41 años como misionero en Zimbabue

El padre Agustín Moreno, en la Casa sacerdotal. /
El padre Agustín Moreno, en la Casa sacerdotal.

Retirado ya, recuerda sus intensas vivencias en charlas parroquiales y oficia una eucaristía diaria en la iglesia de Las Esclavas

MARÍA LASTRA

Las penurias económicas, las dificultades o el peligro que corrió su vida no se olvidan, pero los 41 años que el religioso Agustín Moreno Muguruza pasó en Zimbabue «han sido un regalo de Dios». Regresó a Oviedo, a su casa, hace ya cuatro años, pero sigue descolgando el teléfono con frecuencia para conocer lo que ocurre al sur del continente africano.

Sus cuatro décadas de misionero le han abierto los ojos a una realidad que desconocía, pero que le atrapó desde el primer instante. «Todos los religiosos sabemos que hay una obra misionera y pensamos en ir». Él lo hizo y no se arrepiente.

Moreno llegó a Zimbabue en el año 1969. En aquel momento el gobierno del país estaba en manos de la minoría blanca con un régimen racista «en la que los negros no tenían ningún derecho». La población de color quiso luchar por un porvenir mejor y así comenzó una «dura» guerra de guerrillas que les llevó al poder.

Para el asturiano, lo peor de aquellos años «no fue la tensión de saber que pueden matarte, sino ver el desastre». Como cualquier otra guerra, «fue terrible». Su trabajo se «limitó» por las dificultades para acudir a aldeas, colegios u hospitales, pero todos quisieron seguir allí, ayudando al que más lo necesitaba.

El peligro era palpable y algunos perdieron la vida, entre ellos el también misionero asturiano Manuel Díaz Rubio, fallecido el 28 de febrero de 1977 a los 57 años. Sobre él, Moreno escribió la publicación 'Vivir y morir por el pueblo', en la que le definió como «un hombre tenaz, constante, cumplidor, trabajador y entregado hasta la extenuación».

La mañana en que perdió la vida iba a recoger el correo, el salario de los maestros y a hacer algunas compras. Un grupo de hombres armados, del bando de los guerrilleros, les obligaron a parar. Querían quemar la furgoneta, con dos mujeres a bordo, pero los ruegos del misionero lo impidieron. Él, en cambio, no tuvo la misma suerte. Le llevaron a una pequeña colina, le golpearon y torturaron con bayonetas y le dispararon dos tiros. Moreno Muguruza recogió su historia en esa publicación y, de alguna forma, le rindió homenaje.

Sobreponerse al dolor

Pero hubo que sobreponerse a la guerra y al dolor de las pérdidas. En los primeros años el nuevo gobierno «no quiso revancha contra los blancos» y dio un ejemplo «modélico», que no fue capaz de prolongarse en el tiempo. Agustín Moreno lamenta «un régimen dictatorial y totalmente corrupto en manos de una elite política que arrasa con todo». Una situación que «no tiene comparación con lo que ocurre en España. «Allí ni la prensa ni los jueces son libres para denunciar y juzgar». En consecuencia, «la economía se ha hundido». La inflación llegó a ser tal que en el país llegaron a circular billetes de 10 trillones de dólares zimbabuenses.

En cambio, Moreno Muguruza destaca el progreso que se ha vivido en otros campos, como por ejemplo la educación. Poco amigo de los reconocimientos, le cuesta hablar sobre el papel que jugó en el desarrollo de la lengua nambya. Sin embargo, su presencia fue clave. Él pertenece al grupo de misioneros que han tratado con sumo respeto las lenguas indígenas. En Zimbabue se hablan un total de 16, la menos estudiada el nambya.

Moreno pasó años recopilando palabras en whange, lo que le permitió publicar el primer diccionario de este idioma, y más tarde una gramática, escrita primero en inglés y traducida en 2011 al español.

A partir de este momento, el uso del nambya, antes solo empleado en el lenguaje oral, creció y actualmente se estudia incluso en las escuelas. Se han publicado los primeros libros en este idioma y existe igualmente un noticiero en la radio.

La Biblia en nambya

Además el misionero asturiano promovió la asociación cultural nambya, y junto a otro compañero valenciano se encargó de la traducción de la Biblia a esta lengua local. Desde Oviedo sigue pendiente de su evolución y reconoce estar «muy feliz» al conocer que desde la Universidad «han comenzado a estudiar el nambya científicamente».

Jubilado ya, recuerda su etapa de misionero en distintas charlas que ofrece en parroquias y se mantiene de alguna manera activo con la eucaristía diaria que oficia en Las Esclavas. De la etapa de 41 años que vivió en Zimbabue queda la sordera del oído derecho a causa de la medicación que tomó para la malaria, principal causa de mortalidad junto al sida en el país africano, e innumerables recuerdos. «Ha sido una etapa muy feliz de mi vida. Los misioneros no somos héroes, sino gente que trabaja con ganas en lo que hace». Él es un buen ejemplo.

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