Fernández Villa, el eterno enfermo

José Ángel Fernández Villa, en abril de 2013, tras presentar su dimisión como secretario del SOMA. /
José Ángel Fernández Villa, en abril de 2013, tras presentar su dimisión como secretario del SOMA.

Versiones contradictorias siembran dudas sobre sus facultades mentales, que podrían eximirle de ser procesado por la denuncia de apropiación indebida interpuesta por el SOMA

ANA MORIYÓN OVIEDO.

La delicada salud de José Ángel Fernández Villa está acaparando todo el protagonismo en la instrucción de la querella que el SOMA ha presentado contra José Ángel Fernández por un presunto delito de apropiación indebida. La defensa puso sobre la mesa de la jueza Simonet Quelle Coto toda su artillería para tratar de evitar que el histórico dirigente sindical tuviera que personarse en el Juzgado de Instrucción número 2 de Oviedo para declarar como imputado, aduciendo motivos de salud y, como consecuencia de ello, podría quedar eximido de ser procesado por esta causa. Por el momento, la jueza ha suspendido su declaración, atendiendo a los dos informes médicos -el presentado por la defensa y el aportado por dos médicas forenses- que coinciden en determinar que padece un deterioro cognitivo agudo. Pero la declaración el pasado viernes de un notario, que en noviembre consideró que se encontraba en plena capacidad legal, no ha hecho más que sembrar dudas. El fedatario opina que Villa es plenamente consciente de lo que se le acusa y que su actitud ante la querella del SOMA no era precisamente la de una persona con demencia. El sindicato minero pedirá más pruebas para esclarecer su verdadero estado de salud.

El SOMA no es el único que pone en duda la excusa del exlíder minero, investigado también por la Fiscalía Anticorrupción tras haber regularizado en la amnistía fiscal de 2012 unos 1,2 millones de euros de dudosa procedencia. Quienes le conocen saben que sus achaques han estado muy presentes a lo largo de su trayectoria política y sindical y consideran, de hecho, que siempre ha sabido hacer uso de los mismos en favor de sus propios intereses. Tanto que hay quien se atreve a afirmar que utilizaba, e incluso exageraba, sus dolencias para proyectar una imagen de víctima con la que ponía la guinda a una cuidada puesta en escena liderando protestas, huelgas de hambre y encierros que llevaron a este minero prejubilado del pozo Candín de Hunosa a convertirse en todo un referente de la clase obrera.

Fue precisamente su enfermedad la que adujo en abril de 2013 para renunciar a continuar al frente del SOMA-Fitag-UGT, después de 34 años de liderazgo. Lo hizo en una rueda de prensa convocada en la Casa del Pueblo de Mieres, el mismo lugar donde había sido elegido secretario general del influyente sindicato minero en 1979, donde aseguró entre lágrimas que se encontraba al «límite» de sus fuerzas. Detalló entonces que en los meses anteriores se había sometido a una operación de próstata y a su tercera intervención cardiaca (tras las de 2010 y 2011), aunque no perdió la oportunidad de anotar que su delicado estado de salud «se había visto agraviado especialmente tras el último conflicto minero». Algunos le veían entonces como todo un héroe.

Despidiéndose desde 1993

Aquel fue su adiós definitivo, pero realmente llevaba muchos años anunciando su marcha por los mismos motivos. Sus antiguos colaboradores recuerdan que ya en el año 1993 habló de dejar la Secretaría General del SOMA por cuestiones médicas, y que en cada congreso sacaba a la luz sus problemas de salud dejando que se filtrara su posible abandono, «para luego salir diciendo públicamente que seguiría al pie del cañón a pesar de sus dolencias porque así se lo habían rogado en el sindicato», relatan. Ahora muchos de aquellos que le pedían que no abandonara el barco creen que en realidad nunca tuvo intención de hacerlo y que su objeto eran simplemente alimentar esa imagen de victimismo que, dicen, le gustaba ofrecer especialmente en grandes acontecimientos. «Cojeaba cuando había alguna reunión importante, cuando los que le conocíamos sabíamos que luego corría como un galgo», narran fuentes cercanas al sindicato. «Nadie que está enfermo se mantiene en el puesto 20 años más», argumentan estas mismas fuentes que, sin negar el evidente deterioro que Villa sufrió en los últimos años, creen que el verdadero motivo que le llevó a renunciar definitivamente a su cargo, y de sus lágrimas en aquella comparecencia ante los periodistas, no era su enfermedad. Opinan que Villa era consciente de la pérdida de poder, pero también de las posibles consecuencias que podía acarrear la regulación de su fortuna oculta -que tuvo lugar justo un año antes de su renuncia-, por lo que optó entonces por una retirada a tiempo.

