«El SIDA fue tremendo, los rapaces morían en la cárcel, las familias no los querían»

Sor Esperanza remueve un cocido en la Cocina Económica. /MARIO ROJAS
Sor Esperanza remueve un cocido en la Cocina Económica. / MARIO ROJAS

«Cuando pasamos a la democracia queríamos más igualdad, más fraternidad. Nos hemos hecho más inhumanos, crecieron las diferencias»

DANIEL LUMBRERASOVIEDO.

La hija de la Caridad sor Esperanza Romero (Sagallos, Zamora, 1943), encargada desde hace siete años de la Cocina Económica, es de las que prefiere no darse importancia. Accede, no obstante, con una gran sonrisa a relatar su vida.

¿Cómo se convirtió en monja?

–Viví en el pueblo hasta los 20 años. Era aquella época en la que se emigraba, ya nadie quería estar allí relegado a hacer lo que se hizo siempre. Éramos cuatro hermanos, yo era la mayor. Mis padres no me dejaban, pero dije: Si no me dejan, escapo (ríe). Tenía un tío que se había ido al País Vasco y allí me fui. Estuve trabajando en una fábrica.

No le vino desde el principio.

–No, ni mucho menos. En el grupo de amigas una tenía relación con las monjas y empezamos a ir por allí. Entonces, me planteé la vocación. Tenía pretendientes, pero no era capaz de dejarlo todo por alguien. Había una tía monja que estaba en Gijón, en el San Vicente. Me vine a El Entrego con una superiora que conocía a la familia. Allí estuve un año y empecé a estudiar, me gustaba.

¿Había un seminario?

–No, el colegio de la Sagrada Familia. Ya tenía 25 años y fui al noviciado en Gijón, en el Patronato San José. Nacimos para andar por la calle, para atender a los pobres, y nos recalcaron que no éramos religiosas, porque en aquella época se las encerraba. Después se está un tiempo de prueba, estuve en la escuela de La Milagrosa. Pero a mí me gustaba la enfermería.

¿Fue a la universidad?

–En aquella época estaba en el hospital. Estuve un año en una residencia de ancianos en Galicia. Después me vine a Oviedo, el primer año en el colegio de El Cristo y al año siguiente empecé Enfermería en el Hospital General de Asturias. Acabé y me mandaron para Santiago, pero Galicia no me iba mucho (ríe). Añoraba mucho el hospital, porque en aquella época era pionero. Se hacía la medicina mejor que ahora, a niveles humanos. Cuando voy a Urgencias ahora, digo: esto ni se parece. Me da pena.

¿Había un trato más familiar?

–Más personal, e incluso más científico. Se hablaba más. ¡Menudas historias (clínicas) se hacían antes a los enfermos! Después fui al Sanatorio Girón. Allí me encontré con gente muy luchadora. Había médicos que hacían la mili y practicaban.

¿Recuerda a alguno?

–Augusto, neurólogo, no recuerdo el apellido. Ya se jubiló. Era de decir: ‘Si me necesitas a cualquier hora para un enfermo, me llamas’. Otro, el doctor Viña, neumólogo. Esos destacaban. Era la época en la que pasamos de la dictadura a la democracia y éramos todos un poco revolucionarios. Seguimos luchando en esa línea, y uno dice: Qué poco hemos avanzado.

¿Qué revolución querían?

–Más fraternidad, más igualdad. Que todo el mundo fuese tratado bien y que no hubiera esos clasismos que, por desgracia siguen hoy. Nos hemos hecho más inhumanos, han crecido las diferencias.

¿Quizá ha habido un progreso tecnológico, pero no social?

–Quizá sí. La técnica no se ha sabido encajar y la gente que trabaja en ese campo echa de menos aquella época. Después del Girón me fui a Cabueñes. Era una planta, Medicina Interna, en la que había gente muy buena. Pero a veces la gente comprometida tiene problemas. Un adjunto puso un letrero: ‘El que sabe, sabe, y el que no, es jefe’. Con eso ya digo bastante.

¿Trabajaba mucho?

–Había noches en las que llevabas un bocadillo y no tenías tiempo de comerlo. Entrabas a las diez y salías a las ocho de la mañana, y no parabas ni un minuto. Otros días sí, depende. Tengo muy buenos recuerdos. Después la comunidad salió a vivir fuera del hospital.

¿Entre tanto, había profesado?

