El asturiano más europeo

Su capacidad de trabajo y su entrega a las obligaciones asumidas fueron ejemplares

diego carcedo
DIEGO CARCEDO

Vicente Álvarez Areces deja para la historia de Asturias una biografía política excepcional. Desde muy joven compatibilizó sus estudios de Matemáticas con la lucha por la democracia y la libertad, que la dictadura tenía prohibidas. Prácticamente desde el primer momento concentró sus esfuerzos en Asturias, donde ambas carencias se hacían notar de manera especial. La tradición revolucionaria del Principado, que pesó siempre en su ideología, supo compatibilizarla con el pragmatismo que guiaba sus actuaciones a la hora de gestionar los intereses públicos.

Fue uno de los líderes regionales más conocidos en Madrid, donde era admirado por su claridad de ideas y temido por su persistencia en las reivindicaciones para Asturias. Le tocó ejercer su liderazgo en una etapa muy difícil para la economía regional –si es que en los últimos tiempos hubo alguna fácil– y lo hizo con convicciones firmes y, por lo tanto, a menudo polémicas. Consiguió ser criticado y respetado al tiempo. El balance de su cuarto de siglo en el poder, tanto como alcalde de Gijón como presidente del Principado, queda abierto a las interpretaciones.

Pero la impresión que se ha venido imponiendo desde que se alejó para ejercer como senador es positiva. Su capacidad de trabajo y su entrega a las obligaciones asumidas fueron ejemplares. Sobre los aciertos y errores habrá opiniones. Otros con más conocimiento de proximidad a persona y trayectoria sin duda lo harán con más conocimiento y perspectiva. A mí, desde la distancia, me cabe asegurar que en la política nacional fue un líder influyente. Si en algún momento no fue nombrado ministro es que preocupaba dejar un vació en Asturias difícil de llenar.

Yo le conocí en Nueva York, adonde había acudido presidiendo una delegación de Asturias en las conmemoraciones del 12 octubre. Hacía poco que España se había incorporado al Mercado Común (hoy Unión Europea) y en las conversaciones que mantuvimos en tres ocasiones observé que la integración europea era su tema preferido. Mi insistencia por hablar de Asturias y sus problemas –que en distancia geográfica y temporal me despertaban verdaderas ansias por conocer– tropezaba invariablemente con su predisposición a hablar de Europa, un interés que también compartíamos.

Enseguida saqué dos conclusiones: la primera, que era un europeísta sin reservas y la segunda, que estaba convencido de que nuestra europeización era fundamental para que España diese el paso hacia la modernidad que la dictadura había venido retrasando tanto tiempo. Tenía un buen conocimiento de la política internacional y se interesaba por muchos detalles de la situación en los Estados Unidos. La conocía fondo y le preocupaba la política económica en que se había enrocado la Administración de Reagan.

Algunas veces le gasté la broma de que su vocación frustrada era la de eurodiputado. Estoy seguro de que hubiese sido para él un buen final a su carrera política. A la hora de lamentar su pérdida, lo menos que cabe decir de Areces es que fue un político del que Asturias tiene muchas razones para enorgullecerse.