«Alcohólicos Anónimos me salvó la vida, me dio una forma de vivir distinta»
La comunidad de Oviedo, que cumple 58 años y atrae cada vez a más mujeres, celebrará el día 15 una reunión abierta en el Calatrava
'Admitimos que éramos impotentes ante el alcohol, que nuestras vidas se habían vuelto ingobernables'. Este es el primer paso de Alcohólicos Anónimos, una ... organización que cumple en Oviedo 58 años y que, por este motivo, celebrará en el Palacio de Congresos y Exposiciones, en la sala 1, una reunión abierta de información pública para presentar su programa de recuperación. Será el próximo domingo 15 de noviembre, a las 18 horas.
Acumula ya casi seis décadas ayudando a quien tiene problemas con el alcohol y decide cruzar sus puertas. En los últimos años, cada vez lo hacen más mujeres «porque hoy tienen la misma forma de beber» que los varones, explica un miembro, «y gente mucho más joven, tanto hombres como mujeres». La familia de Alcohólicos Anónimos está unida en la enfermedad –el alcoholismo es una enfermedad reconocida por la OMS–, que «tú detienes mientras no bebas». El único requisito para ser miembro es «el deseo de dejar la bebida».
Como «no hay una respuesta de por qué uno es alcohólico y a unos les toca y a otros no», el perfil es «variopinto» porque «el alcohol no distingue». De hecho, los fundadores de Alcohólicos Anónimos, en Akron –Estados Unidos– fueron un cirujano que ya no podía operar por el temblor de sus manos y un corredor de bolsa ahogado en la bebida y en la ruina. Corría el año 1935. Desde entonces, incontables alcohólicos se han rehabilitado.
También, por supuesto, en Oviedo. Ahora funcionan cinco grupos, con una media de diez o doce personas, que celebran reuniones todas las semanas en diversas localizaciones de la ciudad, desde La Corredoria al Oviedo Antiguo pasando por el centro. En todo el Principado de Asturias, los grupos ascienden a 28, cuatro de ellos se desarrollan en la cárcel.
Alcohólicos Anónimos es una comunidad independiente que se automantiene porque no acepta financiación ni pública ni privada, lo que se traduce en libertad. «En las reuniones se pasa una bolsa opaca en la que metes la mano, con el puño cerrado, para que nadie vea si metes un billete o un céntimo».
Y libertad es lo que siente cualquier miembro de Alcohólicos Anónimos, porque nadie le obliga a entrar, nadie le obliga a mantenerse en el tiempo y sólo existe «un respeto total a cada persona cuando habla». Los demás escuchan, callan y no juzgan ni, por ejemplo, en el hipotético caso de que haya llegado oliendo a alcohol y mantenga no haber bebido. «No nos entrometemos jamás». Son sesiones terapéuticas sin terapeuta, compatibles con la medicina.
En Alcohólicos Anónimos no hay jefes, no hay cargos, y sí gente que colabora, que hace «servicios» que acaban siempre rotando para evitar cualquier atisbo de manipulación. «Yo estoy ahora mismo ayudando al grupo», explica una representante que se autodefine como «alcohólica», aunque lleva décadas sin probar una gota. «Continúo en Alcohólicos Anónimos porque me viene muy bien escuchar las experiencias de los recién llegados y también para ayudarles, darles lo que yo recibí cuando llegué: cariño, escucharles, guiarles, porque llegas muy perdido mentalmente. Yo me ayudo a mí y ellos a mí me están ayudando mucho, es una flecha de ida y vuelta, ellos me están recordando, si me olvido vuelvo a beber». Y tiene muy claro lo que pasaría: «El primer día controlas, el segundo..., pero el tercero estás igual que cuando entraste la primera vez aquí».
Deja claro –sobre todo frente a colectivos que surgen para desconcertar– que «nosotros no ganamos ni perdemos. Nosotros lo único que vendemos es lo que nos ha dado Alcohólicos Anónimos a nosotros. A mí me dio una estabilidad en la vida, una forma de vivir totalmente distinta a la que yo llevaba. Me salvó la vida».