–Sí, salíamos por Gijón a ayudar. Había un barrio de chabolas, la Cábila, en la que una señora a la que se le atendió dejó un piso, y colaboraba con una compañera. Se tuvo que ir por un problema familiar. Pedí la excedencia de enfermería y me quedé en los pisos. Con un coche llevabas a lavar la ropa de un piso a otro. Teníamos personal, pero a veces tenías que quedarte. Solía dormir encima de la parroquia del Buen Pastor. Fue una época donde hice de todo. Ahí se me planteó otro problema: mis padres estaban solos en el pueblo y se habían puesto malos. Mis hermanos estaban fuera...

Y los cuidó hasta el final.

–Estuve en el pueblo hasta que murió mi padre, nueve años. Me lo volví a plantear, ya mi madre no estaba bien. Lo expuse a la congregación. Fui para León, a una residencia de ancianos, con ella. A la vez, llevaba la enfermería de la residencia.

¿Siempre rodeada de pobreza, nunca flaqueó en la fe?

–(Con voz suave). No, la fe nunca me falló. Fue mi motor. Que a veces me rebelara contra los superiores... Pero la fe Dios siempre me la concedió.

¿Y después de León?

–Me vine para Siloé. Estando en Gijón, me preguntaron si sabía de alguien que quisiera ir a la pastoral penitenciaria, en El Coto. Y me metí también. Íbamos con José Antonio García Santa Clara.

Así que se fue a la cárcel.

–Sí, era la época en la que morían los rapaces. Empezó el SIDA, se pinchaban todos con la misma aguja y se contagiaban. Chavales de familias conocidas, de El Llano...

¿Fue el momento más difícil?

–No, fue estar a su lado y hacer algo por ellos. Íbamos los domingos y empecé a ir más días, me decían: ‘Por lo menos podemos hablar de otra cosa’. En aquellos patios, todo el día, dando vueltas... Fue tremendo. A Santa le pidieron que hiciera algo para sacarlos porque se morían en la cárcel, las familias no los querían. Empezaron a buscar una casa y la congregación colaboró. Estuve en Mareo hasta que me jubilé, luego vine aquí.

Así que llegó a la Cocina jubilada.

–A los 67. Son las necesidades. Cuando me jubile, pensaba, voy a tener tiempo para leer. Pero me pongo y me da sueño. Ahora procuro coger por lo menos la tarde del domingo, desaparezco y si hace bueno marcho al monte, a caminar.

¿Cómo es un día normal aquí?

–Nos levantamos a las seis y media. Oración, Eucaristía. A las nueve desayunamos y bajamos a las cosas que hay que hacer; a veces te llaman antes. Vivimos aquí y tenemos un servicio permanente. A veces un domingo, te vienen a pedir un bocadillo fuera de horas... Estás siempre cerca de los descartados de la sociedad.

¿Qué le ha impresionado más?

–Aprendí a darme cuenta de que la fuerza no viene de ti, viene de la fe que Dios te envía y no puedes decir que no. Eres una enviada.

¿Cómo está la comunidad?

–Bien, las hermanas están contentas. Son mayores pero se sienten aceptadas. Somos siete.

¿Hay relevo?

–Sí, alguna hay. Cuando vine era la más joven, ahora hay dos más, aunque sean jubiladas.

¿Acude más gente a la Cocina?

–Desde que estoy ha habido picos. A lo mejor ha subido un poco. La situación no mejora, se ve. No puede mejorar si no hay trabajo.

¿Cambió el perfil de usuario?

–Está viniendo gente más normalizada, que al quedarse en paro o con pensiones muy pequeñas, no les llega para pagar el piso y comer. Y siempre viene la gente con adicciones y enfermos psíquicos.

¿Cómo están de voluntarios y de donantes?

–Muy bien, ha mejorado. Las donaciones, más en alimentos que en lo económico. Intentamos mantener unos cien voluntarios.

¿Son generosos los ovetenses?

–Mucho. Oviedo se vuelca, incluso gente humilde. Alimerka dona tanto que tenemos que repartir.

¿Sufren el botellón?

–Sí, las hermanas que duermen del lado de la calle. Es un dolor que la gente se destruya de esa manera. Una parte acaban como los de aquí. En El Coto aprendí mucho, abrían el economato y comprabar para beber. Les dije: ¿Tenéis para todos los vicios? Me acuerdo de cuando empezaban a fumar las chicas y yo también. Me dije: ¿Vas a pasarlo mal por presumir? Y se acabó. El sentido crítico nos ha hecho más libres, siempre amé la libertad.

¿Se arrepiente de algo?

–No, porque lo mejor nunca lo sabes, y lo mejor es lo que tienes.

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