«Empecé a venir de estudiante y aquí sigo»

Ana Bernardo elige este como su rincón, del que Quique González forma parte. /
Ana Bernardo elige este como su rincón, del que Quique González forma parte.

La profesora de Psicología y directora de los colegios mayores de la Universidad de Oviedo, Ana Bernardo, elige la sidrería La Estación, junto a Gascona, como su rincón más especial de la ciudad

La profesora de Psicología y directora de los colegios mayores de la Universidad de Oviedo, Ana Bernardo, elige la sidrería La Estación, junto a Gascona, como su rincón más especial de la ciudad. No lo duda al preguntarle por un lugar al que tenga especial cariño. «Empecé a venir de estudiante y aquí sigo», avanza para continuar relatando su relación con el rincón. Explica que cuando estudiaba Psicología vivía en el quinto piso del número 4 de la calle Indalecio Prieto Tuero y que bajaba al bar a tomar algo y recibir los ánimos del paisanaje, aparte del camarero, Quique González, y de la propietaria, María Fernández.

El siglo XXI acababa de empezar y Fernández y su marido habína abierto el bar poco antes de que Ana llegara al vecindario. Él, Ángel Díaz, fue campeón de España de tiro con arco en 1977 y entrenador del equipo femenino de la selección española en las Olimpiadas del 92. La hija de ambos, Silvia Díaz Fernández, siguió los pasos de su padre. Parte de la decoración de la sidrería recuerda aquellos tiempos.

Cuenta Ana que 'Casa Mari', como llama cariñosamente al local, es «de esos sitios a los que acudir si te pasa algo porque sabes que siempre va a haber alguien que te eche una mano». Alaba el «trato familiar y cercano» de sus responsables y habla del «ambiente variopinto». Ella encuentra a estudiantes, a alumnos, a profesores, a hosteleros, a colegiales y a paisanos con los que «coges cierta conversación con los años». Para Ana es «un bar muy peculiar, de los pocos que se encuentran», o al menos entre los que ella conoce. Se describe como «un animal de costumbres» y quien quiera verla puede encontrarla en La Estación, la sidrería Villaviciosa, Cundo o Diario Roma. Eso cuando está fuera de los colegios mayores o de la facultad, donde imparte Desarrollo humano a los alumnos de primer curso y Desarrollo cognitivo a los de máster.

Su jornada laboral comienza sobre las nueve en los colegios mayores que dirige desde hace tres años. «Al principio da un poco de vértigo pero poco a poco...». Pensando lo que ha vivido en este tiempo agradece a los colegiales que sean tan «responsables y nobles», y a Julio Pardo y a Marcial Fernández, que le enseñaran el funcionamiento de los colegios, algo mucho más «humano que administrativo». En alguno de ellos suele comer si no tiene tiempo para ir a casa, y de ahí va a la facultad con sus alumnos. No vive en el colegio, como suelen hacer los directores. Considera que ya no es necesario. Dirige el San Gregorio, el América y la residencia de Mieres, y acaba de ser nombrada miembro del Consejo Rector de colegios mayores a nivel nacional.

Entre los dos primeros suman 182 colegiales. No son más porque no hay más plazas. Quedaron fuera 80 solicitudes «y siguen llegando». Los últimos, los del reinaugurado América. Los colegiales del año pasado son ahora veteranos (no consiguen ese grado normalmente hasta su tercer año). Solo hay 18 nuevos y los mayores los han «acogido» para que se sientan como en casa.

Bernardo conoce ahora cómo es la vida en los colegios mayores y confiesa que si tuviera que estudiar otra vez viviría en uno. Tuvo la ocasión de hacerlo en distintas estancias en el extranjero, en Argentina, Bolivia o Italia, y cuenta que, aunque llegas solo, «conoces gente» y eso «cuando estás lejos de casa es muy agradecido». Habla de los amigos que ha hecho y de la compañía que recibió y de que «quien no ha vivido en uno no sabe cómo es», una frase que siempre repiten quienes lo hicieron cuando tratan de explicar la experiencia.

Está satisfecha de haber tenido la oportunidad de conocerlo de cerca, aunque no sabe el tiempo que le quedará. El año que viene hay elecciones al rectorado y su cargo dependerá del nuevo equipo. Si lo deja, «seguiré yendo a las fiestas», dice pensando en que los estudiantes la invitarán.

«Me llevo muchos amigos de todos los sitios y creo que eso es lo importante», reflexiona ante un café sentada en la terraza de la sidrería que ha elegido como su rincón, a la que lleva a sus amigos y en la que ha hecho otros, tratando de buscar una explicación junto con la dueña de cómo La Estación ha conseguido crear y mantener ese ambiente que a Ana tanto le gusta.