Una mujer «inmadura» que llegó a planificar su suicidio
Ana lleva 36 años sin beber. Ya no lleva ni la cuenta y tiene que recordar la fecha. Ahora se la ve una mujer con las ideas claras, que no edulcora los años de horror que vivió bajo el yugo del alcohol, de los que ha salido gracias a Alcohólicos Anónimos, que también le proporcionó amor porque conoció a su segundo marido tratando de ayudar a otros alcohólicos, una labor en la que sigue con todo su empeño. «Yo llegué a Alcohólicos Anónimos a los 33 años», o lo que es lo mismo: «A los 33 años dejé de beber». «Mi inmadurez a la hora de afrontar la vida» le condujo al alcohol, dice.
En tiempos de facultad, empezó a coquetear con la bebida «porque todos bebían, por no ser distinta». Controló «unos años», pero la situación empeoró al contraer matrimonio con «un maltratador». «Mi mente estaba muy tocada, así que empecé a beber en condiciones. En casa. Podía estar medio año sin beber, pero el día que empezaba lo hacía hasta que perdía el conocimiento», advierte. Los periodos se fueron acortando «hasta que llegó un momento en que yo necesitaba beber todos los días, incluso cuando me levantaba para quitar los temblores que tenía en las manos porque me resultaba imposible sujetar la taza del café del desayuno». «Mi entorno familiar y mis hijos sufrieron muchísimo pero el alcohólico sufre mucho también. Yo sufrí mucho bebiendo».
Aunque se hacía la promesa debida, recaía. «Al día siguiente estaba igual, tirada en el sofá con la gran borrachera. Yo me sentía culpable, no tenía ninguna autoestima, me daba todo igual, incluso planifiqué el suicidio, pensaba: 'me quito de en medio y así acabo con todo'». «No veía ninguna salida, hasta que hablé con dos mujeres de Alcohólicos Anónimos», derivada por un psiquiatra.
Llegó la luz, su segunda oportunidad, porque «¿con quién te abres? Con otro alcohólico, las emociones son muy parejas, esos sentimientos de culpa, esa falta de autoestima, esa carencia de humildad, ese orgullo absurdo... Me salvó la vida Alcohólicos Anónimos».
Un hombre con problemas que no quería saber nada del mundo
A Pablo la vida se le torció en «un momento determinado». Hasta ese preciso instante, «tenía el hábito de beber después de salir del trabajo», nada que le preocupara. Cuando las circunstancias no vinieron de cara «me entra no diría que una depresión, pero sí una frustración importante». Así «ese hábito que tenía de beber», incide en la palabra, «se fue agrandando».
De beber por las tardes tras el trabajo, «pasé a beber durante los mediodías y después se amplió a las mañanas». Al igual que Ana, sin ocultar ningún detalle de su historia, recordó: «Bebía desorbitadamente, grandes cantidades», y todo era «para olvidarme de la situación que estaba pasando». Su familia, ante esta realidad, le dio un ultimátum: «O cambias o puerta». En ese momento, «no hubo puerta, pero la hubo después por desavenencias».
La vida le cambió, le dio otra oportunidad, cuando entró en Alcohólicos Anónimos. Era 1996. Ahora ayuda a otros alcohólicos a salir de situaciones tan horribles como las que él padeció. «Yo bebía desde los 18 años, pero la última etapa fuerte fueron diez años». Un dato importante porque, al principio, él fechaba en «cuatro años» la peor parte de su alcoholismo, pero certificó que se había prolongado una década, una década que vivió, probablemente, sumido en una nebulosa. «Yo no quería saber nada del mundo» y, por ello, «cada vez que recibía cartas las metía en el capó del coche».
El día que ya estaba en Alcohólicos Anónimos «me dije: voy afrontar el monstruo que está en el capó, empecé a sacar cartas, estaban sin abrir, y empecé a ver las fechas. Era 1996 y había cartas de 1985». Un dato revelador, demoledor, porque «lo que yo decía que eran cuatro años habían sido diez, como mínimo, en los que el alcoholismo era patente en mi vida, aunque yo lo limitaba a que tenía problemillas».
La vida atado al alcohol es, para Pablo, recuerdo ya de un pasado al que no quiere volver. En Alcohólicos Anónimos combatió a aquel monstruo que escondía en el capó de su coche, y encontró el amor.
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