¿Patria querida?
Nuestra ciudad lleva el camino de ser como todas, una selva del lucro privado y el clientelismo público
La actualización de mi libro 'Hiedra, historia y piedra' me está llevando, treinta y ocho años después, a visitar de nuevo los setenta y ocho ... concejos de nuestra amada Asturias. Dudo mucho que ningún político, con chófer y coche oficial, lo haya hecho alguna vez. Hace un tiempo, un periodista, ya jubilado, mordaz e incisivo cuando estaba en activo, me acusaba amigablemente por el pesimismo de mis columnas. Yo solo pito lo que veo, cuando escribo no tengo amigos y así me va. Le contesté. Asturias es una mariposa que corre el riesgo de quedar clavada con alfileres como la joya de un coleccionista de lepidópteros. Convertida en un parque temático en el que se selecciona caprichosamente lo que hay que conservar, mientras permitimos que lo demás se pudra.
No está nada mal que se mantenga viva nuestra forma de hablar vernácula, pero sin perder de vista que es una más entre las lenguas románicas, derivada de la propia del invasor latino. Me gustaría saber cuántos de nuestros jóvenes en edad escolar saben que aquí ya había metalurgia antes de la colonización, o que al poderoso Imperio Romano le costó dios y ayuda derrotar a nuestros belicosos ancestros astur-cántabros, o que existen preciosos nombres previos a la romanización que nadie utiliza: Clutos, Nícer, Blattia, Camala… O que nuestra toponimia es el sepulcro de antiguos dioses y los primitivos astures ya tenían saunas en los castros. ¿Serían asturianos quienes robaron el cuenco milagroso de la tevergana Virgen del Cébrano, que según la tradición curaba los dolores de cabeza a los peregrinos que se lo colocaban en la cabeza? ¿Qué sentimiento de pertenencia tendría el imbécil que hizo un grafiti en la Cueva del Demo, en Boal, hoy cerrada a cal y canto? Antonio, un madrileño historiador de la economía, metido a hotelero en las frondosidades del Occidente, me comentaba que la piedra oscilante de Penouta, destruida por el barreno de un descerebrado, debería convertirse en un monumento a la estupidez, en vez de intentar su restauración para recobrar su función mágica. Nuestros campesinos y ganaderos tienen que escoger entre quienes les olvidan o los que les cantan al oído lo que quieren oír. Palacios como los de Mon, Cogolla o Tormaleo, que podían ser los vestigios de cómo vivían nuestros antepasados más privilegiados, o reductos obreros como el de Bustiello o La Paicega son hoy cuchitriles abandonados, que hablan más de nuestra desidia que de nuestra historia. El caserón en el que pintó Piñole se dejó languidecer hasta ser irrecuperable y nuestra ciudad lleva el camino de ser como todas, una selva del lucro privado y el clientelismo público en la que se silencia todo aquello que no se puede censurar.
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