La lluvia amenaza a los sintecho de Paradise

Aspecto de una casa incendiada en Paradise. / AFP

Ni Walmart ni las autoridades quieren ser quienes les echen del improvisado refugio que nunca se pensó para durar tantos días

MERCEDES GALLEGOCorresponsal en Nueva York (Estados Unidos)

El fuego devoró sus casas. Ahora la lluvia inundará sus tiendas de campaña armadas sin anclaje sobre el asfalto. Para miles de evacuados que no han podido encontrar sitio en los albergues de la zona, la naturaleza es inclemente. Las temperaturas caen de noche hasta 2 grados. Los cálidos 18 o 19 grados con que desentumecían los hueso durante las horas de sol están a punto de desaparecer. Su vida será cada día más difícil cada día.

A partir de mañana miércoles la lluvia por la que han rogado los bomberos rociará las cenizas de Paradise y sus alrededores, donde perros y antropólogos buscan con cepillo y linterna a cerca de un millar de personas. La lista es «dinámica», apuntan las autoridades. Hay días que se dispara y otros, como el domingo, en que baja hasta más de 200 nombres.

Matrimonios que se presentan ante la policía con una carcajada diciendo que están vivos, que no se les ocurre quién puede haberles puesto en esa lista. Nombres mal deletreados que representan duplicados. Y otros muchos que escriben manos temblorosas, incapaces de asumir que ese ser querido esté muerto, pero conscientes de que las excusas para no haber dado señales de vida empiezan a agotarse, doce días después de que empezase el incendio más devastador y mortífero en la historia de California.

La mayoría salieron de casa con lo puesto y no tuvieron tiempo ni para coger el móvil. No pueden comprar otro porque a menudo carecen de identificación, pero en el aparcamiento de Walmart donde varios centenares aparcaron sus coches o instalaron tiendas de campaña, compradas o donadas en ese mismo almacén, se tenían unos a otros para compartir la generosidad de los extraños.

Entre las miradas perdidas y los ojos enrojecidos por el humo y las lágrimas, ancianos que dormían en una tienda de campaña por primera vez en su vida, pero también montañas de ropa donada con la que abrigarse y vestirse de limpio, aunque no se sepa si llega lavada. Voluntarios que repartían bocadillos, café y hasta platos de sopa caliente. Miembros de la Cruz Roja que les ayudaban a solicitar nuevas identificaciones con las que poder volver al banco o comprarse un móvil. Incluso un camión con duchas portátiles, que es lo que más agradece alguien que nunca antes haya dormido en el suelo como un pordiosero.

Todo eso se acabó el domingo. Ni Walmart ni las autoridades quieren ser quienes les echen del improvisado refugio que nunca se pensó para durar tantos días. Tan solo les advirtieron que el domingo empezarían a desaparecer los centros de distribución de ropa amontonados sobre el asfalto, los servicios portátiles y todo lo que ha aliviado la transición de los nuevos sin techo. Al acabar la misa en la Iglesia vecina de Chico, muchos empaquetaron las pocas pertenencias que han acumulado en estos días de beneficencia y se alejaron para siempre del Paraíso perdido. Otros, sin embargo, se resisten a dejar atrás lo único que conocen. Al menos, hasta que lleguen los documentos que han solicitado. O la identificación de ese único hueso desenterrado de entre las cenizas que puede ser todo lo que quede de sus seres queridos.

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