Multitudinario adiós al ingeniero Silverio Castro, «el impulsor del golf en Asturias»

La familia Castro Campa, en la basílica de San Juan El Real, durante el funeral por el exdecano de los ingenieros, Silverio Castro. /  ALEX PIÑA
La familia Castro Campa, en la basílica de San Juan El Real, durante el funeral por el exdecano de los ingenieros, Silverio Castro. / ALEX PIÑA

El párroco de San Félix de Lugones, Joaquín Manuel Serrano, oficia el funeral por el exdecano de los ingenieros que presidió La Barganiza veinte años

ALBERTO ARCEOVIEDO.

Un adiós concurrido. Más de quinientas personas acudieron ayer a la basílica de San Juan el Real para despedir al exdecano del Ilustre Colegio de Ingenieros de Minas del Noroeste y presidente durante más de veinte años del Real Club de Golf de La Barganiza, Silverio Castro García, natural de Malleza (Salas), que falleció durante la madrugada del martes en el HUCA a los 78 años de edad tras una intensa lucha contra un grave proceso degenerativo.

Un funeral que estuvo presidido, debido a su cercanía a la familia Castro Campa, por el párroco de la iglesia de San Félix de Lugones, Joaquín Manuel Serrano Vila.

La ceremonia, noble (Silverio Castro era Caballero de Yuste) y emotiva, comenzó entre lágrimas. Sus nietos fueron los encargados de portar las cenizas desde el coche fúnebre hasta el altar, donde reposaba un único ramo de flores blancas. El finado lo quiso así, no se admitieron más arreglos ni coronas. Mientras tanto, su mujer, Marisa Campa Vigil; y sus tres hijos, Fernando, Carlos y Cristina, aguardaban en el primer banco. Todo culminó en un nicho de la capilla San José de la basílica.

No cabía un alfiler, los bancos estaban completamente repletos y los menos previsores tuvieron que quedarse de pie en la parte trasera de la cruz latina. «La cantidad de gente que ha venido a la basílica a despedir a mi padre es el mejor reflejo de cómo era él, sobran las palabras», afirmó compungido, en declaraciones a este diario, su hijo mayor, Fernando Castro Campa.

La homilía del párroco fue cercana, casi familiar. «Esta estirpe de personas de la más alta relevancia en los ámbitos de la política, el desarrollo industrial y el deporte, han hecho de Oviedo una ciudad muy noble. Sus nietos, que ahora lloran, deberán ser optimistas, pues Silverio consagró su vida también a la práctica del deporte desde sus múltiples cargos y distinciones», señaló Serrano Vila. «Era ingeniero de Minas, no faltó ante Santa Bárbara en ninguna ocasión», matizó.

Por eso, no pudieron faltar allí los que aún aman lo que el amó, el golf, entre los asistentes. Lo recordaron, entre otros, Fernando Álvarez-Lafuente, actual presidente de La Barganiza, que lloró la pena en compañía de los familiares y amigos de Silverio Castro. «Era un hombre serio y responsable de sus actos, daba la sensación de estar formado en todo. Fue el impulsor del golf en Asturias», detalló. «Al final, asumió la enfermedad con una dignidad entrañable», relató el presidente del club.

«'Morir solo es morir. Morir se acaba'», fue uno de los versos del padre Descalzo que recitó el párroco minutos antes del final.