Barrachina ventila el trastero
José Busto
Sábado, 22 de noviembre 2025, 01:00
Hay olores que no se van ni con aguarrás, como ese tufo a naftalina y trastero cerrado que desprende la historia de España. 'Le ordeno ... a usted que me quiera' es un viaje en el tiempo a lomos de un loro disecado que nos recuerda, con un escalofrío de vergüenza ajena, quiénes fuimos y de qué polvos vienen estos lodos.
Emilio Ruiz Barrachina firma y dirige este monólogo con la sencillez del que sabe que el poder de esta historia está en la memoria y no en los fuegos artificiales. Su puesta en escena es clásica. Confía ciegamente en la capacidad evocadora de la palabra y en una proyección de fotografías históricas que funcionan como un álbum familiar siniestro. No busca la innovación formal, prefiere subrayar la ridiculez pomposa de un cortejo militar que hoy nos parece marciano, pero que pudo cambiar el destino de un país entero. Barrachina deja respirar el texto para que la incomodidad se instale poco a poco en el patio de butacas.
Jenny Llada se calza las zapatillas de Sofía Subirán con una naturalidad pasmosa. Lejos de la caricatura, humaniza a esta aristócrata que habla con su loro muerto porque ya no le queda nadie más. Transita con oficio del humor ácido a la amargura y sostiene el monólogo con elegancia incluso cuando narra las cursilerías más indigestas de ese Paquito de voz aflautada. Hay verdad en su mirada y una ironía fina que nos salva del ahogo que produce el personaje.
El texto es un ejercicio de arqueología sentimental que desentierra las cartas reales, torpes y patéticas del joven Francisco Franco. La dramaturgia juega con la ironía histórica. Sabemos en qué se convirtió aquel tenientillo soso y bajito que ordenaba ser querido por decreto. Lo brillante aquí no es solo la anécdota rosa, sino cómo destripa una época de normas asfixiantes, bailes de casino y mujeres cuyo único horizonte era pescar marido. Un retrato sociológico que da risa y miedo a partes iguales.
La escenografía de Pablo Camuñas es funcional y justa. Una mesa camilla, una lámpara y una jaula que es metáfora de la propia vida de Sofía. La iluminación de Rafael Echeverz acompaña sin estridencias para crear esa intimidad rancia de un salón donde el tiempo se detuvo hace décadas. Quizás se echa en falta algo más de riesgo visual para romper la estática de la propuesta, pero la atmósfera de encierro y decadencia está lograda con esos tonos que huelen a pasado.
Programar esto un 20 de noviembre tiene su aquel. Mientras fuera la historia sigue su curso, dentro nos enfrentamos al fantasma del dictador en su versión más patética. Barrachina nos pone frente al espejo de nuestros abuelos y nos recuerda que la rigidez moral y el machismo cuartelario no son ciencia ficción.
Risas nerviosas y silencio reflexivo en el Teatro Palacio Valdés. ¿En serio éramos así? Aplausos cálidos para Jenny Llada por el esfuerzo de levantar sola una historia que, pese a la distancia, todavía escuece. Comedia amarga que se ve con media sonrisa y se digiere con un nudo en el estómago.
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