Su reino... no era de este mundo
Pasa a quien reina, pero no gobierna; acaba por no saber gobernarse a sí mismo. Lo vendieron como Carlos III y la puerta de Alcalá, ... pero semeja a Carlos IV con su puerta de salida y cuadro familiar goyesco; falta algún primo, carnal y añadido, que de tanto adularlo y tanta genuflexión, sufren escoliosis y pérdida de posición erguida. A la lengua gorda, causante del hablar gangoso, oprimida en su angosta boca, añade largura, olvidando que «en boca cerrada no entran moscas (ni tragas sapos)». Su eminencia exhibe memoria y olvidos, espejo del nivel moral ante el que resta la indignada perplejidad.
Cincuenta años tarde supimos que Franco no fue malo y él fue el padre de la democracia; la levantó mientras los súbditos andaban a lo suyo, que salvo Sofi, no tuvo suerte con las mujeres, que la mano larga y bragueta floja es cosa de ADN y no fruto de largo entrenamiento. Con él descubrimos que un golfo no es un accidente geográfico, sino un estilo de vida y el lugar soñado para que un monarca sea… monarca y pueda hacer lo que le dé la gana sin que nadie pida cuentas al rey; no como en casa, donde resbala el color sanguíneo y permiten al heredero compartir trono evacuatorio y real con una lacaya.
De él aprendimos que es posible criticar al corrupto y admitir propinas por los servicios prestados para financiar safaris elefántidos, ligues (y ligas) de amante bandido o cuentas a buen y lejano recaudo para construir la Europa sin fronteras. Paró tres golpes en uno, adora a sus nietos y anima la autonomía de Froilán enseñando a freír huevos a quien se los toca a diario –también– a quien se ponga por delante. Su gloriosa –y graciosa– Majestad dejó pistas biográficas que no supimos leer: ama el regateo aunque, de cintura, flojea, es hábil manejando el 'Bribón', ejemplo de que todo se pega, salvo la belleza, y confirma que los Reyes Magos existen, capaces de hacer magia, obnubilar al personal y, sobre todo, convertir en realidad (sus) sueños.
Valoro por ilustrativa, su memoria (selectiva) y sus lagunas (oceánicas); marcan distancias con el señor bajito que solo estaba obligado a responder ante el Altísimo y la historia. Él parece dispuesto a rendirlas ante todos por vía literaria aunque, por ahora, más parece pedirlas por no haber estado a su altura (menos mal). ¿Vuelve a casa por Navidad? En días tan entrañables y nostálgicos se echa de menos esa palabra sensata que llena de luz, contenido y sabor la cena familiar.
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