Relatan quienes trabajaron codo con codo junto a él que en 1993 argumentó precisamente motivos de salud para crear el cargo de vicesecretario, que ocupó durante cinco años Laudelino Campelo, aunque a toro pasado muchos ven en aquella reestructuración interna del sindicato una estrategia para disponer de un cooperante con mayores facilidades para relacionarse con las federaciones (textil, químicas y afines) que trajo la fusión del SOMA con Fitag.

Muy comentado fue también el incidente en septiembre de 1985 que sufrió durante la fiesta de Rodiezmo, cuando le cayeron unas cajas de sidra sobre su cabeza, por lo que sería trasladado de inmediato al centro de salud de Villamanín y posteriormente a la Residencia Nuestra Señora de Covadonga, en Oviedo. En un primer momento pareció que el fuerte golpe en la cabeza no revestía gravedad, pero luego se vinculó aquel suceso a tres hernias discales de las que se operó en mayo de 1993 en el Sanatorio Adaro en Sama de Langreo. Un ingreso durante el que fue visitado por numerosos políticos y líderes sindicales, y del que también hay mucho escrito, hasta el punto de que, según recoge Antón Saavedra en su libro 'Villamocho. La corrupción en el sindicalismo minero', de aquella estancia hospitalaria saldría elegido a Antonio Trevín como candidato socialista a la Presidencia del Principado. «Las visitas al hospital formaban parte de las formas de actuación política de aquella época y Villa tenía mucho peso en todos los círculos, no sólo sindicales, también políticos. Por eso todo el mundo que pintaba algo en Asturias le visitó para hacerse ver», rememora otro de sus excompañeros.

Villa nunca disfrutó de buena salud o, al menos, eso se desprendía de las conversaciones distendidas con sus antiguos colegas de sindicato en las que, cuentan, siempre se acababa hablando de alguna de sus dolencias. Hay quien cree que era muy «hipocondriaco» pero nadie duda, porque su deterioro físico era evidente, que su estado de salud siempre fue delicado y se vio agravado tras la muerte, en apenas unos años, de dos de sus hermanos, un sobrino y su madre.

A partir de 2010, de hecho, ya pocas de sus actuaciones públicas estarían exentas de asistencias médicas. Los 16 días que permaneció encerrado en la sede del Ministerio de Industria, nueve de ellos en huelga de hambre, para exigir que se aprobara el real decreto de ayudas al carbón, le pasaron factura. Tras aquella huelga acudió al Hospital Central de Asturias (HUCA) para realizarse una revisión general y conocer su estado de salud acompañado por sus hombres de confianza y su llegada al centro hospitalario, visiblemente desmejorado, se convirtió en toda una exhibición de fuerza ya que fue recibido entre vítores y aplausos por delegados y simpatizantes del sindicato.

Recuerdan también en el SOMA cómo sólo unos meses después, en un congreso tenso en el que el de Tuilla renovó a la mitad de su ejecutiva -quedando fuera incluso el entonces secretario de Organización y Comunicación, José Armando Fernández Nadal 'Mandi', que algunos consideraban su delfín y posible relevo-, se sintió indispuesto y tuvo que ser atendido por los servicios médicos, que acudieron al campus universitario de Mieres en ambulancia. Era habitual que antes de cada congreso se tensara el ambiente ya que siempre insinuaba su marcha y había movimientos en torno a su relevo. Y no fue ésta la única ocasión en la que quien se apresuraba a proclamarse su heredero, perdía toda su confianza.

La imagen de Villa en ambulancia es más habitual de lo que se piensa. Son muchos los mineros que recuerdan también cómo tuvo que ser atendido durante la marcha negra de 2012 por los servicios médicos tras realizar parte de uno de los primeros tramos. Contaba ya 68 años y su salud estaba visiblemente resentida. Sólo unos meses después y tras una dilatadísima carrera política y sindical, abandonaba su cargo como secretario general.

Lo que ocurrió a partir de entonces ya es historia reciente pero su salud sigue en el centro de la polémica. Cuando saltó a la luz su fortuna de 1,2 millones, fue expulsado de forma inmediata del PSOE y del SOMA y, sólo unos días después, el Parlamento asturiano aprobó por unanimidad crear una comisión de investigación. Aquella misma jornada Villa ingresó con un cuadro confusional en el HUCA a través del servicio de Urgencias. Su estancia hospitalaria le excusó de acudir al acto de conciliación para llevar a término el expediente de expulsión del SOMA y, desde entonces, ha aducido motivos de salud para eludir sus comparencias ante la Comisión de Economía de la Junta y posteriormente ante la comisión de investigación. Fue muy comentado el informe médico que le atribuía un «síndrome confusional agudo» para no acudir al Parlamento, como ahora, durante el procedimiento judicial, lo está siendo el escrito en el que se habla de «padecimientos médicos irreversibles».