Todos querían a 'Pepe, el de El Tizón'

San Juan el Real, repleta durante el funeral de 'Pepe', con su familia en primer término. / ÁLEX PIÑA
San Juan el Real, repleta durante el funeral de 'Pepe', con su familia en primer término. / ÁLEX PIÑA

Cientos de personas despiden al popular hostelero en San Juan el Real | Compañeros y clientes llenaron la basílica en el funeral del conocido restaurador, fallecido el martes a los 68 años tras una larga enfermedad

DANIEL LUMBRERAS OVIEDO.

Es tanta la gente que quería a 'Pepe, el de 'El Tizón' que ayer lo acompañaron dos coches fúnebres: uno con su féretro y otro para dar cabida a la multitud de coronas que no cabían en el primero. Cientos de personas, varias de ellas quedándose de pie, llenaron la basílica de San Juan el Real para dar su último adiós a José Manuel Gómez, fallecido el pasado martes a los 68 años tras una larga batalla contra el cáncer. Amigos, familiares, hosteleros y empleados, visiblemente empleados, desafiaron a la tormenta para acudir a la ceremonia, aún sin asimilar la marcha de 'Pepe'.

El párroco, Javier Suárez, pronunció una larga homilía por «alguien a quien conocíamos y apreciábamos». «Era un hombre trabajador, servidor, emprendedor. Labró un estilo en la hostelería ovetense. Podía parecer un poco brusco, pero tenía un gran corazón», lo describió. La mejor forma de definirlo era el mensaje que le escribió un empleado de 'Pepe': «Ha muerto mi jefe, se va una gran persona».

Suárez reveló que Gómez «era religioso, aunque no lo parecía». Era habitual verlo «discretamente atrás» en la basílica, en funerales de otros compañeros, como Vicente Lorenzo, y peregrinó con la parroquia a Tierra Santa. El párroco también relató cómo que la semana pasada interrumpió una peregrinación diocesana a Covadonga para administrarle la extremaunción a 'Pepe' en la clínica en la que se encontraba: «Le pregunté si sabía quién era yo. Abrió los ojos y dijo: '¿Cómo no te voy a conocer? Eres el cura'».

Hasta el templo se acercaron muchos miembros del asociacionismo hostelero, como José Luis Álvarez Almeida, de la patronal asturiana Otea, o Alfredo García Quintana, vicepresidente de la federación nacional. Francisco Colunga, presidente de la Asociación de Sidrerías de Gascona, recordó así a Gómez: «Una persona excelente, hombre de raza y buen hostelero. Toda nuestra relación fue de amistad y colaboración».

«Supo convertirse en un referente en Oviedo, lo cual es un orgullo. Consiguió hacerse a sí mismo», lo alabó Pepe Díaz, presidente de la asociación Hostelería de Asturias, antecesora de Otea, que tuvo a 'Pepe' como directivo. También destacó que era «carismático» y siempre tenía un consejo para los compañeros.

Con gran cariño, el pintor Manolo Linares, cliente suyo, evocó cómo atendía a los clientes «con mucha espontaneidad», pero siempre con «un corazón de oro». En una ocasión, fue a comer un hombre que padecía la misma enfermedad que Gómez, que se compadeció de él. Luego diría, preocupado: «Creo que estoy muy mal, porque 'Pepe' no me ha insultado». A los pocos días, se llevó un improperio y tan feliz.

'Pepe', que empezó joven en la profesión, se trasladó a la ciudad con 13 años. Hizo sus pinitos como camarero en establecimientos célebres de los sesenta, como La Quirosana, El Cabo Peñas o La Paloma,. Más tarde, en 1980, abrió su primer restaurante, La Gran Tasca. Cinco años después, en la calle Caveda, apareció el local que lo haría célebre, El Tizón.

Gómez era defensor de la cocina de siempre, «la de la abuela», con platos como el pescado del Cantábrico, la tortilla o el cocido, y de una plantilla muy cualificada. Consideraba que lo tradicional «está cada vez más de moda», pero a los problemas de las comunicaciones en la región se sumaba la mala promoción: «Tenemos comida muy buena que no sabemos vender».

Gómez deja viuda, Dory Peláez, y dos hijos que continúan su legado, Daniel y Beatriz, además de dos nietos. Tras el funeral, los restos mortales de Gómez fueron incinerados.

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