La vieja mar de Candás
Después de muchos siglos, de muchas vidas, de imaginar delfines, de secar lagrimas mientras los barcos se hundían en tiempos violentos, nuestra mar candasina fue ... perdiendo su semblante de soberana de su historia.
Mar violenta y serena, dulce y loba, fue, digo, perdiendo sus barcos uno a uno como si fueran los dientes flojos de una boca vieja, y es ahora un antiguo relato, una mitología sólo memoria, un azul de veraneo para turistas voraces del pescado y el marisco que ya no tenemos.
Es, en fin, algo así como un galeón hundido hinchado de monedas y recuerdos. Ahora, Candás, fue ganando nombre como villa turística y de visitantes fin de semana.
Cambió las hélices, las chimeneas, las estrellas pintadas de sus barcos y las sirenas de sus fábricas de conserva por festivales de la Sardina, del Bonito y la Conserva. De la Sardina, que viene de Pénjamo; del bonito, cuando aquí no queda ni rastro de un barco bonitero; de la conserva, cuando sólo quedan las ruinas y el abandono de las que aquí hubo. Sí, aquí celebramos mucho todo eso de la mar con festivales, cantos, ferias y procesiones, pero la realidad es que el Candás, lo que se dice el Candás marinero, ya no lo conoce, por mucho que nos esforcemos, ni la madre que lo parió. La dársena es hoy un garaje para barquitos, motoras y lanchas de aficionados y señoritos.
Pero Candás tiene, sí, una historia marinera y una musculatura de fábrica de conservas de pescado. Durante siglos, esa fue su verdad de cada día. Hombres y mujeres llenos de cicatrices con su perfume a redes, raba, salitre y salazón. Con su candasinismo, su carácter y habla inconfundible en todos los puertos de pesca asturianos.
Fue una muerta lenta la de esta mar nuestra. El pueblo dejó de ser aquello de: «Vale más un marinero con la ropa de la mar que veinticinco de tierra vestidos de militar». O aquello otro: «Ya la Igüera se secó, el pescao va pa fuera, y mi novia no me quiere porque ando de borrachera».
Sí, tenemos más dinero y más cosas, pero una mar sin marineros.
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