«Teníamos que ganar como mínimo 200 euros al día; si no, te pegaban palizas»

Los acusados durante los instantes iniciales de la vista oral ante la sección Segunda de la Audiencia Provincial. / ALEX PIÑA

Dos de las acusadas y víctimas señalan a los Sandulache como los «jefes» de la red de prostitución

JUAN CARLOS ABAD OVIEDO.

Las dos acusadas de trata de personas, para las que la Fiscalía pide penas de ocho años de cárcel por cada uno de los once delitos que se les imputan, tuvieron que revivir ayer, en su doble condición de víctimas, el horror de declarar delante de los dos hermanos cabecillas del clan de los Sandulache. Fue en la primera jornada de la segunda edición del juicio, porque el pasado febrero la sala de la Sección Segunda de la Audiencia Provincial anuló el proceso contra la organización criminal por un error en la composición del tribunal que había pasado inadvertido durante las cuatro primeras vistas. Los abogados de los principales acusados dejaron pasar durante aquellos días el tiempo para, en la quinta jornada, advertir que en la mesa se sentaba un magistrado titular junto a dos suplentes cuando la ley solo permite uno.

Sobre las dos acusadas, de nacionalidad rumana, recae, según el escrito de acusación, la responsabilidad de controlar al resto de mujeres en sus actividades de alterne mediante comunicación directa con los hermanos. Pero eso no las libró de las palizas, ni de prostituirse bajo amenazas, ni de abortar bajo coacciones, como declararon ayer en sala.

La última en hacerlo llegó a Oviedo desde el país dacio como novia de uno de los hermanos Sandulache bajo la promesa de «trabajar y formar una familia» pero pronto se convirtió en esclava. «La hermana de los Sandulache me enseñó el oficio», declaró entre temblores y sollozos presa del nerviosismo. «Teníamos que ganar como mínimo 200 euros al día; si no, te pegaban palizas», añadió.

En su recuerdo de los hechos, por los que llegaron a estar en prisión, explicaron cómo «la casa era un campo de batalla, entraba quien quería y salía quien podía», y indicaron que «los jefes eran los hermanos».

Solo a la salida de prisión y tras hablar con un cliente decidieron cambiar su declaración presas del miedo y ante las amenazas, presentando un escrito al juzgado que alteraba su versión inicial. Todo cuando las escenas dentro de los diferentes pisos en los que residieron se habían repetido sin solución de continuidad. «Si tenía que ser un perro y andar a cuatro patas, lo hacía», explicó la segunda de las mujeres que, sin embargo, fue la primera en llegar a España: «Yo era la primera en la fila, recibía por la mañana y al llegar a casa».

Ambas se vieron forzadas a abortar al cuarto mes de embarazo. «Me pagó con 800 euros para que abortara», indicó la primera en declarar. También negó saber cuánto adeudaba al clan por su venida a España. Su imputación se debe, en gran medida, por su presunto papel como controladoras de las once víctimas y también porque su nombre era usado como vehículo para enviar transferencias a Rumanía. «Estoy aquí que no estoy», finalizó su declaración.

La segunda mujer también se vio forzada a abortar y pese a que afirmó que su embarazo era fruto de su relación con Cristian, el jefe de la banda, «Sebastián me decía que era hijo de Jesús o José, nombres españoles» y que le «llegó a pegar estando embarazada». Afirmó, también, que trató de suicidarse varias veces y que, en su trabajo en los clubes «teníamos que hacer de todo con y sin condón y por todos los lados». Los clientes «no tenían que ser guapos porque decían que teníamos orgasmos y eso nos quitaba las ganas de trabajar».

La catana y los billetes

El punto más álgido del clima de sordidez y violencia en el que afirmaron habían estado viviendo en Oviedo lo alcanzaron al relatar cómo a una de las mujeres la encerraron en la cocina para herirle en el brazo con una catana. «Se enteró de que había estado en un reservado con un cliente tomando copas en vez de estar en la habitación», indicaron cada una en su declaración. «La encerró en la cocina y escuché el grito de ella», apuntó la segunda en declarar.

Del control férreo que los Sandulache ejercían mientras ellas estaban en los clubes explicaron que, al comienzo, iban sin documentación pero que cuando comenzó a haber redadas nos las devolvieron. «Una noche les contesté que las chicas estaban trabajando bien pero aparecieron y estaban todas sentadas», indicó. Como represalia, les obligaron a comer billetes con agua: «La próxima vez, monedas», las amenazaron.

Los hermanos lo niegan

Los dos hermanos Sandulache, Cristian y Sebastián, negaron cualquier vinculación con la trata de personas, los clubes de alterne y la compra de vehículos de alta gama así como de los envíos de dinero a Rumanía. Antes habían tratado de dilatar, una vez más, el proceso. Cristian, que renunció a su abogado en las últimas fechas, intentó que la presidenta de la sala, María Luisa Barrio, aplazara la vista en vez de continuarla con la letrada de oficio.

Ambos hermanos afirmaron ser trabajadores, bien en la construcción bien en la hostelería. Simples albañiles sobre los que pesan 128 años de cárcel por prostitución coactiva, lesiones graves y blanqueo de capitales.

También depusieron otros dos compatriotas. Uno de ellos con collarín. Una de las mujeres afirmó que, en último término, también habría ayudado a las mujeres a huir. El juicio continúa hoy y mañana con las declaraciones de las testigos y los agentes que investigaron.

Más

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos