El anuncio de la Lotería de Navidad 2025 es más largo que un día sin pan y, un año más, cursi hasta las trancas, como ... lo fue también el rodado en Villaviciosa. Charles Dickens no hubiera superado la enternecedora (y absurda) escena final. Viendo estos bodrios televisivos no puedes evitar encumbrar aún más al añorado Calvo de la Lotería, al cual piensas ahora que llamábamos así porque en realidad nadie sabía su nombre. Se lo pusimos la semana pasada al enterarnos de que el actor británico falleció hace un año, deprimido y olvidado por casi todos: Clive Arrindell. Fue en los gloriosos tiempos del Calvo –promocionó el sorteo entre 1998 y 2006– cuando este cilúrnigo que suscribe cayó en el vicio. Exactamente, en 2004. Aquel año, sin saber muy bien cómo ni por qué, acaso hechizado por el influjo de Arrindell, envuelto en una sugerente música, en todos los viajes por la piel de toro caía un décimo y así te viste de repente con lotería de Ávila, Soria, Madrid, Cádiz, Sevilla, Alicante... Amén de los bares frecuentados, las peñas, las puñeteras papeletas, las corazonadas... Llegó el sorteo, cayó el 54600 y quiso el azar que en aquel ramillete de décimos de provincias hubiera tres acabados en doble cero. Con dos pedreas más y unos reintegros, el resultado fue que te habías gastado 500 euros y habías ganado 500 euros. O sea que todo el derroche había retornado a la billetera por el mismo camino por donde se fue. Al año siguiente, el Calvo (le regalamos la mayúscula al probe) siguió soplando bolas afortunadas y el cilúrnigo siguió comprando pensando que aquello estaba chupado. O pillabas algo suculento o recuperabas. El batacazo fue de época. Pero, inasequible al desaliento, seguiste siempre desde entonces fielmente enganchado al 22 de diciembre pese al grave silencio que sucede, año tras año, al cántico del gordo. Un silencio sepulcral, íntimo, gijonés, muy asturiano también. Y, lo más grave de todo, ahora que no nos escucha nadie, es que esto te suceda teniendo un hermano vendedor de lotería, el cual, por más presión que reciba, no acaba de tener un pequeño gran detalle con la familia. Las amenazas van en aumento, pero él permanece impertérrito en su juego limpio: no da premio, ni a tiros, ni a unos ni a otros. ¿Irá de esta? ¿Se apiadará de nuestro largo peregrinaje por ese árido desierto que oculta el bombo del Teatro Real? Solo pedimos el gordo una vez. Y ya. Pero él ni por esas. Invocamos al espíritu de Tino 'el Roxu' (que en gloria esté), de la Peña Jiménez y de todas las celebridades que menester sea, desde Garciona hasta el Manquín, para porfiar por hacer nuestro ese cántico celestial de los Niños de San Ildefonso. ¡Por Clive Arrindell! Nuestro glorioso y añorado Calvo.
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