Cuando no hay palabras
Durante la guerra de los Balcanes, una empresa se dedicó a proporcionar a millonarios la emocionante experiencia de convertirse en francotiradores en Sarajevo
Es la primera vez que no consigo escribir el artículo que quiero escribir. No he podido hacerlo y después de varios intentos, desistí. Y mira ... que está una acostumbrada a asomarse a los informativos y salir con el alma encogida y la náusea en la garganta. Pero esta vez no he podido porque mi habitual militancia en el optimismo y mi fe en la humanidad aunque casi siempre se ve sacudida por el mal en su sentido más amplio, siempre consigue encontrar las fuerzas para seguir creyendo en que no todos, no siempre. Que la buena gente y todo eso.
Pero esta vez me he visto superada y no he podido escribir acerca del infinito asco, del dolor sin nombre, de la furia que me ha provocado una noticia que ustedes habrán leído esta semana y que sin entrar en detalle, porque me enferma, les enuncio: Durante la guerra de los Balcanes, una empresa se dedicó a proporcionar a millonarios la emocionante experiencia de convertirse en francotiradores en Sarajevo. Así, sin más. Esos ricos que ya cansados de disparar en la sabana a animales, descubrieron que era mucho más entretenido apuntar a madres que salían desafiando al miedo a conseguir comida para sus hijos, a niños que se arriesgaban a jugar en la calle, a ancianos que arrastraban como podían su angustia y su temor. Y, créanme, esto me ha superado. Porque ya no era ni una guerra horrible, ni un execrable acto terrorista, ni el resultado de un odio feroz. Era solo entretenimiento. Solo la diversión de disparar desde la impunidad, de matar, de ver caer al suelo mortalmente herido a un padre, a un niño, a una anciana, a un adolescente. Solo por entretenimiento y sin el riesgo de poder recibir un disparo como sucedería si hubieran tenido narices para ser mercenarios en el campo de batalla.
Y todo esto que podría hacernos creer que es el mal en estado puro, me provoca hasta dudas: me da auténtico pánico pensar que ni siquiera es la maldad, que es el puro desprecio de todo aquello que no sea la propia diversión. Cuando se habla de la banalización del mal me temo que se queda uno a un escalón de llegar a esto: a ni siquiera tener conciencia del mal, a reducir todo a la búsqueda de la propia diversión, del propio entretenimiento una vez que uno se ha cansado de matar en los videojuegos o de salir de caza y cargarse a seis o siete elefantes, una vez que se necesita alguna emoción más fuerte, algo que movilice esa mierda de adrenalina que les habita las venas, una vez que ya no hay en qué gastarse el dinero que procure una satisfacción, y a quién le importa el resto del mundo.
No he podido con ello, no he podido escribir porque no conseguía imaginar la cara ni imaginar el alma de esos seres (cuántos, quiénes) y qué respetables vidas tendrán una vez que han experimentado la emoción de disparar y matar a simples seres humanos. Y quiero pensar que no tienen rostro, que no tienen nombre, que no tienen hijos a los que acunen por las noches. Quiero pensar que esto es un bulo más, una invención macabra, porque si es cierto, yo no puedo escribir de ello, porque las quinientas palabras de este artículo solo tendrían tres términos repetidos, sustantivo masculino plural+preposición+sustantivo femenino singular. Eso que están pensando, sí.
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