Un mundo deshumanizado
Nos encontramos ante jóvenes y no tan jóvenes que han aprendido más de su interacción con una máquina que de la relación con sus padres u otros seres humanos
Del 10 al 13 de octubre pasados tuvieron lugar los 43 Encuentros Internacionales de Juventud Cabueñes 2025. El lema de esta edición fue 'Jóvenes y ... sociedad de la ¿(des) información?'. Varios de los temas tratados hicieron hincapié en la urgencia de la alfabetización digital para que seamos conscientes de lo que se viene encima. Lo advertían también las investigaciones llevadas a cabo en el estudio 'Así somos: el estado de la adolescencia en España'. Del que se infieren datos estremecedores. Según las estadísticas, una de cada cuatro chicas entre 17 y 21 años utiliza la Inteligencia Artificial (IA) como confidente, en la que depositan ciegamente su confianza y atienden con interés a las respuestas a sus preguntas emitidas por el autómata, a las que dan más relevancia que a conversar con sus iguales. En los chicos el porcentaje baja a un 12%, pero es muy preocupante que los chicos entre 12 y 21 años tengan miedo a ser acusados de violencia de género en su trato con las chicas.
Así las cosas, creo necesario e insoslayable imprimir un cambio de rumbo en las relaciones que establecemos con los otros en todas sus dimensiones, ante un mundo cada vez más deshumanizado. No queda ningún ámbito ni hábito en nuestras vidas que no haya sido modificado por las redes digitales. Tanto es así, que hemos llegado a creer que las redes nos protegen de quedarnos solos, sentimos que siempre hay alguien al otro lado del teléfono atento a nuestros requerimientos y además nos permiten dar rienda suelta a nuestra esquizofrénica 'atención multitarea'. Más que un cambio social es una completa metamorfosis a nivel social, psíquico, cognitivo y lingüístico.
Nos encontramos ante jóvenes y no tan jóvenes que han aprendido más de su interacción con una máquina que de la relación con sus padres u otros seres humanos. Es una generación que, tal vez, ha gozado menos de las caricias de la madre, del padre y del contacto corporal y afectivo con personas, porque fueron sustituidas por las pantallitas de las que recibieron la mayoría de sus impresiones cognitivas. La presencia del cuerpo del otro se ha vuelto sobrante y hasta llega a desagradar, porque puede juzgarnos. Nos hemos dejado sustraer el tiempo que requiere ocuparnos de la presencia de los otros, salvo que aparezcan como información sin carne. Pura virtualidad. Amamos lo lejano y detestamos lo cercano. Lo cercano huele, nos mira, nos interpela; sin embargo, lo lejano se puede hacer desaparecer con un simple clic. Los deseos crecieron ante las mil pantallas separados de la verbalización y de la elaboración consciente y comunicable, y eso lógicamente ha traído consecuencias. Aunque al principio hubo grandes esperanzas abiertas que se depositaron en el manejo de los dispositivos electrónicos, pasados unos cuantos años observamos que lo que han traído son desequilibrios y prácticas no deseables. En ese sentido, cualquiera que pretenda comunicarse con las generaciones que nacieron deslizando los deditos por las pantallas debe tener en cuenta cómo funcionan sus cerebros, que alertaba McLuhan: «En su formación cultural el pensamiento mítico tiende a predominar sobre el pensamiento lógico-crítico».
De esta forma, el mundo se fue deshumanizando. Las grandes empresas tecnológicas privaron a las personas de los aspectos que nos hacían humanos y crearon sus algoritmos para hacernos adictos influyendo en las formas de vida, en el lenguaje y la imaginación. Suprimieron las premisas con las que cuenta el pensamiento crítico y las capacidades cognitivas que necesitan tiempos lentos para hacer posibles el ejercicio del pensamiento y la elección libre y cómo no, la vida democrática, que está siendo sustituida sibilinamente por esta dictadura digital que nos deshumaniza en todos los sentidos.
Estamos deshumanizados desde el momento que dejamos de tener relaciones significativas con las personas y con las cosas. Estamos deshumanizados cuando la mayoría de las parejas no se conocen debido a la proximidad, o por medio de amigos, encuentros azarosos, en el trabajo, o en ese gran invento que son los bares, sino que la mayoría de las relaciones de pareja se forman a través de citas por internet. Estamos deshumanizados, cuando queremos saber constantemente lo que hacen los demás y anunciamos lo que hacemos, pero manteniéndonos alejados para salvaguardar el control. Estamos deshumanizados, cuando convertimos en virales vídeos de personas discapacitadas y nos burlamos de ellas. Estamos deshumanizamos cuando corremos a grabar con el móvil una pelea, pero no intentamos separar a los que se agreden. Estamos deshumanizamos cuando ya no tenemos amigos a quienes llamar para hacer una mudanza y solo nos queda acudir a una aplicación de pago. Estamos terriblemente deshumanizados, cuando nos sentimos más cómodos compartiendo cosas personales con una IA, a sabiendas que es una máquina, que con nuestros conocidos, porque la IA no nos juzga, no nos interrumpe, no nos incordia. Estamos deshumanizados, cuando hemos perdido la capacidad de conversar cara a cara con los demás, que es el fundamento para aprender a reflexionar sobre uno mismo. Estamos deshumanizados cuando no miramos a nuestro alrededor y solo tenemos ojos para ver lo que aparece en la pantalla del móvil. Estamos deshumanizados cuando nos confinamos en nuestras habitaciones, pero no sabemos estar a solas con nosotros mismos. Seguiremos deshumanizados mientras la tecnología no vuelva a ser lo que era: «pericia, a través de la cual adaptamos el entorno para nuestra supervivencia, pero no a costa de él, ni a costa de nosotros».
¿Qué podemos hacer ante un mundo en el que participar de la realidad equivale a aparecer por unos instantes en pantallas saturadas de simulacros? Para comprender lo que nos está pasando no se me ocurre otra cosa que desvincularnos de la máquina. No responder a sus llamadas insistentes. Desconectarnos. Romper con ella. Aunque ello no signifique volver al ser humano pretecnológico, sino recuperar la empatía, la solidaridad, el contacto con el próximo, la colaboración, e intentar congelar los automatismos que nos hacen perder el sentido del cuerpo, del tiempo y la consciencia.
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