Un océano de sangre
Como le dice Drácula a Jonathan Harker: «Los días de guerra ya terminaron. La sangre es cosa demasiado preciosa en estos días de paz sin honor; y la gloria de las grandes razas es solamente historia»
Una gota de sangre contiene cien mil glóbulos blancos, seis millones de plaquetas y cien millones de glóbulos rojos, aparte de plasma, hormonas, proteínas y ... sal. Además, esa gota alberga mitos, historias, supersticiones. En los análisis, lo dice todo de nosotros y, en su movimiento perpetuo, la sangre se erige como el nuevo Grial, un plasma sanguíneo que se resiste a ser creado en laboratorio. Sí, la sangre puede ser la muerte, pero, como decía Drácula, también es la vida.
Colóquense un dedo en la muñeca, sientan cómo se bombea la sangre. Da vértigo pensar que dependemos del corazón, un músculo que se contrae miles de veces por hora. Los egipcios lo centraban todo en el corazón, incluso entrar en el cielo (te lo pesaban a la entrada, contra una pluma). Los griegos defendían que la sangre se generaba en el hígado, desde donde se expandía al resto de la maquinaria corporal. Son los árabes quienes descifran los circuitos de la sangre, un tal An-Nafis, y a Miguel Servet lo queman por afirmar todo lo que sabe hoy en día cualquier niño acerca de la circulación de la sangre. Sobre los hombros de estos gigantes se suben Vesalio y William Harvey para dejar ya grabado en mármol que la sangre se mueve como Mick Jagger. Un complejo sistema de tuberías por donde se transporta el oxígeno hasta unas neuronas que morirían a los cinco o diez minutos si no tuvieran su ración.
Durante muchos siglos se utilizaban las sangrías como purificador de la sangre, lo que seguramente mataba más que otra cosa (a Luis XIII de Francia le sangraron 47 veces en un año; George Washington la espichó por una sangría mal hecha). Los mexicas, esos que dizque eran pacíficos antes de la llegada de los españoles, hacían funcionar el sol a base de toneladas de sangre proveniente de los sacrificios humanos. En el Antiguo Testamento, a Yahvé le encanta el olor a sangre; en el Corán se dice que Alá crea al hombre de un coágulo de sangre; los judíos circuncidan a los varones para derramar la sangre, y es uno de los ritos esenciales de su identidad. La sangre de Luis Capeto, alias Luis XVI, se asperja sobre el pueblo francés y bautiza la República. La misma Roma nace de un baño de sangre: uno de los gemelos revienta al otro por una cuestión de lindes, ergo a ver quién manda aquí. Las llagas sanguinolentas de Jesús son la base de toda una escuela de pintura, y dichos estigmas se convertirán en el sello de futuras santidades. En el Islam, en el Hinduismo, se sacrifican miles de animales al año para mantener abierto el canal de comunicación con la divinidad. Y en la Batalla del Vino del pueblo de Haro se descontextualiza y convierten la sangre en vino para pasárselo bien.
En España era importante la limpieza de sangre (que se lo digan a Quevedo), y tener la sangre azul se tiene por requisito de la aristocracia (los nobles no tomaban el sol, y las venas parecen azules bajo la piel blanca). Gilles de Rais, la condesa Bathory, los nazis, todos hicieron tales estropicios que pintaron las paredes de la historia con sangre. La Carrie que creó Stephen King recibió una de las duchas de hemoglobina más famosas del cine, e igual que en el derroche del ascensor en 'El Resplandor', el mismo escritor inundó hasta 15.000 libros con su propia sangre durante un evento en Seattle (consulten la anécdota en redes). Dios le dice a Caín: «¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra». Durante siglos se consideró que la menstruación de las mujeres podía atraer desgracias, y, en Kenia, todavía hoy te puede costar la vida.
A Paul Giamatti, uno de los protagonistas de la serie 'Billions', le encanta el BDSM, aunque en sesiones que no salpiquen. Guillaume Apollinaire hace una verdadera apología de la linfa vital en 'Las once mil vergas', y la primera transfusión de la que se tiene noticia es en 1492, al papa Inocencio VIII, para tratar un ictus, y acabó como el rosario de la aurora. Respecto a las transfusiones, hay todo un historial: en 1667, Jean-Baptiste Denys lo intenta con sangre de animales y también termina fatal; los rusos hacen transfusiones con sangre de cadáveres; durante la guerra civil española, ya con los grupos sanguíneos establecidos, se salvan miles de vidas gracias a las transfusiones, y uno de sus héroes fue el médico canadiense Norman Bethune (¡vayan a donar, no lo duden!).
Cada semana se practican en el mundo entre 500 y 1.000 millones de análisis de sangre, y los datos influyen en más del 70% de las decisiones médicas. Mientras, la sangre sigue moviéndose por vasos sanguíneos que si pudieran unirse en una línea recta alcanzarían los 100.000 kilómetros. Lleva oxígeno y expulsa gas carbónico; desplaza glucosa, minerales, vitaminas, hormonas. Muchos defienden que debe ser otro producto más de venta y consumo, pero yo pienso que ha de mantenerse su donación altruista, su carácter gratuito, porque la sangre es lo que nos vincula, lo que basa nuestra humanidad.
Todo esto y más viene en el ensayo de Mar Gómez González, 'Sangre' (Ariel), un recorrido por la historia de ese líquido viscoso y oscuro que alimenta la religión, la literatura, la política, la ciencia, el arte. Una linfa vital que nos mata con su leucemia, que nos permite vivir con su energía, que nos asombra con los chorritos que salen de los costados divinos en los cuadros, que nos atemoriza con las historias de Théophile Gautier. Y como le dice Drácula a Jonathan Harker: «Los días de guerra ya terminaron. La sangre es cosa demasiado preciosa en estos días de paz sin honor; y la gloria de las grandes razas es solamente historia».
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