Carmelo Gómez: «Me puedo retirar con orgullo y placer»

Carmelo Gómez: «Me puedo retirar con orgullo y placer»
El actor Carmelo Gómez. / JORDI ALEMANY

El actor leonés, que llega hoy al Palacio Valdés junto a Ana Torrent y con un texto de Alberto Conejero, dirá pronto adiós a las tablas

MARIFÉ ANTUÑA

Está de nuevo sobre las tablas. Pero quienes acudan a ver a Carmelo Gómez (Sahagún, León, 1962) esta noche al Palacio Valdés de Avilés dar vida a Samuel en 'Todas las noches de un día', deben gozar a fondo de esa presencia escénica, porque anuncia pronta retirada. Ana Torrent acompaña al ganador de dos Goya para dar vida a una dramaturgia de Alberto Conejero que es poesía y es thriller.

-Poética, policiaca... ¿Y qué más?

-La obra podría estar dentro de una especie de poética policiaca, pero no creo que sea lo más importante. El público necesita saber qué ésta ocurriendo, qué ha ocurrido, cuál es el pasado de ese tipo extraño. Todo ocurre en la memoria y el público vive un juego de tiempos, tratando de ubicarse. Es un thriller pero por encima de todo lo demás plantea una reflexión sobre la memoria, el recuerdo, los seres que evocamos.

-¿Exigente para el espectador?

-Sí, no es una función fácil, es muy poética, y el espectador está metido en resolver cuál es el enigna, todo está en el verbo. Exige del público contemporáneo, que no está demasiado acostumbrado a concentrarse, mucha atención, todos los detalles están plenos de información.

-¿Muy exigente para los actores?

-Para nosotros dos lo ha sido y lo sigue siendo. Hemos estrenado hace cuatro meses, llevamos ocho funciones o diez, estamos todavía cogiéndole el aire. En los ensayos, teníamos una idea del texto y ahora el público ha hecho su versión, nosotros sentimos la escucha, los silencios, las respiraciones.

-¿Ha cambiado tanto?

-Ha tenido que cambiar, pero no han sido demasiadas funciones, necesitamos tener una continuidad de semanas, ver con distintos públicos este mundo de silencio, evocaciones. Pero sí, también nosotros respiramos de forma diferente.

-¿El público resuelve algún enigma vital?

-Conejero, como tiene una gran influencia de Lorca, no acostumbra a resolver enigmas, plantea situaciones, da claves, pero no resuelve nada. El enigma de esta función es existencial, sobre la presencia ser humano en la Tierra, y lo pone en juego a través del mundo invernadero, donde las plantas encierran un refugio de valores: el sosiego, la necesidad de reflexión... Los dos personajes vuelven a la vida y la miran de cara para ver qué les pasa, qué les ha ocurrido, en ese descubrimiento de la existencia de cada uno hay tantos caminitos como ramitas tiene un árbol. En realidad se están constantemente evocando grandes enigmas de la vida.

-¿A usted le ha ayuda a resolver el enigma Samuel?

-Sí. Yo siempre hago una comparación entre el invernadero, un lugar que se cuida, paciente, tranquilo, de sembrar para recoger a largo plazo, un proyecto de generosidad total, y la escena. Yo convierto al teatro en el invernadero, y el público y yo somos parte de este mundo vegetal que tiene vida, raíces para agarrarse en la tierra. Todo este mundo de sielencio, de reflexión, de búsqueda de uno mismo es el teatro.

-¿Cómo respira el teatro?

-Ahora mismo todo ha cambiado y tenía que cambiar, no se puede soportar esta angostura en el mundo de la cultura y el espectáculo. Este ministro entró diciendo cosas que hasta ahora no se habían dicho, así que podría haber algún día una solución. Al teatro hay que meterle mano, sobre todo al teatro institucional. Hay gente colocada desde tiempos inmemoriales, directores, subdirectores, jefes técnicos... Eso produce casi siempre situaciones de gente que se endiosa y crea estructuras piramidales, y el teatro se ancla en el pago de favores, y no va hacia delante. Tenemos que llamar a un públicio nuevo, no puede seguir envejeciendo de esta manera. Tiene que entrar aire fresco. Hay que modernizarlo. Y tiene que haber una nueva mirada a través de la educación.

-Se le ve optimista.

-Estoy en ello, lo que había era horrible, y se ha ido.

-Dice que este papel le viene como anillo al dedo en este momento de su vida.

-Soy el jardinero que se retira a su jardín. Estoy en ese momento.

-¿Por qué quiere dejar de actuar?

-Siento que tengo que hacerlo ya. El momento más grandioso y sublime de un creador es cuando lo deja en lo más álgido. Uno es consciente de que ya está se ha hecho lo que se ha podido. Han sido momentos muy decepcionantes, no sé si tiene que ver con decepción, me siento agotado y no estoy feliz. Sin embargo, creo que tengo la posibilidad de dedicarme a la docencia. Pero no es esta la última obra. Aún así, no quiero estar en la calle, en la pelea. Me han llovido palos por todos lados, jarros enteros de leña. He hablado mucho y eso no se perdona.

-¿Se arrepiente?

-No me arrepiento. Me puedo retirar con orgullo, gusto y placer. Es un recorrido interesante y lo he hecho solo, con mis propias fuerzas.

-¿Alguna posibilidad de reconciliación con el cine?

-Cero. Ninguna, solo quizá si me ofrecieran un buen Quijote.

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