración de fuerza que quería hacer. En su lugar eligió la Plaza Juan Pablo II, también llamada Plaza de la Fe, a la que acarreó a las bases del Frente Sandinista y a trabajadores del Estado en autobuses urbanos y privados.

La avenida Bolívar se llenó de las banderas rojinegras de quienes celebraban «haber acabado con los golpistas», de acuerdo al discurso del gobierno. Desde allí se hablaba de haber «estabilizado» al país para comenzar ahora la reconstrucción de una economía que se ha venido abajo durante estos meses de represión, con 150.000 empleos perdidos en el sector turístico.

Se trataba de transmitir al país y al mundo que todo vuelve a la normalidad, «para recuperar la inversión extranjera», admitieron sus dirigentes. Algunos creyeron arriesgado convocar en la mastodóntica plaza de 27.214 metros cuadrados, pero el gobierno lo tenía todo calculado. El Instituto Nicaragüense de Telecomunicaciones y Correos recordó a las cadenas de televisión y de cable su obligación de transmitir el mensaje del comandante «desde la señal original íntegra» que les proporcionaron y «sin poner ni quitar nada», decía la carta.

Los canales oficiales -todos menos uno- pasaron la mañana recordando con imágenes de archivo la gesta sandinista de ese día de hace casi cuatro décadas en que el pueblo saludaba a los guerrilleros como salvadores y la junta alababa la rectitud del actual presidente. Ortega no luchó en esa revolución que ayer celebraba, porque estaba refugiado en Costa Rica, después de haber pasado siete años en la cárcel por asaltar un banco. Una vez más, el pueblo pone las vidas, mientras él se lleva la gloria. «¡Daniel, Daniel!», cantaban sus bases ayer.

Las calles eran suyas en este día feriado. Los estudiantes prefirieron dejarles el espacio «por responsabilidad, para evitar confrontaciones», convencidos de que esta segunda revolución se hará por la vía cívica. Todo un cambio en la sangrienta historia de Nicaragua. Los líderes permanecieron escondidos «por seguridad», insitió Edwin Carache desde fuera de Managua. «Nos andan buscando, tienen listas con nuestros nombres y armas de alto calibre. Entran en las casas por la fuerza, te rompen la puerta, hacen actos de pillaje y te secuestran. Los que reaparecen han sido severamente torturados».

Mónica Baltodano, una histórica de la revolución que no logra asimilar el terror de estos días, confió a este periódico que a los chicos los están violando, «les meten tuberías por el ano». Las denuncias tardarán, todos salen en shock, pero a ella ya le están llegando. Parte de las protestas que se esperan en los próximos días serán para exigir el cierre de El Chipote, el centro de detención conocido por sus cámaras de tortura desde los tiempos de Somoza, donde las mujeres hacen vigilia a la espera de tener noticias de sus hijos y maridos. En los últimos días los paramilitares les lanzan ráfagas de balas por la noche, para disuadirlas. Estabilidad a cualquier precio.

La falsa tranquilidad en la que ya vivía Nicaragua antes de que estallasen las protestas del 18 de abril no volverán. Los sectores disidentes llaman al boicot de todas las empresas que se sospechan parte de la fortuna personal de Ortega. La rebelión cívica pide no pagar impuestos, como ya hacen los vendedores del icónico Mercado Oriental, el mayor de Centroamérica. Una de sus líderes, Irlanda Jerez, fue secuestrada el miércoles en plena calle de la glorieta Cristo Rey, después de que paramilitares la siguieran al terminar una conferencia de prensa. Su paradero es desconocido, como el de tantos otros.

Esa pérdida de ingresos se sumará a nuevas huelgas generales y al vacío que ha dejado Venezuela en las arcas del estado, incapaz ya de seguir apoyando a Nicaragua con ríos de oro negro. Fue el cierre de ese grifo el que dio pie a las medidas de austeridad y la bajada de las pensiones que la policía reprimió sin consideración, golpeando a los jubilados. Los estudiantes salieron a la calle «para defender a nuestros mayores», dice Carache. «No podíamos dejar que les pegaran así a los viejitos».

Una «acumulación de agravios», en palabras del comandante Victor Hugo Tinoco, uno de los nueve que hace 39 años ganó la revolución. «No tengo la menor duda de que esta lucha va a continuar», aseguró a este periódico. «El discurso de amor y paz le funcionaba antes, ahora ya nadie se lo cree. Ha cometido un error tremendo».

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