Cinco horas en la Asturias subterránea

Vistantes en la mina. /
Vistantes en la mina.

El único pozo minero abierto al público de Europa está aquí; recorrerlo es una aventura

RAMÓN MUÑIZGijón

Si recorre todas las carreteras de Asturias viajará por 5.040 kilómetros conocidos, de Bustio al Eo, de Gijón a Pajares. Bajo tierra existe una red de parecida dimensión. Son los más de 3.000 kilómetros de galerías que gestiona Hunosa, a profundidades de hasta 1.000 metros. Los pasillos, ganados a golpe de martillo, rozadora y barreno, dieron el carbón que alimentó industria, historia y mitología. La hullera está obligada a mantenerlos en pie para evitar el desastre. Hecho el gasto en bombas, ventilación y jaulas, la presidenta de la sociedad, María Teresa Mallada, ha resuelto sacarle partido. Asturias dispone desde esta semana de un pozo, el Sotón, abierto a visitas. En la empresa dicen que es el único «en toda Europa».

Quien acepte el reto, se encontrará a sí mismo enfundado en un mono de trabajo, sosteniendo un martillo neumático para arrebatarle al frente un trozo de brillante carbón. A ratos respirará entre polvo, oscuridad y charcos, percibiendo cambios de corriente y temperatura. Tocará los costillares de una mesilla y conocerá de primera mano los distintos métodos para obtener el deseado mineral.

Su extracción cesó el 31 de diciembre y hoy las galerías sirven como auxilio a la explotación María Luisa. En atención a los visitantes las cosas se han dejado como estaban. Las calles parecen el escenario de una guerra sin acabar, todo vías, talleres de trabajo, vagonetas, alguna botella de plástico abandonada, mensajes en tiza de un compañero burlándose de otro.

La aventura dura cinco horas y cinco kilómetros. Una brigada de seis mineros ejercen de guías, cuidadores, compañeros de viaje. No es apta la inspección para menores de edad y se desaconseja a quien tenga sobrepeso, problemas de corazón o asma agudo. El precio de la entrada, de 48 euros, se fijó tras comprobar las tarifas de tours como el del Santiago Bernabeu (19 euros por hora y media), el Camp Nou (23) o las rutas de espeleología en Picos de Europa.

Todo comienza con un formulario de reserva. Hunosa programa una visita al día, de lunes a viernes, en grupos de un máximo de 10 turistas. Quien logra un hueco, se encontrará entre las 8.30 y las 9 horas de la mañana en los vestuarios, desnudándose de lo cotidiano, dejando móvil y todo aparato eléctrico. Comienza ahí su reconversión. Calcetines, ropa interior, camiseta, mono azul y naranja, y un cinturón de cuero de cuyas cinchas penderá el equipo autónomo de respiración. Las botas de agua de caña larga imponen otro paso. En el casco hay que acoplar las lámparas de interior, manufacturadas en Gijón por Adaro, única luz con la que enfrentarse a una oscuridad totalitaria.

José Ángel Huergo y Francisco Cabal, dos de los mineros-guía, echarán la vista atrás. Dirán que «en 1972 Carlos IV envió a la zona al ingeniero de la armada, Fernando Casado, en busca de yacimientos». Que el inglés Guillermo Patington, fundador de la primera compañía de gas de Madrid, inició las minas Santa Ana. Que la explotación alimentó primero los hornos de Duro yque desde 1967 Hunosa tiene el control de un laberinto que llegó a contar con 1.550 trabajadores al día.

El forastero sabrá que el pozo tiene 140 kilómetros en diez plantas y una subplanta. Su cota mínima está a 695 metros del suelo, y si uno se imagina todos esos pasillos en superficie «resulta que sólo existiría un rascacielos más alto en todo el mundo, en Dubai».

Hechas las presentaciones, Luis Pedro Jurado contará que la mina tuvo una vez a un noble infiltrado, Carlos Hugo, quien para conocer la pujanza del movimiento carlista se enroló bajo el nombre de Javier Ipiña. Informará de cuál era su número de lámpara y qué visitante lo ha heredado ese día.

La primera hora se consume entre antecedentes y el reconocimiento del edificio de la Sala de Máquinas, declarado Bien de Interés Cultural. Es un lugar crítico, que alimenta de electricidad y aire comprimido a toda la explotación.Jurado instruirá en los dos castilletes metálicos, de 33 metros; carecen de soldaduras y fueron ensamblados a base de roblones, «como Eiffel hizo luego una torre conocida de París».

Son los últimos minutos de luz natural antes de adentrarse en la jaula Sotrondio, donde los guías detallan la disputa que se vivía por cada centímetro de ascensor al final de turno. La octava planta recibe al extraño con una galería de embarque de 4,90 metros de ancho por 3,3 de alto. Una transición para lo que llegará de inmediato.

Un pequeño agujero en el suelo.Un cartel que indica que por ahí se baja a las plantas novena y décima. Esas son las únicas pistas que encuentra el visitante de La Jota, chimenea semivertical, excavada manualmente y posteada con sólo maderas. «Procurad siempre mantener tres apoyos», advierte Rogelio Megido, dejando abierta la combinación a la que recurrir. Hay puntos donde la sección es inferior al metro cuadrado y avanzar obliga a mover astillas y polvo sobre el casco del predecesor. Son los 20 minutos más exigentes de la visita, un bautismo de mina que los guías refuerzan proponiendo apagar todas las lámparas.

El primer segundo es para el silencio, la respiración, los latidos. El siguiente se inunda de respeto. «Esto no es un museo», advierten los mineros. A 556 metros de profundidad, dependiendo por completo del compañero y la lámpara, uno empieza a comprender...